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C. MARXLA
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NOTA DEL EDITOR
La presente versión de La Guerra Civil en Francia ha sido realizldo en base a diversas ediciones en lengua castellana y confrontada con el original.
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INTRODUCCION Por Federico Engels |
1 | |
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PRIMER
MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA
ASOCIACION |
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SEGUNDO
MANIFIESTO DEL CONSEJO GENERAL DE LA
ASOCIACION |
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LA
GUERRA CIVIL EN FRANCIA Manifiesto del Consejo
General |
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43 | |
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Apéndices |
106 | |
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106 | |
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BORRADORES DE LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA |
113 | |
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[Nota del Transcritor : Estos
"borradores" van a estar preparados como | ||
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PRIMER BORRADOR DE LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA |
115 | |
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El Gobierno de Defensa |
115 | |
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La Comuna |
165 | |
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1. |
Medidas para la clase obrera |
165 |
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La Comuna |
174 | |
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El Levantamiento de la Comuna y el Comité Central |
174 |
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[Fragmentos] |
212 | |
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EL SEGUNDO BORRADOR DE LA GUERRA CIVIL EN
FRANCIA |
224 | |
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1) |
El Gobierno de Defensa. Trochu, Favre, Picard, Ferry,
como diputados |
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[Fragmentos] |
262 | |
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pág. 1
Por Federico Engels Ha sido algo inesperado para mí el requerimiento que me
hicieron para reeditar el Manifiesto del Consejo General de la Internacional
sobre La Guerra Civil en Francia y acompañarlo de una introducción. Por
eso sólo puedo tocar brevemente aquí los puntos más importantes.
Antepongo al extenso trabajo arriba citado los dos
manifiestos, más cortos, del Consejo General sobre la Guerra Franco-prusiana.
En primer lugar, porque en La Guerra Civil se hace referencia al
segundo de estos dos manifiestos, que, a su vez, no puede ser completamente
comprendido sin el primero. Pero además, porque estos dos manifiestos,
escritos también por Marx, son, al igual que La Guerra Civil,
destacados ejemplos de las dotes extraordinarias del autor --
manifesta das por vez primera en El 18 Brumario de Luis Bonaparte [2]
-- para ver claramente el carácter, el alcance y las consecuencias necesarias
de grandes acontecimientos históricos en un momento en que éstos se
desarrollan todavía ante nuestros ojos o acaban apenas de producirse. Y,
finalmente, porque en Alemania estamos aún padeciendo las consecuencias de
aquellos acontecimientos, tal como Marx las había predicho.
¿Acaso no ha sucedido lo que se dice en el primer manifiesto
en el sentido de que, si la guerra defensiva de Alemania contra Luis Bonaparte
degeneraba en una guerra de conquista contra el pueblo francés, revivirían con
redoblada intensidad
pág. 2
todas las desventuras que Alemania había experimentado después de las
llamadas guerras de liberación[3]?
¿No hemos padecido otros veinte años de dominación bismarckiana, con su Ley de
Excepción y su batida antisocialista sustituyendo las
persecuciones contra los demagogos[4]
con las mismas arbitrariedades policíacas y la misma, literalmente la misma,
interpretación indignante de las leyes?
¿Y acaso no se ha cumplido al pie de la letra la predicción
de que el hecho de anexar Alsacia y Lorena "echaría a Francia en brazos de
Rusia" y de que Alemania con esta anexión se convertiría abiertamente en un
vasallo de Rusia o tendría que prepararse, después de una breve tregua, para
una nueva guerra, que sería, además, "una guerra racial contra las
razas eslavas y latinas coligadas"[5]?
¿Acaso la anexión de las provincias francesas no ha echado a Francia en brazos
de Rusia? ¿Acaso Bismarck no ha implorado en vano durante veinte años enteros
los favores del zar, prestándole servicios aún más bajos que aquellos con que
la pequeña Prusia, cuando todavía no era la "primera potencia de Europa",
solía postrarse a los pies de la santa Rusia? ¿Y acaso no pende constantemente
sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de una guerra que, en su primer
día, convertirá en humo de pajas todas las alianzas de príncipes selladas en
documentos, una guerra en la que lo único cierto es la absoluta incertidumbre
de su resultado, una guerra racial que entregará a toda Europa a la obra
devastadora de quince o veinte millones de hombres armados, y que si no ha
comenzado todavía a hacer estragos es simplemente porque hasta el más fuerte
de los grandes Estados militares tiembla ante la completa imposibilidad de
prever su resultado final?
De aquí que estemos aún más obligados a poner de nuevo al
alcance de los obreros alemanes estas brillantes muestras,
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hoy medio olvidadas, de la clarividencia de la política obrera
internacional en 1870.
Y lo que decimos de estos dos manifiestos también vale para
La Guerra Civil en Francia. El 28 de mayo los últimos luchadores de la
Comuna sucumbían ante fuerzas superiores en las faldas de Belleville, y dos
días después, el 30, Marx leía ya al Consejo General el trabajo en que se
delineaba la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y
enérgicos, pero tan nítidos y sobre todo tan exactos que no han sido nunca
igualados en toda la enorme masa de escritos publicada sobre este tema.
Gracias al desarrollo económico y político de Francia a
partir de 1789, la situación en París desde hace cincuenta años ha sido tal
que no podía estallar allí ninguna revolución que no asumiese un carácter
proletario, es decir, sin que el proletariado, que había pagado la.victoria
con su sangre, presentase sus propias reivindicaciones después del triunfo
conseguido. Estas reivindicaciones eran más o menos faltas de claridad y hasta
del todo confusas, conforme al grado de desarrollo de los obreros de París en
cada ocasión, pero, en último término, se reducían siempre a la eliminación
del antagonismo de clase entre capitalistas y obreros. Claro está, nadie sabía
cómo se podía conseguir esto. Pero la reivindicación misma, por vaga que fuese
la manera de formularla, encerraba ya una amenaza al orden social existente;
los obreros que la planteaban aún estaban armados; por eso, el desarme de los
obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al timón
del Estado. De aquí que después de cada revolución ganada por los obreros
estalle una nueva lucha, que termina con la derrota de éstos.
Así sucedió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales
de la oposición parlamentaria organizaban banquetes en
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los que abogaban por una reforma electoral que debía garantizar la
dominación de su partido. Viéndose cada vez más obligados a apelar al pueblo
en la lucha que sostenían contra el gobierno, no tenían más remedio que ceder
la primacía a las capas radicales y republicanas de la burguesía y de la
pequeña burguesía. Pero detrás de estos sectores estaban los obreros
revolucionarios, que desde 1830 habían adquirido mucha más independencia
política de lo que los burgueses e incluso los republicanos se imaginaban. Al
producirse la crisis entre el gobierno y la oposición, los obreros comenzaron
la lucha en las calles. Luis Felipe desapareció y con él la reforma electoral,
viniendo a ocupar su puesto la República, y una república que los mismos
obreros victoriosos calificaron de República "social". Sin embargo, nadie
sabía con claridad, ni los mismos obreros, qué había que entender por la
susodicha República social. Pero los obreros tenían ahora armas y eran una
fuerza dentro del Estado. Por eso, tan pronto como los republicanos burgueses,
que empuñaban el timón del gobierno, sintieron que pisaban terreno más o menos
firme, se propusieron como primer objetivo desarmar a los obreros. Esto tuvo
lugar cuando se les empujó a la Insurrección de Junio de 1848 violando
manifiestamente la palabra dada, lanzándoles una burla abierta e intentando
desterrar a los parados a una provincia lejana. El gobierno había cuidado de
asegurarse una aplastante superioridad de fuerzas Después de cinco días de
lucha heroica, los obreros fracasaron. A esto siguió un baño de sangre entre
prisioneros indefensos como jamás se había visto desde los días de las guerras
civiles con las que se inició la caída de la República Romana. Era la primera
vez que la burguesía mostraba a cuán desmedida crueldad de venganza es capaz
de recurrir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentársele,
pág. 5
como clase apar¿e con sus propios intereses y reivindicaciones. Y sin
embargo, 1848 no fue sino un juego de niños comparado con el frenesí de la
burguesía en 1871.
El castigo no se hizo esperar. Si el proletariado no era
todavía capaz de gobernar a Francia, la burguesía tampoco podía seguir
gobernándola. Por lo menos en aquel momento, cuando la mayor parte de ella
era aún de espíritu monárquico y se hallaba dividida en tres
partidos dinásticos[6],
más un cuarto partido, el republicano. Sus disensiones internas permitieron al
aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando --
ejército, policía, aparato administrativo -- y hacer saltar, el 2
de diciembre de 1851,[7]
el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional. El Segundo
Imperio[8]
inauguró la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos
y financieros, pero al mismo tiempo también inició un desarrollo industrial
como jamás hubiera podido concebirse bajo el mezquino y asustadizo sistema de
Luis Felipe, en las condiciones de la dominación exclusiva de sólo un pequeño
sector de la gran burguesía. Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el Poder
político con el pretexto de defenderlos a ellos, los burgueses, de los
obreros, y, por otra parte, a éstos de aquéllos; pero, como contrapartida, su
régimen estimuló la especulación y la actividad industrial; en una palabra, el
auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces
desconocidas. Se desarrollaron todavía en mayores proporciones, claro está, la
corrupción y el robo en masa, que pulularon en torno a la Corte imperial y
obtuvieron buenos dividendos de este enriquecimiento.
Pero el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo
francés, la revindicación de las fronteras del Primer Imperio perdidas en
1814, 0 al menos las de la Primera República. Era a la larga imposible que
subsistiese un imperio francés dentro
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de las fronteras de la antigua monarquía y, más aún, dentro de las
fronteras todavía más amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de
guerras ocasionales y la de ampliación de fronteras. Pero no había ampliación
de fronteras que deslumbrase tanto la fantasía de los chovinistas franceses
como aquelía que se hiciera a expensas de la orilla iquierda alemana del Rin.
Para ellos una milla cuadrada en el Rin valía más que diez en los Alpes o en
cualquier otro sitio. Proclamado el Segundo Imperio la reivindicación de la
orilla izquierda del Rin, fuese de una vez o por partes, era simplemente una
cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la Guerra Austro-prusiana
de 1866.[9]
Defraudado en sus esperanzas de "compensaciones territoriales", por el engaño
de Bismarck y por su propia política superastuta y vacilante, Napoleón no
tenía otra salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó
primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe.[10]
La consecuencia inevitable fue la Revolución de París del 4
de Septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y
nuevamente fue proclamada la República. Pero el enemigo estaba a las puertas.
Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación
o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a
los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un
"Gobierno de Defensa Nacional". Lo que con mayor gusto lo llevó a acceder a
esto fue que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de
empuñar las armas se habían alistado en la Guardia Nacional y estaban armados,
de modo que los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el
antagonismo entre el gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el
proletariado en armas, no tardó en estallar. El 31 de octubre, batallones
obreros tomaron por asalto el Hôtel de
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Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Gracias a una traición,
a ia violación descarada por el Gobierno de su palabra y a la intervención de
algunos batallones pequeñoburgueses, aquéllos fueron puestos nuevamente en
libertad y, para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una
ciudad sitiada por un ejército extranjero, se permitió que el Gobierno hasta
entonces en funciones siguiera actuando.
Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida
por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedentes en la historia de
las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas
de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres,
considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus
armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los vencedores. Y
éstos no se atrevieron a entrar triunfalmente en París. Sólo osaron ocupar un
pequeño rincón de la ciudad, el cual, además, se componía parcialmente de
parques públicos, y eso ¡sólo por unos cuantos días! Y durante este tiempo,
ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron
cercados por los obreros armados de la capital, que velaban la guardia
celosamente para que ningún "prusiano" traspasase los estrechos límites del
rincón cedido al conquistador extranjero. Tal era el respeto que los obreros
de París infundían a un ejército ante el cual habían rendido sus armas todas
las tropas del Imperio. Y los junkers prusianos, que habían venido a
tomar venganza en el hogar de la revolución, ¡no tuvieron más remedio que
pararse respetuosamente y saludar a esta misma revolución armada!
Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a
exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada la paz
después de la capitulación de París,[11]
Thiers, nue-
pág. 8
vo jefe del Gobierno, se vio obligado a entender que la dominación de las
clases poseedoras -- grandes terratenientes y capitalistas -- estaba en
constante peligro mientras los obreros de París tuviesen las armas en sus
manos. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió
tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería de su
pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada
por suscripción pública. El intento falló; París se movilizó como un solo
hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno
francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida la Comuna de
París, y proclamada dos días más tarde, el 28 del mismo mes. El Comité Central
de la Guardia Nacional, que hasta entonces había ejercido el gobierno, dimitió
en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la
escandalosa "policía de moralidad" de París. El 30, la Comuna abolió la
conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la
Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de
empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de
1870 hasta abril de 1871, abonando a futuros pagos de alquileres las
cantidades ya pagadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el Monte
de Piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los
extranjeros elegidos para la Comuna, pues "la bandera de la Comuna
es la bandera de la República mundial"[12].
El 1ƒ de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un
funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no
excedería de 6.000 francos (4.800 marcos). Al día siguiente, la Comuna decretó
la separación de la Iglesia y el Estado y la supresión de todas las
asignaciones estatales para fines religiosos, así como la transformación de
todos los bienes de la
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Iglesia en propiedad nacional; como consecuencia de esto, el 8 de abril se
ordenó que se eliminasen de las escuelas todos los símbolos religiosos,
imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, "todo lo que pertenece a la
órbita de la conciencia individual", orden que fue aplicándose
gradualmente[13].
El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los
combatientes de la Comuna que capturaban, se dictó un decreto ordenando la
detención de rehenes, pero éste nunca se puso en práctica. El día 6, el 137ƒ
Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó
públicamente en medio de la aclamación popular. El 12, la Comuna acordó que la
Comuna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con los cañones tomados por
Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese por ser un símbolo de
chovinismo e incitación al odio entre naciones. Esto fue cumplido el 16 de
mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó un registro estadístico de las fábricas
cerradas por los patronos y la elaboración de planes para ponerlas en
funcionamiento con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándolos
en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas
estas cooperativas en una gran unión. El 20, la Comuna declaró abolido el
trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las bolsas de empleo, que
durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por
la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Esas bolsas fueron
transferidas a las alcaldías de los veinte arrondissements [distritos]
de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó el cierre de las casas de empeño,
que eran una forma de explotación privada a los obreros, y estaban en
contradicción con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de
trabajo. El 5 de mayo, ordenó la de-
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molición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la
ejecución de Luis XVI.
Así, el carácter de clase del movimiento de París, que antes
se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores
extranjeros, apareció desde el 18 de marzo en adelante con rasgos enérgicos y
claros Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros
o representantes reconocidos de los obreros, sus decisiones se distinguían por
un carácter marcadamente proletario. Estas, o bien decretaban reformas que la
burguesía republicana sólo había renunciado a implantar por cobardía pero que
constituían una base indispensable para la libre acción de la clase obrera,
como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al
Estado, la religión es un asunto puramente privado; o bien la Comuna
promulgaba decisiones que iban directamente en interés de la clase obrera, y
en parte abrían profundas brechas en el viejo orden social Sin embargo, en una
ciudad sitiada, todo esto sólo pudo, a lo sumo, comenzar a realizarse. Desde
los primeros dias de mayo, la lucha contra los ejércitos del Gobierno de
Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.
El 7 de abril, los versalleses tomaron el paso del Sena en
Neuilly, en el frente occidentaí de París; en cambio, el 11 fueron rechazados
con grandes pérdidas por el general Eudes, en el frente sur. París estaba
sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían
estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos
Ahora, estos mismos individuos imploraban del Gobierno prusiano que acelerase
la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz,
para que les reconquistasen París. Desde comienzos de mayo, la llegada gradual
de estas tropas dio una superioridad decisiva a las
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fuerzas de Versalles. Esto se puso ya de manifiesto cuando, el 23 de abril,
Thiers rompió las negociaciones, que la Comuna propuso con el fin de canjear
al arzobispo de París[*]
y a toda una serie de clérigos retenidos en París como rehenes, por un solo
hombre, Blanqui, que en dos ocasiones había sido elegido para la Comuna, pero
que estaba preso en Clairvaux. Y se evidenció más todavía en el nuevo lenguaje
de Thiers, que, de reservado y ambiguo, se hizo de pronto insolente,
amenazador y brutal. En el frente sur, los versalleses tomaron el 3 de mayo,
el reducto de Moulin Saquet; el día 9 se apoderaron del fuerte de Issy,
reducido por completo a escombros por el cañoneo; el 14 tomaron el fuerte de
Vanves. En el frente occidental avanzaban paulatinamente, apoderándose de
numerosas aldeas y edificios que se extendían hasta el cinturón fortificado de
la ciudad llegando, por último, a los puntos principales de la defensa; el 21,
gracias a una traición y al descuido de los guardias nacionales destacados
allí, consiguieron abrirse paso hacia el interior de la ciudad. Los prusianos,
que seguían ocupando los fuertes del Norte y del Este, permitieron a los
versalleses cruzar por la parte norte de la ciudad, que era terreno vedado
para ellos según los términos del armisticio, y, de este modo, avanzar
atacando sobre un largo frente, que los parisinos no podían por menos de creer
amparado por el armisticio y que, por esta razón, tenían débilmente
guarnecido. Como resultado de ello, en la mitad occidental de París, en la
propia ciudad del lujo, sólo se opuso una débil resistencia, que se hacia más
fuerte y más tenaz a medida que las fuerzas atacantes se acercaban al sector
del Este, a los barrios propiamente obreros. Hasta después de ocho días de
lucha no cayeron en las alturas
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de Belleville y Ménilmontant los últimos defensores de la Comuna; y
entonces llegó a su apogeo aquella matanza de hombres, mujeres y niños
indefensos, que había hecho estragos durante toda la semana con furia
creciente. Ya los fusiles de retrocarga no mataban bastante de prisa, y entró
en juego la mitrailleuse [ametralladora] para abatir por
centenares a los vencidos. El "Muro de los Federados"[14]
del cementerio de Pére Lachaise, donde se consumó el último asesinato en masa,
queda todavía en pie, testimonio mudo pero elocuente del frenesí a que es
capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar
sus derechos. Luego, cuando se vio que era imposible matarlos a todos,
vinieron las detenciones en masa, comenzaron los fusilamientos de víctimas
caprichosamente seleccionadas entre las filas de presos y el traslado de los
demás a grandes campos de concentración, para esperar allí la vista de los
Consejos de Guerra. Las tropas prusianas que tenían cercado el sector nordeste
de París, tenían la orden de no dejar pasar a ningún fugitivo, pero los
oficiales con frecuencia cerraban los ojos cuando los soldados prestaban más
obediencia a los dictados de la humanidad que a las órdenes de la
superioridad; mención especial merece, por su humano comportamiento, el cuerpo
de ejército de Sajonia, que dejó paso libre a muchas personas cuya calidad de
luchadores de la Comuna saltaba a la vista.
Si hoy, al cabo de veinte años, volvemos los ojos a las
actividades y a la significación histórica de la Comuna de París de 1871,
advertimos la necesidad de completar un poco la exposición que se hace en
La Guerra Civil en Francia.
Los miembros de la Comuna estaban divididos en una mayoría
integrada por los blanquistas, que habían predominado
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también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría
compuesta por afiliados a la Asociación Internacional de los Trabajadores,
entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. En
aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por
instinto revolucionario y proletario, sólo unos pocos habían alcanzado una
mayor claridad de principios, gracias a Vaillant, que conocía el socialismo
científico alemán. Así se explica que la Comuna dejase de hacer, en el terreno
económico, muchas cosas que, desde nuestro punto de vista de hoy hubiera
debido realizar. Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor
con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del
Banco de Francia. Fue éste, además, un error político muy grave. El Banco de
Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera
significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de
Versalles para que negociase la paz con la Comuna. Pero aún es más asombroso
el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta
la Comuna de proudhonianos y blanquistas. Por supuesto, cabe a los
proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la
Comuna, tanto en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los
blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por las medidas y
omisiones políticas. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso -- como
acontece generalmente cuando el Poder cae en manos de doctrinarios -- que
tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su
escuela respectiva prescribía.
Proudhon, el socialista de los pequeños campesinos y maestros
artesanos, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que tenía más de
malo que de bueno; que era por natu-
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raleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del
obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrarip por igual a
la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes crecían
más de prisa que sus ventajas; que, frente a ella, la concurrencia, la
división del trabajo y la propiedad privada eran fuerzas económicas. Sólo en
los casos excepcionales -- como los llama Proudhon -- de la gran industria y
las grandes empresas como los ferrocarriles, tenía razón de ser la
asociación de los obreros (véase Idée générale de la révolution, 3er.
estudio)[15].
Pero hacia 1871, incluso en París, centro de la artesanía
artística, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso
excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso
una organización para la gran industria, e incluso para la manufactura, que no
se basaba sólo en la asociación de los obreros dentro de cada fábrica, sino
que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran unión; en
resumen, en una organización que, como Marx dice muy bien en La Guerra
Civil, forzosamente habría conducido finalmente al comunismo, o sea, al
contrario directo de la doctrina proudhoniana. Por eso la Comuna fue la tumba
de la escuela proudhoniana del socialismo. Esta escuela ha desaparecido hoy de
los medios obreros franceses; en ellos, actualmente, la teoría de
Marx predomina sin discusión, y no menos entre los Posibilistas[16]
que entre los "marxistas". Sólo quedan proudhonianos en el campo de la
burguesía "radical".
No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas.
Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la
rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea
de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados
estaría en
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condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del
Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, podría
mantenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y
congregarlas en torno al pequeño grupo dirigente. Esto suponía, sobre todo, la
más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del
nuevo gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna, compuesta en su mayoría
precisamente por blanquistas? En todas las proclamas dirigidas a los franceses
de las provincias, la Comuna los invitó a formar una federación libre de todas
las comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez
primera, iba a ser creada realmente por la nación misma. Precisamente el poder
opresor del antiguo gobierno centralizado -- el ejército, la policía política
y la burocracia --, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había
sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato y
utilizado por ellos contra sus enemigos, era precisamente este poder el que
debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París.
La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la
clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja
máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién
conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja
máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte,
precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos,
sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles habían sido las
características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la
simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales
destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la lar-
pág. 16
ga, estos órganos, a cuya cabeza estaba el Poder estatal persiguiendo sus
propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en
señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías
hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país
en que los "políticos" formen un sector más poderoso y más separado de la
nación que en los EE.UU. Aquí cada uno de los dos grandes partidos que se
alternan en el Poder está a su vez gobernado por gentes que hacen de la
política un negocio, que especulan con los escaños de las asambleas
legislativas de la Unión y de los distintos Estados Federados, o que viven de
la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste
triunfa. Es sabido que los estadounidenses llevan treinta años esforzándose
por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de
todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente
en los EE.UU. donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del
Estado frente a la sociedad, de la que originariamente estaba destinado a ser
un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército
permanente -- fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los
indios --, ni burocracia con cargos permanentes y derecho a jubilación. Y, sin
embargo, en los EE.UU. nos encontramos con dos grandes cuadrillas de
especuladores políticos que alternativamente se posesionan del Poder estatal y
lo explotan por los medios más corruptos y para los fines más corruptos; y la
nación es impotente frente a estos dos grandes consorcios de políticos,
pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.
Contra esta transformación, inevitable en todos los Estados
anteriores, del aparato estatal y sus órganos, de servidores de la sociedad en
amos de ella, la Comuna empleó dos remedios
pág. 17
infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos,
judiciales y educacionales por elección, mediante sufragio universal,
concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus
elegidos. En segundo lugar, pagaba a todos los funcionarios, altos y bajos, el
mismo salario que a los demás trabajadores. El sueldo máximo asignado por la
Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al
arribismo y a la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos
imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los
cuerpos representativos.
Esta labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su
reemplazo por otro nuevo y verdaderamente democrático es descrita con todo
detalle en el capítulo tercero de La Guerra Civil. Sin embargo, era
necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de este
reemplazo por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el
Estado se ha trasladado del campo filosófico a la conciencia general de la
burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el
Estado es la "realización de la idea", o esa, traducido al lenguaje
filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben
hacerse realidad la verdad y la justicia eternas. De aquí nace una veneración
supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que con él se relaciona,
veneración que va arraigando más fácilmente en la medida en que la gente se
acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a
toda la sociedad no pueden ser mirados de manera distinta a como han sido
mirados hasta aquí, es decir, a través del Estado y de sus bien retribuidos
funcionarios. Y la gente cree haber dado un paso enormemente audaz con
librarse de la fe en la monarquía hereditaria y jurar por la República
democrática. En
pág. 18
realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase
por otra, lo mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el
mejor de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su
lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, tal como hizo la
Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este
mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y
libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.
Ultimamente las palabras "dictadura del proletariado" han
vuelto a sumir en santo terror al filisteo socialdemócrata. Pues bien,
caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna
de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!
F. Engels
* Georges Darboy. (N. de la Red.)
|
Londres, en el vigésimo aniver- |
|
pág. 19
En el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional
de los Trabajadores, fechado en noviembre de 1864, decíamos: "Si ía
emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿cómo
van a poder cumplir esta gran misión, con una política exterior que persigue
designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en
guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo?" Y definíamos la
política exterior a que aspira la Internacional con estas palabras:
"Reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben
presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes
supremas de las relaciones entre las naciones".[18]
No puede asombrarnos que Luis Bonaparte, que usurpó el Poder
explotando la guerra de clases en Francia y lo perpetuó
pág. 20
mediante guerras periódicas en el exterior, haya ¿ratado desde el primer
momento a la Internacional como a un enemigo peligroso. En vísperas del
plebiscito, ordenó una batida con tra los miembros de los Comités
Administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores de un
extremo a otro de Francia: en París, Lyon, Ruán, Marsella, Brest, etc, con el
pretexto de que la Internacional era una sociedad secreta, que estaba enredada
en un complot para asesinarle. Lo absurdo de este pretexto
fue puesto de manifiesto poco después, en toda su plenitud, por sus propios
jueces.[19]
¿Qué delito habían cometido en realidad las secciones francesas de la
Internacional? El de decir al pueblo francés, pública y enérgicamente, que
votar por el plebiscito era votar por el despotismo en el interior y por la
guerra en el exterior. Y fue obra suya, en realidad, el que en todas las
grandes ciudades, en todos los centros industriales de Francia, la clase
obrera se levantase como un solo hombre para rechazar el plebiscito.
Desgraciadamente la profunda ignorancia de los distritos rurales hizo
inclinarse del lado contrario el platillo de la balanza. Las bolsas de
valores, los gobiernos, las clases dominantes y la prensa de Europa celebraron
el plebiscito como un triunfo memorable del emperador francés sobre la clase
obrera de Francia; en realidad, el plebiscito fue la señal para el asesinato,
no ya de un individuo, sino de naciones.
El complot bélico de julio de 1870[20]
no es más que una edición corregida del coup d'Etat [golpe de Estado]
de diciembre de 1851[21].
A primera vista, la cosa parecía tan absurda que Francia no quería creer que
aquello fuese realmente en serio. Se inclinaba más bien a dar crédito al
diputado* que denunciaba los discursos belicistas de los ministros como una
pág. 21
simple maniobra bursátil. Cuando, por fin, el 15 de julio, la guerra fue
oficialmente comunicada al Corps Législatif [Cuerpo Legislativo], toda
la oposición se negó a votar los créditos preliminares; hasta el propio Thiers
estigmatizó la guerra como "detestable"; todos los periódicos independientes
de París la condenaron y, cosa extraña, la prensa de provincia se unió a ellos
casi unánimemente.
Mientras tanto, los miembros parisinos de la Internacional
habían puesto de nuevo manos a la obra. En Le Réveil[22]
del 2 de julio publicaron su manifiesto "A los obreros de todas las naciones",
del que tomamos las líneas siguientes:
"Una vez más, -- dicen --, bajo el pretexto del equilibrio
europeo y del honor nacional, la paz del mundo se ve amena zada por las
ambiciones políticas. ¡Obreros de Francia, de Alemania, de España! ¡Unamos
nuestras voces en un grito unánime de reprobación contra la guerra! . . .
¡Guerrear por una cuestión de preponderancia o por una dinastía tiene que ser
forzosamente considerado por los obreros como un absur do criminal!
¡Contestando a las proclamas guerreras de quie nes se eximen a sí mismos de la
contribución de sangre y hallan en las desventuras públicas una fuente de
nuevas espe culaciones, nosotros, los que queremos paz, trabajo y libertad,
alzamos nuestra voz de protestal . . . ¡Hermanos de Alemania! ¡Nuestras
disensiones no harían más que asegurar el triunfo completo del despotismo en
ambas orillas del Rin. . . ! ¡Obreros de todos los países! Cualquiera que sea
por el mo mento el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, miembros
de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conoce fronteras,
os enviamos, como prenda de una solidaridad indestructible, los buenos deseos
y los saludos de los trabajadores de Francia".
pág. 22
Este manifiesto de nuestra sección parisina fue seguido pot
numerosos llamamientos parecidos de otras partes de Francia, entre
los cuales sólo podremos citar aquí la declaración de Neuilly-sur-Seine,
publicada en La Marseillaise [23]
del 22 de julio: "¿Es justa esta guerra? ¡No! ¿Es nacional esta guerra? ¡No!
Es una guerra puramente dinástica. En nombre de la humanidad, de la
democracia, y de los verdaderos intereses de Francia, nos adherimos por entero
y con toda energía a la protesta de la Internacional contra la guerra".
Estas protestas expresaban los verdaderos sentimientos de los
obreros franceses, como pronto había de probarlo un curioso incidente. La
banda del 10 de Diciembre,[24]
que fuera organizada por primera vez bajo el mandato presidencial de Luis
Bonaparte, fue lanzada a la calle, disfrazada con blusas de obreros,
para representar las contorsiones de la fiebre bélica; entonces los obreros
auténticos de los suburbios se lanzaron también a la calle en manifestaciones
de paz tan arrolladoras que el prefecto de policía Pietri estimó prudente
poner término inmediatamente a toda política callejera, alegando que el leal
pueblo de París había manifestado ya suficientemente su reprimido patriotismo
y su exuberante entusiasmo por la guerra.
Cualquiera que sea el desarrollo de la guerra de Luis
Bonaparte con Prusia, en París ya han doblado las campanas por el Segundo
Imperio. Acabará como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que fueron
los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis
Bonaparte representar durante dieciocho años la cruel farsa del Imperio
Restaurado.
Por parte de Alemania, la suya es una guerra defensiva, pero
¿quién colocó a Alemania en el trance detener que de fenderse? ¿Quién permitió
a Luis Bonaparte guerrear contra
pág. 23
ella? ¡Prusia! Fue Bismarck quien conspiró con el mismísimo
Luis Bonaparte, con el propósito de aplastar la oposición po pular
dentro de su país y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern. Si
la batalla de Sadowa[25]
se hubiera perdido en vez de ganarse, los batallones franceses habrían
invadido Alemania como aliados de Prusia. Después de su triunfo, ¿pensó Prusia
un solo momento en oponer una Alemania libre a una Francia esclavizada? Todo
lo contrario. Sin dejar de conservar celosamente todos los encantos nativos
cle su antiguo sistema, les añadía todas las mañas del Segundo Imperio, su
despotismo real y su falso democratismo, sus supercherías políticas y sus
trapicheos financieros, sus frases grandilocuentes y sus vulgares
malabarismos. Al régimen bonapartista, que hasta ahora sólo había
florecido en una orilla del Rin, le salió un émulo al otro lado. Así las
cosas, ¿qué podía salir de aquí que no fuera la guerra?
Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual
pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el
pueblo francés, el triunfo o la derrota serán igualmente desastrosos. Todas
las miserias que cayeron sobre Alemania después de su guerra de independencia,
renacerán con redoblada intensidad.
Pero los principios de la Internacional se hallan demasiado
difundidos y demasiado firmemente arraigados entre la clase obrera alemana
para temer un desenlace tan triste. Las voces de los obreros franceses han
encontrado eco en Alemania. Una asamblea obrera de masas celebrada en
Brunswick el I6 de julio expresó su absoluta solidaridad con el manifiesto de
París, rechazó con desprecio toda idea de antagonismo nacional respecto a
Francia y cerró sus resoluciones con estas palabras: "Somos enemigos de todas
las guerras, pero sobre todo de las guerras dinásticas. . . Con profunda pena
y gran
pág. 24
dolor, nos vemos obligados a soportar una guerra defensiva como un mal
inevitable; pero, al mismo tiempo, apelamos a toda la clase obrera alemana
para que haga imposible la repetición de una desgracia social tan inmensa,
reivindicando para los pueblos mismos la potestad de decidir sobre la paz y la
guerra y haciéndolos dueños de sus propios destinos".
En Chemnitz, una asamblea de delegados, que representaban a
50.000 obreros de Sajonia, adoptó por unanimidad la siguiente resolución: "En
nombre de la democracia alemana y especialmente de los obreros que forman el
Partido Socialdemócrata, declaramos que la actual es una guerra exclusivamente
dinástica. . . Nos hallamos felices de estrechar la mano fraternal que nos
tienden los obreros de Francia. . . Atentos a la consigna de la Asociación
Internacional de los Trabajadores: ¡Proletarios de todos los países,
uníos! jamás olvidaremos que los obreros de todos
los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los
países, nuestros enemigos ."[26]
La sección berlinesa de la Internacional contestó también al
manifiesto de París: "Nos adherimos en cuerpo y alma a vuestra protesta. . .
Solemnemente prometemos que ni el toque del clarín ni el retumbar del cañón,
ni la victoria ni la derrota, nos desviarán de nuestro trabajo común por la
unión de los obreros de todos los países."
¡Así sea!
Al fondo de esta lucha suicida se alza la figura siniestra de
Rusia. Es un mal presagio que la señal para el desencadenamiento de esta
guerra se haya dado cuando el gobierno moscovita acababa de terminar sus
estratégicas vías ferroviarias y estaba ya concentrando tropas en la dirección
de Pruth. Por muchas que sean las simpatías que los alemanes puedan justamente
reclamar en una guerra deferlsiva contra
pág. 25
la agresión bonapartista, las perderán de golpe si permiten que el Gobierno
prusiano pida o acepte la ayuda de los cosacos. Que recuerden que, después de
su guerra de índependencia contra el primer Napoleón, Alemania yació durante
varias generaciones postrada a los pies del zar.
La clase obrera inglesa tiende su mano fraternal a los
obreros de Francia y de Alemania. Está firmemente convencida de que,
cualquiera que sea el giro que tome la horrenda guerra inminente, la alianza
de los obreros de todos los países acabará finalmente con las guerras. El
simple hecho de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se lanzan a
una lucha fratricida, entre los obreros de estos países se crucen mensajes de
paz y amistad es un hecho grandioso, sin precedentes en la historia, que abre
la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja
sociedad, con sus miserias económicas y su delirio politico, está surgiendo
una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la
paz, porque su gobernante nacional será el mismo en todas partes: ¡el
trabajo! La precursora de esta sociedad nueva es la Asociación
Internacional de los Trabajadores.
EL CONSEJO GENERAL Robert Applegarth George Milner pág. 26
W. Lintern Schmutz
Eugène Dupont, por Francia Benjamin Lucraft,
Presidente Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
GENERAL DE LA
ASOCIACION
INTERNACIONAL DE LOS
TRABAJADORES SOBRE LA
GUERRA
FRANCO-PRUSIANA[17]
A los miembros de la Asociación Internacional
de los Trabajadores
en Europa y los
Estados Unidos
* Se refiere a Jules Favre. (N. de la Red.)
Martin J. Boon
Fred. Bradnick
Cowell
Stepney
John Hales
William Hales
George Harris
Fred.
Lessner
Legreulier
Thomas Mottershead
Charles Murray
George
Odger
James Parnell
Pfänder
Rühl
Joseph
Shepherd
Stoll
Zévy Maurice
W. Townshend
Karl Marx, por
Alemania
A. Serraillier, por Bélgica, Holanda y
España
Hermann Jung, por Suiza
Giovanni
Bora, por Italia
Antoni Zabicki, por
Polania
James Cohen, por Dinamarca
J. G.
Eccarius, por Estados Unidos de
América
John Weston,
Tesorero
J. George Eccarius,
Secretario General
23 de
julio de 1870
|
Escrito por C. Marx entre el 19 y |
El original está en
inglés. |
pág. 27
En nuestro Primer Manifiesto del 23 de julio, decíamos: "En
París ya han doblado las campanas por el Segundo Imperio. Acabará como empezó,
con una parodia. Pero no olvidemos que fueron los gobiernos y las clases
dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante
dieciocho años la cruel farsa del Imperio Restaurado ".
Como se ve, ya antes de que comenzasen las hostilidades,
nosotros dábamos por estallada la pompa de jabón bonapartista.
Y si nos equivocábamos en cuanto a la vitalidad del Segundo
Imperio, tampoco nos faltaba razón al temer que la guerra alemana "perdiese su
carácter estrictamente defensivo y degenerase en una guerra contra el pueblo
francés". En realidad, la guerra defensiva terminó con la rendición de Luis
Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la
pág. 28
República en París. Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el mismo
momento cn que se puso de manifiesto la total podredumbre de las armas
bonapartistas, la camarilla militar prusiana optó por la guerra de
conquista. Cierto es que en su camino se alzaba un obstáculo desagradable:
las propias declaraciones del rey Guillermo al comienzo de la guerra.
En su discurso de la corona ante la Dieta de la Alemania del Norte, el rey
había declarado solemnemente que la guerra iba contra el emperador de Francia
y no contra el pueblo francés. Y el II de agosto dirigió a la nación francesa
un manifiesto en el que figuraban estas palabras[*]:
"Debido a que el emperador Napoleón ha atacado por tierra y por mar a la
nación alemana, que descaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo
francés, yo he asumido el mando de los ejércitos alemanes para repeler su
agresión y me he visto obligado, por los acontecimientos militares,
a cruzar las fronteras de Francia ". No contento con afirmar el
carácter defensivo de la guerra, declarando que solamente tomaba el mando de
los ejércitos alemanes "para repeler la agresión ", añadía que sólo por
los "acontecimientos militares" se había visto "obligado" a cruzar las
fronteras de Francia. Y es indudable que una guerra defensiva no excluye la
posibilidad de emprender operaciones ofensivas, cuando los "acontecimientos
militares" lo imponen.
Como se ve, el pío monarca se había comprometido, ante
Francia y ante el mundo, a mantener una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo
eximirlo de este compromiso solemne? Los directores de escena tenían que
presentarlo como acce diendo de mala gana a los mandatos irresistibles de la
nación
pág. 29
alemana. Inmediatamente, dieron la señal a la clase media liberal alemana,
con sus profesores, sus capitalistas, y sus concejales y periodistas. Esta
clase media que, en sus luchas por la libertad civil, desde 1846 hasta 1870,
había dado al mundo un espectáculo nunca visto de indecisión, incapacidad y
cobardia, se entusiasmó, naturalmente, ante la idea de pisar la escena de
Europa como el león rugiente del patriotismo alemán. Reivindicó su
independencia cívica, fingiendo obligar al Gobierno prusiano a aceptar los que
eran, en realidad, designios secretos de este mismo gobierno. Y, clamando por
la desmembración de la República Francesa, pidió perdón por su larga y casi
religiosa fe en la infalibilidad de Luis Bonaparte. Oigamos por un momento los
hermosos argumentos de estos patriotas inconmovibles.
No se atreven a afirmar que la población de Alsacia y de
Lorena suspire por el abrazo alemán. Todo lo contrario. Para castigar su
patriotismo francés, Estrasburgo, ciudad dominada por una ciudadela
independiente, ha sido bombardeada de un modo bárbaro y sin necesidad, por
espacio de seis días, con granadas explosivas "alemanas", que han incendiado
la urbe y matado a un gran número de habitantes indefensos. Sí, el suelo de
estas provincias perteneció en tiempos remotos al difunto Imperio germano. De
aquí que, al parecer, este suelo y los seres humanos que han crecido en él
deban ser confiscados, como propiedad imprescriptible de Alemania. Ahora bien,
si se trata de rehacer el mapa de Europa con mentalidad de anticuario, no
olvidemos en modo alguno que el Elector de Brandenburgo, era, en
cuanto a sus dominios prusianos, vasallo de la República Polaca.[28]
Pero los patriotas más astutos reclaman Alsacia y la parte de
Lorena que habla alemán, como una "garantía material" contra la agresión
francesa. Como este vil pretexto ha hecho
pág. 30
perdet la cabeza a mucha gente de poco seso, nos creemos obligados a
examinarlo un poco más a fondo.
No cabe duda que la configuración general de Alsacia en
comparación con la orilla opuesta del Rin, y la existencia de una gran ciudad
fortificada como Estrasburgo casi a mitad de camino entre Basilea y
Germersheim, favorece mucho una invasión de la Alemania del Sur por los
franceses, oponiendo en cambio especiales dificultades a la invasión de
Francia desde el Sur de Alemania. Tampoco es dudoso que la anexión de Alsacia
y de la Lorena de habla alemana daría a la Alemania del Sur una frontera mucho
más fuerte, puesto que pondría en sus manos la cresta de las montañas de los
Vosgos en toda su longitud y los fuertes que cubren sus pasos septentrionales.
Y si Metz también fuese anexada, Francia quedaría privada indudablemente, por
el momento, de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania; pero
esto no le impediría construir otra nueva en Nancy o en Verdún. Teniendo a
Coblenza, Maguncia, Germersheim, Rastadt y Ulm, bases todas de operaciones
contra Francia, de las que además ha hecho pleno uso en esta guerra, ¿con qué
sombra de justicia puede Alemania envidiar a Francia Estrasburgo y Metz, las
dos únicas fortalezas de cierta importancia que posee por este lado? Además,
Estrasburgo sólo es un peligro para la Alemania del Sur mientras ésta sea un
poder separado de la Alemania del Norte. De 1792 a 1795, el Sur de Alemania no
se vio nunca invadido por este lado, porque Prusia participaba en la guerra
contra la Revolución Francesa; pero tan pronto como, en 1795,
Prusia firmó una paz separada,[29]
dejando que el Sur se las arreglase como pudiera, comenza ron, prolongándose
hasta 1809, las invasiones al Sur de Alemania, con Estrasburgo como base. Es
indudable que una Alemania unificada podrá siempre neutralizar el
peligro de
pág. 31
Estrasburgo y de cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas
sus tropas -- como se hizo en esta guerra -- entre Saarlouis y Landau, y
avanzando o aceptando la batalla en la línea del camino que va de Maguncia a
Metz. Con el núcleo principal de las tropas alemanas estacionado allí,
cualquier ejército francés que avance de Estrasburgo hacia el Sur de Alemania
se verá flanqueado y en peligro de encontrarse con las comunicaciones
cortadas. Si la campaña actual ha demostrado algo, es precisamente la
facilidad de invadir a Francia desde Alemania.
Pero, hablando honradamente, ¿no es un completo absurdo y un
anacronismo tomar las razones militares como el principio que debe presidir el
trazado de las fronteras entre las naciones? Si esta norma prevaleciese,
Austria tendría aún derecho a pedir Venecia y la línea del Mincio, y Francia
podría reclamar la línea del Rin para proteger a París, que indudablemente
está más expuesto a ser atacado desde el Nordeste que Berlín desde el
Sudoeste. Si las fronteras van a trazarse en consonancia con los intereses
militares, las reclamaciones no acabarán nunca, pues toda línea militar es por
fuerza defectuosa y susceptible de mejorarse con la anexión de nuevos
territorios vecinos; además, estas líneas nunca puedcn trazar se de un modo
definitivo y justo, pues son siempre una imposición del vencedor sobre el
vencido, y por consiguiente llevan en su seno el germen de nuevas guerras.
Esa es la lección de toda la historia. Ocurre con las
naciones lo mismo que con los individuos. Para privarlos del poder de atacar,
hay que quitarles también los medios de defenderse. No basta agarrarlos por el
cuello; hay que asesinar. Si alguna vez hubo un conquistador que
tomase "garantías materiales" para quebrar las fuerzas de una nación, ése fue
Napoleón I con el Tratado de Tilsit[30]
y con su modo de
pág. 32
aplicarlo contra Prusia y el resto de Alemania. Y sin embargo, pocos años
después, su gigantesco poder se venía al suelo como una caña podrida ante el
pueblo alemán. ¿Qué significan las "garantías materiales" que Prusia, en sus
sueños más fantásticos, pueda o se atreva a imponer a Francia, comparadas con
las que a aquélla le arrancó Napoleón I? El resultado no será menos
desastroso. Y la historia no medirá su castigo por el número de millas
cuadradas arrebatadas a Francia, sino por la magnitud del crimen que supone
resucitar en la segunda mitad del siglo XIX la política de conquista.
Pero, no se debe confundir a los alemanes con los franceses,
dicen los portavoces del patriotismo teutónico. Lo que nosotros
queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo
esencialmente pacífico. Bajo su prudente tutela, hasta las mismas conquistas
dejan de ser un factor de guerras futuras para convertirse en una prenda de
perpetua paz. Indudablemente, no fueron los alemanes los que invadieron a
Francia en 1792, con el sublime objetivo de acabar a bayonetazos con la
Revolución del siglo XVIII. No fueron los alemanes los que mancharon sus manos
con la esclavización de Italia, la opresión de Hungría y la desmembración de
Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población masculina
adulta en dos partes: un ejército permanente activo y otro ejército permanente
en reserva, ambos sujetos por igual a obediencia pasiva a quienes son sus
gobernantes por derecho divino; semejante sistema militar es evidentemente,
una "garantía material" para la salvaguardia de la paz, y es, además, la meta
suprema de la civilización. En Alemania, como en todas partes, los aduladores
de los poderosos de turno envenenan a la opinión pública con el incienso de
alabanzas jactanciosas y mendaces.
pág. 33
Estos patriotas alemanes, que fingen indignarse a la vista de
las fortificaciones francesas en Metz y Estrasburgo, no ven ningún mal en la
vasta red de fortificaciones moscovitas en Varsovia, Modlin e Ivángorod.
Tiemblan ante los horrores de una invasión bonapartista, pero cierran los ojos
ante la ignominia de una tutela de la autocracia zarista.
Y así como en 1865 hubo un cambio de promesas entre Luis
Bonaparte y Bismarck, en 1870 hubo otro cambio de promesas entre Bismarck y
Gorchakov.[31]
Igual que Luis Bonaparte se ilusionaba pensando que la guerra de 1866, al
producir el mutuo agotamiento de Austria y Prusia, le convertiría en el
árbitro supremo de Alemania, Alejandro se ilusionaba también pensando que la
guerra de 1870, al producir el agotamiento mutuo de Alemania y de Francia, lo
erigiría en árbitro supremo del continente occidental. Y así como el Segundo
Imperio consideraba que la Confederación de la Alemania del Norte era
incompatible con su existencia, la Rusia autocrática tiene por fuerza que
creerse amenazada por un imperio alemán bajo la hegemonía de Prusia. Tal es la
ley del viejo sistema político. Dentro de este sistema, lo que pa ra un Estado
es una ganancia representa para otro una pérdida. La preponderante influencia
del zar en Europa tiene sus raíces en su tradicional ascendiente sobre
Alemania. Y en un momento en que, dentro de la propia Rusia, fuerzas sociales
volcánicas amenazan con sacudir los fundamentos mismos de la autocracia, ¿va
el zar a permitir que se merme de ese modo su prestigio en el extranjero? Ya
la prensa de Moscú se expresa en el mismo lenguaje que empleaban los
periódicos bonapartistas después de la guerra de 1866. ¿Acaso los patriotas
teutones creen realmente que el mejor modo de
pág. 34
garantizar la libertad y la paz[*]
en Alemania es obligando a Francia a echarse en brazos de Rusia? Si la fortuna
de las armas, la arrogancia procedente de los éxitos y las intrigas dinásticas
llevan a Alemania a una anexión de territorio francés, ante ella sólo se
abrirán dos caminos: o convertirse a toda costa en un instrumento
manifiesto del engrandecimiento de Rusia,** o bien, tras una breve
tregua, prepararse para otra guerra "defensiva", y no una de esas guerras
"localiza das" de nuevo estilo, sino una guerra de razas, una guerra
contra las razas eslavas y latinas coligadas.***
La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra
que no estaba en su mano impedir, como una guerra por la independencia de
Alemania y por librar a Francia y a Europa de la horrible pesadilla del
Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes los que, junto con
los obreros agrícolas, dieron nervio y músculo a las heroicas huestes, dejando
en la retaguardia a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las
batallas en el extranjero, volverán a verse diezmados por la miseria en sus
hogares.**** Ellos
pág. 35
a su vez reclaman ahora "garantías", garantías de que sus inmensos
sacrificios no han sido hechos en vano, de que han conquistado la
libertad, de que su victoria sobre los ejércitos imperiales no se convertirá,
como en 1815, en la derrota del pueblo alemán;[32]
y, como la primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para
Francia y el reconocimiento de la República Francesa.
El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de
Alemania publicó el 5 de septiembre un manifiesto insistiendo enérgicamente
sobre estas garantías. "Protestamos -- dicen -- contra la anexión de Alsacia y
Lorena. Y somos conscientes de que hablamos en nombre de la clase obrera de
Alemania. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la paz y de la
libertad, en interés de la civilización occidental frente a la barbarie
oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de
Alsacia y Lorena. . . ¡Apoyaremos fielmente a nuestros camaradas
obreros de todos los países en la causa común internacional del
proletariado!"[33]
Desgraciadamente, no podemos confiar en que tengan un éxito
inmediato. Si en tiempo de paz los obreros franceses no pudieron detener el
brazo del agresor, ¿cómo van los obreros alemanes a detener el brazo del
vencedor en medio del estrépito de las armas? El manifiesto de los obreros
alemanes reclama la extradición de Luis Bonaparte a la República Francesa como
un delincuente común. Pero sus gobernantes están ya haciendo cuanto pueden
para volverlo a colocar en las Tullerías, como el hombre más indicado para
hundir a Francia. Pase lo que pase, la historia nos enseñará que la clase
obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la burguesía de
este país. Los obreros alemanes cumplirán con su deber.
pág. 36
Como ellos, celebramos el advenimiento de la República en
Francia, pero al mismo tiempo, nos atormentan dudas que esperamos sean
infundadas. Esta República no ha derribado el trono, sino que ha venido
simplemente a ocupar su vacante[*].
Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de
defensa nacional. Se halla en manos de un gobierno provisional compuesto en
parte por notorios orleanistas y en parte por republicanos burgueses, en algunos de los cuales dejó su estigma indeleble la Insurrección
de Junio de 1848[34].
El reparto de funciones entre los miembros de este gobierno no augura nada
bueno. Los orleanistas se han adueñado de los baluartes del ejército y la
policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos
puramente retóricos. Algunos de sus primeros actos de gobierno demuestran
claramente que no sólo han heredado del Imperio un montón de ruinas, sino
también su miedo a la clase obrera. Y si hoy, en nombre de la República y con
fraseología desenfrenada se prometen cosas imposibles, ¿no será acaso para
preparar el clamor que exija un gobierno "posible"? ¿No estará la República
destinada, en la mente de algunos de sus empresarios burgueses, a servir de
trampolín y de puente para una restauración orleanista?
Como vemos, la clase obrera de Francia tiene que hacer frente
a condiciones dificilísimas. Cualquier intento de derribar el nuevo gobierno
en el trance actual, cuando el enemigo está llamando casi a las puertas de
París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con
su deber de ciudadanos**; pero, al mismo tiempo, no deben
pág. 37
dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los
campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales
del Primer Imperio. Ellos no deben repetir el pasado, sino construir el
futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda
la libertad republicana para trabajar en la organización de su propia clase.
Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y
para nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De su energía y de su
prudencia depende la suerte de la República.
Los obreros ingleses han dado ya pasos encaminados a vencer,
mediante una saludable presión desde fuera, la repugnancia de su
gobierno a reconocer a la República Francesa.[35]
Con su actual táctica dilatoria, el Gobierno inglés pretende,
probablemente, expiar el pecado de la guerra antijacobina y la precipitación
indecorosa con que sancionó el coup d'Etat [36].
Los obreros ingleses exigen además de su gobierno que se oponga con todas sus
fuerzas a la desmembración de Francia, que una parte de la prensa inglesa es
lo suficientemente desvergonzada para pedir a gritos*. Es la misma prensa que
durante veinte años estuvo endiosando a Luis Bonaparte como la providencia de
Europa y que aplaudía frenéticamente la rebelión de los
esclavistas estadounidenses[37].
Ahora, como entonces, trabaja sin descanso para los esclavistas.
Que las secciones de la Asociación Internacional de los
Trabajadores de cada país exhorten a la clase obrera a la acción. Si los
obreros olvidan su deber, si permanecen pasivos, la horrible guerra actual no
será más que la precursora de
pág. 38
nuevas luchas internacionales todavía más espantosas y conducirá en cada
país a nuevas derrotas de los obreros por los señores de la espada, de la
tierra y del capital.
EL CONSEJO GENERAL Robert Applegarth Martin J. Boon
Eugène Dupont, por Francia pág. 39
William Townshend,
Presidente Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C.
GENERAL DE LA
ASOCIACION
INTERNACIONAL DE LOS
TRABAJADORES SOBRE LA
GUERRA
FRANCO-PRUSIANA[27]
A los miembros de la Asociación Internacional de
los Trabajadores
en Europa y los Estados Unidos
* En la edición alemana de 1870, Marx suprimió
esta frase y la cita siguiente. Las primeras frases del párrafo siguiente
apareccn rcsumidas. (N. de la Red.)
* En la edición alemana de 1870, en vez de "la
libertad y la paz", aparece "la independencia, la libertad y la paz". (N.
de la Red.)
** En la edición alemana de 1870 se ha
agregado una frase que dice: "lo cual corresponde a la tradición de la
dinastía Hohenzollern." (N. de la Red.)
*** En la
edición alemana de 1870, se agrega una frase que dice: "Esta es la perspectiva
de la paz que los patriotas pusilánimes de la clase media garantizan para
Alemania." (N. de la Red.)
**** En la edición alemana
de 1870, fueron agregadas las siguientes palabras: "Y los energúmenos
patriotas los consolarán, diciendo que el capital no tiene patria y que los
salarios son regulados a través de la antipatriótica ley
internacionalista de la oferta y la demanda. ¿No ha llegado, pues, la hora
para la clase trabajadora alemana de expresarse y no permitir más a los
caballeros de la clase media hablar en su nombres " (N. de la
Red.)
* En la edición alemana de 1870, sigue la frase
"que fue limpiada por las bayonetas alemanas." (N. de la
Red.)
** En la edición alemana de 1870, luego de
"ciudadanos" se agregaron las siguientes palabras: "y eso es lo que ellos
están haciendo." (N. de la Red.)
* En la edición alemana de 1870, las palabras "que
una parte de la prensa inglesa es lo suficientemente desvergonzada para pedir
a gritos" son reemplazadas por "por la cual, naturalmente, la prensa inglesa
aboga tan ruidosamente como los parriotas alemanes". (N. de la Red.)
Fred. Bradnick
John Hales
George
Harris
Lopatin
George Milner
Charles Murray
James
Pamell
Rühl
Cowell Stepney
Schmutz
Caihil
Williiam Hales
Fred. Lessner
B.
Lucraft
Thomas Mottershead
George Odger
Pfänder
Joseph
Shepherd
Stoll
Karl Marx, por
Alemania y Rusia
A. Serraillier, por Bélgica, Holanda y
España
Hermann Jung, por Suiza
Giovanni
Bora, por Italia
Zévy Maurice, por
Hungría
Antoni Zabicki, por Polania
James
Cohen, por Dinamarca
J. G. Eccarius, por Estados
Unidos de
América
John Weston,
Tesorero
J. George Eccarius,
Secretario General
9 de
septiembre de 1870
|
Escrito por C. Marx entre el 6 |
El original está en
inglés. |
pág. 40 [blanca]
pág. 41
|
Escrito por C. Marx en abril- |
El orginal está en
inglés. |
pág. 42 [blanca]
pág. 43
El 4 de septiembre de l870, cuando los obreros de París
proclamaron la República, casi instantáneamente aclamada de un extremo a otro
de Francia sin una sola voz disidente, una cuadrilla de abogados arribistas,
con Thiers como estadista y Trochu como general, se posesionaron del Hôtel de
Ville. Por aquel entonces estaban imbuidos de una fe tan fanática en la misión
de París para representar a Francia en todas las épocas de crisis históricas
que, para legitimar sus títulos usurpados de gobernantes de Francia,
consideraron suficiente exhibir sus credenciales vencidas de diputados por
París. En nuestro segundo manifiesto sobre la pasada guerra, cinco días
después del encumbramiento de estos hombres, os dijimos ya quiénes eran*. Sin
embargo, en la confusión provocada por la sorpresa, con los verdaderos jefes
de la clase obrera encerrados todavía en las prisiones bonapartistas y los
prusianos avanzando a toda marcha sobre París, la capital toleró que asumieran
el Poder bajo la expresa condición de que su solo objetivo sería la defensa
nacional. Ahora bien, París no podía ser defendido sin armar a su clase
obrera, organizándola
pág. 44
como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma.
Pero París en armas era la revolución en armas. El triunfo de París sobre el
agresor prusiano habría sido el triunfo del obrero francés sobre el
capitaíista francés y sus parásitos dentro del Estado. En este conflicto entre
el deber nacional y el interés de clase, el Gobierno de Defensa Nacional no
vaciló un instante en convertirse en un gobierno de traición nacional.
Su primer paso consistió en enviar a Thiers a deambular por
todas las Cortes de Europa para implorar su mediación, ofreciendo el trueque
de la República por un rey. A los cuatros meses de comenzar el asedio de la
capital, cuando se creyó llegado el momento oportuno para empezar a hablar de
capitulación, Trochu, en presencia de Jules Favre y de otros colegas de
ministerio, habló en los siguientes términos a los alcaldes de París reunidos:
"La primera cuestión que mis colegas me plantearon, la misma
noche del 4 de septiembre, fue ésta: ¿Puede París resistir con alguna
probabilidad de éxito un asedio de las tropas prusianas? No vacilé en
contestar negativamente. Algunos de mis colegas, aquí presentes, ratificarán
la verdad de mis palabras y la persistencia de mi opinión. Les dije -- en
estos mismos términos -- que, con el actual estado de cosas, el intento de
París de afrontar un asedio del ejército prusiano, sería una locura. Una
locura heroica -- añadía --, sin duda alguna; pero nada más. . . Los hechos
(dirigidos por él mismo) no han dado un mentís a misprevisiones".
Este precioso y breve discurso de Trochu fue publicado más
tarde por M. Corbon, uno de los alcaldes allí presentes.
Así, pues, la misma noche en que fue proclamada la República,
los colegas de Trochu sabían ya que su "plan" era la capitulación de París. Si
la defensa nacional hubiera sido
pág. 45
algo más que un pretexto para el gobierno personal de Thiers, Favre y
Cía.,los advenedizos del 4 de septiembre habrían abdicado el 5, habrían puesto
al corriente al pueblo de París sobre el "plan" de Trochu y le habrían
invitado a rendirse sin más o a tomar su destino en sus propias manos. En vez
de hacerlo así, esos infames impostores optaron por curar la locura heroica de
París con un tratamiento de hambre y de cabezas rotas, y por engañarle
mientras tanto con manifiestos grandilocuentes, en los que se decía, por
ejemplo, que Trochu, "el gobernador de París, jamás capitulará" y que Jules
Favre, ministro de Asuntos Exteriores, "no cederá ni una pulgada de nuestro
territorio ni una piedra de nuestras fortalezas". En una carta a Gambetta,
este mismo Jules Favre confesó que contra lo que ellos se "defendían" no era
contra los soldados prusianos, sino contra los obreros de París. Durante todo
el sitio, los matones bonapartistas a quienes Trochu, muy previsoramente,
había confiado el mando del ejército de París, no cesaban de hacer chistes
desvergonzados, en sus cartas íntimas, sobre la bien conocida burla de la
defensa (véase, por ejemplo, la correspondencia de Alphonse Simon Guiod,
Comandante en Jefe de la artillería del ejército de París y Gran Cruz de la
Legión de Honor, con Suzanne, general de división de artillería,
correspondencia publicada en el Journal Officiel de la Comuna)[39].
Por fin, el 28 de enero de 1871,[40]
los impostores se quitaron la careta. Con el verdadero heroísmo de la máxima
abyección, el Gobierno de Defensa Nacional, al capitular, se convirtió en el
Gobierno de Francia integrado por prisioneros de Bismarck, papel tan bajo, que
el propio Luis Bonaparte, en Sedán, se arredró ante él. Después de los
acontecimientos del 18 de marzo, en su precipitada huída a
Versalles, los capitulards [capituladores][41]
dejaron en las manos de París las pruebas documentales de
pág. 46
su traición, para destruir las cuales, como dice la Comuna en su Proclama a
las provincias, "esos hombres no vacilarían en convertir a París
en un montón de escombros bañado por un mar de sangre".[42]
Además, algunos de los dirigentes del Gobierno de Defensa
tenían razones personales especialísimas para buscar ardientemente este
desenlace.
Poco tiempo después de sellado el armisticio, M. Milliere,
uno de los diputados por París a la Asamblea Nacional, fusilado más tarde por
orden expresa de Jules Favre, publicó una serie de documentos judiciales
auténticos demostrando que Favre, que vivía en concubinato con la mujer de un
borracho residente en Argel, había logrado, por medio de las más descaradas
falsificaciones cometidas a lo largo de muchos años, atrapar en nombre de los
hijos de su adulterio una cuantiosa herencia, con la que se hizo rico; y que
en un pleito entablado por los legítimos herederos, sólo pudo conseguir
salvarse del escándalo gracias a la connivencia de los tribunales
bonapartistas. Como estos escuetos documentos judiciales no podían descartarse
fácilmente, por mucha energía retórica que se desplegara, Jules Favre, por
primera vez en su vida, contuvo la lengua, y aguardó en silencio a que
estallase la guerra civil, para entonces denunciar frenéticamente al pueblo de
París como a una banda de criminales evadidos y amotinados abiertamente contra
la familia, la religión, el orden y la propiedad. Y este mismo falsario,
inmediatamente después del 4 de septiembre, apenas llegado al Poder, puso en
libertad, por simpatía, a Pic y Taillefer, condenados por estafa
bajo el propio Imperio, en el escandaloso asunto del periódico Etendard
[43].
Uno de estos caballeros, Taillefer, que tuvo la osadía de volver a París
durante la Comuna, fue reintegrado inmediata-
pág. 47
mente a la prisión. Y entonces Jules Favre, desde la tribuna de la Asamblea
Nacional, exclamó que París estaba poniendo en libertad a todos los
presidiarios.
Ernesto Picard, el Joe Miller[*]
del Gobierno de Defensa Nacional, que se nombró a sí mismo ministro de
Hacienda de la República después de haberse esforzado en vano por ser ministro
del Interior del Imperio, es hermano de un tal Arturo Picard, individuo
expulsado de la Bourse [Bolsa] de París por tramposo (véase el informe
de la Prefectura de Policía del 31 de julio de 1867) y convicto y
confeso de un robo de 300.000 francos, cometido cuando era gerente de una de
las sucursales de la Société Générale [44],
rue Palestro número 5 (véase el informe de la Prefectura de Policía del 11 de
diciembre de 1868). Este Arturo Picard fue nombrado por Ernesto Picard redactor jefe de su periódico l'Electeur libre [45].
Mientras los especuladores vulgares eran despistados por las mentiras
oficiales de esta hoja financiera ministerial, Arturo Picard andaba en un
constante ir y venir del Ministerio de Hacienda a la Bourse, para negociar en
ésta con los desastres del ejército francés. Toda la correspondencia
financiera cruzada entre este par de nunca bien ponderados hermanitos cayó en
manos de la Comuna.
Jules Ferry, quien antes del 4 de septiembre era un abogado
sin pleitos, consiguió, como alcalde de París durante el sitio, hacer una
fortuna amasada a costa del hambre colectiva. El día en que tenga que dar
cuenta de sus malversa ciones, será también el día de su sentencia.
pág. 48
Como se ve, estos hombres sólo podían encontrar tickets
of-leave [*]
entre las ruinas de París. Hombres así eran precisamente los que Bismarck
necesitaba. Hubo un barajar de naipes y Thiers, hasta entonces inspirador
secreto del gobierno, apareció ahora como su presidente, teniendo por
ministros a ticket-of-leave men.
Thiers, ese enano monstruoso, tuvo fascinada durante casi
medio siglo a la burguesía francesa por ser él la expresión intelectual más
acabada de su propia corrupción como clase. Ya antes de hacerse estadista
había revelado su talento para la mentira como historiador. La crónica de su
vida pública es la historia de las desdichas de Francia. Unido a los
republicanos hasta 1830, cazó una cartera bajo Luis Felipe, traicionando a
Laffitte, su protector. Se congració con el rey a fuerza de atizar motines del
populacho contra el clero -- durante los cuales fueron saqueados la iglesia de
Saint Germain l'Auxerrois y el palacio del arzobispo -- y actuando
de espía ministerial y luego de partero carcelario de la duquesa de Berry[46].
La matanza de republicanos en la rue Transnonain y las leyes
infames de septiembre contra la prensa y el derecho de asociación que la
siguieron, fueron obra suya.[47] Al reaparecer como jefe del Gobierno en marzo de 1840, asombró a
Francia con su plan de fortificar a París.[48]
A los republicanos, que denunciaron este plan como un complot siniestro contra
la libertad de París, les replicó desde la tribuna de la Cámara de Diputados:
pág. 49
"¡Cómo! ¿Suponéis que puede haber fortificaciones que sean
una amenaza contra la libertad? En primer lugar, es calumniar a cualquier
gobierno, sea el que fuere, creyendo que puede tratar algún día de mantenerse
en el Poder bombardeando la capital. . . Semejante gobierno sería cien veces
más imposible después que antes de su victoria". En realidad, ningún gobierno
se habría atrevido a bombardear París desde los fuertes más que el gobierno
que antes había entregado estos mismos fuertes a los prusianos.
Cuando el rey Bomba,[49]
en enero de 1848, probó sus fuerzas contra Palermo, Thiers, que entonces
llevaba largo tiempo sin cartera, volvió a levantarse en la Cámara de
Diputados: "Todos vosotros sabéis, señores diputados, lo que está pasando en
Palermo. Todos vosotros os estremecéis de horror (en el sentido parlamentario
de la palabra) al oir que una gran ciudad ha sido bombardeada durante cuarenta
y ocho horas. ¿Y por quién? ¿Acaso por un enemigo exterior que pone en
práctica los derechos de la guerra? No, señores diputados, por su propio
gobierno. ¿Y por qué? Porque esta ciudad infortunada exigía sus derechos. Y
por exigir sus derechos, ha sufrido cuarenta y ocho horas de bombardeo. . .
Permitidme apelar a la opinión pública de Europa. Levantarse aquí y hacer
resonar, desde la que tal vez es la tribuna más alta de Europa, algunas
palabras (sí, cierto, palabras) de indignación contra actos tales, es prestar
un servicio a la humanidad. . . Cuando el regente Espartero, que había
prestado servicios a su país (lo que nunca hizo el señor Thiers), intentó
bombardear Barcelona para sofocar su insurrección, de todas partes del mundo
se levantó un clamor general de indignación".
Dieciocho meses más tarde, el señor Thiers se contaba entre
los más furibundos defensores del bombardeo de Roma por un ejército
francés.[50]
La falta del rey Bomba debió con-
pág. 50
sistir, por lo visto, en no haber hecho durar el bombardeo más que cuarenta
y ocho horas.
Pocos días antes de la Revolución de Febrero, irritado por el
largo destierro de cargos y pitanza a que le había condenado Guizot, y
venteando la inminencia de una conmoción popular, Thiers, en aquel estilo
pseudoheroico que le ha valido el apodo de Mirabeau-mouche
(Mirabeau-mosca), declaraba ante el parlamento: "Pertenezco al partido de la
revolución, no sólo en Francia, sino en Europa. Yo desearía que el Gobierno de
la revolución permaneciese en las manos de hombres moderados. . . , pero
aunque el Gobierno caiga en manos de espíritus exaltados, incluso en las de
los radicales, no por ello abandonaré mi causa. Perteneceré siempre al partido
de la revolución". Vino la Revolución de Febrero. Pero, en vez de desplazar al
ministerio Guizot para poner en su lugar un ministerio Thiers, como este
hombrecillo había soñado, la revolución sustituyó a Luis Felipe con la
República. En el primer día del triunfo popular se mantuvo cuidadosamente
oculto, sin darse cuenta de que el desprecio de los obreros le resguardaba de
su odio. Sin embargo, con su proverbial valor, permaneció alejado
de la escena pública, hasta que las matanzas de Junio[51]
le dejaron el camino expedito para su peculiar actuación. Entonces, Thiers se
convirtió en la mente inspiradora del Partido del Orden[52]
y de su República Parlamentaria, ese interregno anónimo en que todas las
fracciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al
pueblo, y también conspiraban las unas contra las otras en el empeño de
restaurar cada cual su propia monarquía. Entonces, como ahora, Thiers denunció
a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la
República; entonces, como ahora, habló a la República como el verdugo a Don
Carlos: "Tengo que asesinarte, pero
pág. 51
es por tu bien". Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente
de su triunfo: L'Empire est fait -- el Imperio está hecho. Pese a sus
prédicas hipócritas sobre las libertades necesarias y a su rencor personal
contra Luis Bonaparte, que se había servido de él como instrumento, y había
dado una patada al parlamentarismo (fuera de cuya atmósfera artificial nuestro
hombrecillo queda, como él sabe muy bien, reducido a la nada), encontramos su
mano en todas las infamias del Segundo Imperio: desde la ocupación de Roma por
las tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó arremetiendo
ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del
despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho arrogado por
Francia de mantener desunida a Alemania. Aficionado a blandir a la faz de
Europa, con sus brazos enanos, la espada de Napoleón I, del que era un
limpiabotas histórico, su política exterior culminó siempre en las
mayores humillaciones de Francia, desde el Tratado de Londres de 1840[53]
hasta la capitulación de París en 1871 y la actual guerra civil, en la que
lanza contra París, con permiso especial de Bismarck, a los
prisioneros de Sedán y Metz[54].
A pesar de la versatilidad de su talento y de la variabilidad de sus
propósitos, este hombre ha estado toda su vida encadenado a la rutina más
fósil. Se comprende que las corrientes subterráneas más profundas de la
sociedad moderna permanecieran siempre ocultas para él; pero hasta los cambios
más palpables operados en su superficie repugnaban a aquel cerebro, cuya
energía había ido a concentrarse toda en la lengua. Por eso, no se cansó nunca
de denunciar como un sacrilegio toda desviación del viejo sistema
proteccionista francés. Siendo ministro de Luis Felipe, se mofaba de los
ferrocarriles como de una loca quimera; y desde la oposición, bajo Luis
Bonaparte, estigmatizaba
pág. 52
como una profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar de
Francia. Jamás en su larga carrera política, se le halló responsable de una
sola medida de carácter práctico por más insignificante que fuera. Thiers sólo
era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que
la producen. Cogió su primera cartera, bajo Luis Felipe, pobre como una rata y
cuando la dejó era millonario. Su último ministerio, bajo el mismo rey (el 1
de marzo de 1840), le acarreó en la Cámara de Diputados una acusación pública
de malversación a la que se limitó a replicar con lágrimas, mercancía que
maneja con tanta prodigalidad como Jules Favre u otro cocodrilo cualquiera. En
Burdeos[*],
su primera medida para salvar a Francia de la catástrofe financiera que la
amenazaba fue asignarse a sí mismo un sueldo de tres millones al año, primera
y última palabra de aquella "república ahorrativa", cuyas perspectivas había
pintado a sus electores de París en 1869. El señor Beslay, uno de sus antiguos
colegas de la Cámara de Diputados de 1830, que, a pesar de ser un capitalista,
fue un miembro abnegado de la Comuna de París, se dirigió últimamente a Thiers
en un cartel mural: "La esclavización del trabajo por el capital ha sido
siempre la piedra angular de su política y, desde el día en que vio la
República del Trabajo instalada en el Hôtel de Ville, usted no ha cesado un
momento de gritar a Francia: '¡Esos son unos criminales!'" Maestro en pequeñas
granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en
todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la
guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una
revolución cuando no está en el Poder y para ahogarla en sangre cuando empuña
el ti-
pág. 53
món del Gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de
vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa es su
vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no
puede por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridiculo de su
jactancia.
La capitulación de París, que se hizo entregando a Prusia no
sólo París sino toda Francia, vino a cerrar la larga cadena de intrigas
traidoras con el enemigo que los usurpadores del 4 de septiembre habían
empezado aquel mismo día, según dice el propio Trochu. De otra parte, esta
capitulación inició la guerra civil, que ahora tenían que librar con la ayuda
de Prusia, contra la República y contra París. Ya en los mismos términos de la
capitulación estaba contenida la encerrona. En aquel momento, más de una
tercera parte del territorio estaba en manos del enemigo; la capital se
hallaba aislada de las provincias y todas las comunicaciones estaban
desorganizadas. En estas circunstancias era imposible elegir una
representación auténtica de Francia, a menos que se dispusiera de mucho tiempo
para preparar las elecciones. He aqui por qué el pacto de capitulación
estipulaba que habría de elegirse una Asamblea Nacional en el término de 8
días; así fue como la noticia de las elecciones que iban a celebrarse no llegó
a muchos sitios de Francia hasta la vispera de éstas. Además, según una
cláusula expresa del pacto de capitulación, esta Asamblea había de elegirse
con el único objeto de votar la paz o la guerra, y para concluir en caso de
necesidad un tratado de paz. La población no podía dejar de sentir que los
términos del armisticio hacían imposible la continúación de la guerra y de
que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de
Francia eran los mejores. Pero, no contento con estas precauciones, Thiers, ya
antes de
pág. 54
que el secreto del armisticio fuera comunicado a los parisinos, se puso en
camino para una gira electoral por las provincias, con el objeto
de galvanizar y resucitar el Partido Legitimista[55],
que ahora, unido a los orleanistas, habría de ocupar la vacante de los
bonapartistas, inaceptables por el momento. Thiers no tenía miedo a los
legitimistas. Imposibilitados para gobernar a la moderna Francia y, por tanto,
desdeñables como rivales, ¿qué partido podía servir mejor como instrumento de
la contrarrevolución que aquel partido cuya actuación, para decirlo con
palabras del mismo Thiers (Cámara de Diputados, 5 de enero de 1833), "había
estado siempre circunscrita a los tres recursos de invasión extranjera, guerra
civil y anarquía"? Ellos, por su parte, creían firmemente en el advenimiento
de su reino milenario retrospectivo, por tanto tiempo anhelado. Ahí estaban
las botas de la invasión extranjera pisoteando a Francia; ahí estaban un
Imperio caído y un Bonaparte prisionero; y ahí estaban los legitimistas otra
vez. Evidentemente, la rueda de la historia había marchado hacia
atrás, hasta detenerse en la Chambre introuvable de 1816[56].
En las asambleas de la República de 1848 a 1851, estos elementos habían estado
representados por sus cultos y expertos campeones parlamentarios;
ahora irrumpían en escena los soldados de filas del partido, todos los
Pourceaugnacs[57]
de Francia.
En cuanto esta Asamblea de los "rurales"[58]
se congregó en Burdeos, Thiers expuso con claridad a sus componentes, que
había que aprobar inmediatamente los preliminares de paz, sin concederles
siquiera los honores de un debate parlamentario, única condición bajo la cual
Prusia les permitiría iniciar la guerra contra la República y contra París, su
baluarte. En realidad, la contrarrevolución no tenía tiempo que perder. El
Segundo Imperio había elevado a más del doble la deuda
pág. 55
nacional y había sumido a todas las ciudades importantes en deudas
municipales gravosísimas. La guerra había aumentado espantosamente las cargas
de la nación y había devastado en forma implacable sus recursos. Y para
completar la ruina, allí estaba el Shylock prusiano, con su factura por el
sustento de medio millón de soldados suyos en suelo francés y con su
indemnización de cinco mil millones, más el 5 por ciento de
interés por los pagos aplazados.[59]
¿Quién iba a pagar esta cuenta? Sólo derribando violentamente la República
podían los monopolizadores de la riqueza confiar en echar sobre los hombros de
los productores de la misma, las costas de una guerra que ellos, los
monopolizadores, habían desencadenado. Y así, la incalculable ruina de Francia
estimulaba a estos patrióticos representantes de la tierra y del capital a
empalmar, ante los mismos ojos del invasor y bajo su alta tutela, la guerra
exterior con una guerra civil, con una rebelión de los esclavistas.
En el camino de esta conspiración se alzaba un gran
obstáculo: París. El desarme de París era la primera condición para el éxito.
Por eso, Thiers, le conminó a que entregase las armas. París estaba, además,
exasperado por las frenéticas manifestaciones antirrepublicanas de la Asamblea
"rural" y por las declaraciones equívocas del propio Thiers sobre el status
legal de la República; por la amenaza de decapitar y descapitalizar a París;
por el nombramiento de embajadores orleanistas; por las leyes de Dufaure sobre
los pagarés y alquileres vencidos, que suponían la ruina para el
comercio y la industria de París;[60]
por el impuesto de dos céntimos creado por Pouyer-Quertier sobre cada ejemplar
de todas las publicaciones imaginables; por las sentencias de muerte contra
Blanqui y Flourens; por la clausura de los periódicos republicanos; por el
traslado de la Asamblea Nacional a Versa-
pág. 56
lles; por la prórroga del estado de sitio proclamado por
Palikao[61]
y levantado el 4 de septiembre; por el nombramiento de Vinoy, el décembriseur
[decembrista],[62]
como gobernador de París, de Valentin, el gendarme bonapartista, como prefecto
de policía y de d'Aurelle de Paladines, el general jesuíta, como Comandante en
Jefe de la Guardia Nacional parisma.
Y ahora vamos a hacer una pregunta al señor Thiers y a los
caballeros de la defensa nacional, recaderos suyos. Es sabido que, por
mediación del señor Pouyer-Quertier, su ministro de Hacienda, Thiers contrató
un empréstito de dos mil millones. Ahora bien, ¿es verdad o no:
1. que el negocio se estipuló asegurando una comisión de
varios cientos de millones para los bolsillos particulares de Thiers, Jules
Favre, Ernesto Picard, Pouyer-Quertier y Jules Simon, y
2. que no debía hacerse ningún pago hasta después de la
"pacificación" de París?[63]
En todo caso, debía de haber algo muy urgente en el asunto,
pues Thiers y Jules Favre pidieron sin el menor pudor, en nombre de la mayoría
de la Asamblea de Burdeos, la inmediata ocupación de París por las tropas
prusianas. Pero esto no encajaba en el juego de Bismarck, como lo declaró
éste, irónicamente y sin tapujos, ante los asombrados filisteos de Francfort a
su regreso a Alemania.
París armado era el único obstáculo serio que se alzaba en el
camino de la conspiración contrarrevolucionaria. Por eso había que desarmarlo.
En este punto, la Asamblea de Burdeos era la sinceridad misma. Si los bramidos
frenéticos de
pág. 57
sus "rurales" no hubiesen sido suficientemente audibles, habría disipado la
última sombra de duda la entrega de París por Thiers en las tiernas manos del
triunvirato de Vinoy, el décembriseur, Valentin, el gendarme
bonapartista y d'Aurelle de Paladines, el general jesuíta. Pero, al mismo
tiempo que exhibían de un modo insultante su verdadero propósito de desarmar a
París, los conspiradores le pedían que entregase las armas con un pretexto que
era la más evidente, la más descarada de las mentiras. Thiers alegaba que la
artillería de la Guardia Nacional de París pertenecía al Estado y debía serle
devuelta. La verdad era ésta: desde el día mismo de la capitulación, en que
los prisioneros de Bismarck firmaron la entrega de Francia, pero reservándose
una nutrida guardia de corps con la intención manifiesta de intimidar a
París, éste se puso en guardia. La Guardia Nacional se reorganizó y confió su
dirección suprema a un Comité Central elegido por todos sus efectivos, con la
sola excepción de algunos remanentes de las viejas formaciones bonapartistas.
La víspera del día en que entraron los prusianos en París, el Comité Central
tomó medidas para trasladar a Montmartre, Belleville y La Villette los cañones
y las mitrailleuses traidoramente abandonados por los
capitulards en los mismos barrios que los prusianos habían de ocupar o
en las inmediaciones de ellos. Estos cañones habían sido adquiridos por
suscripción abierta entre la Guardia Nacional. Se habían reconocido
oficialmente como propiedad privada suya en el pacto de capitulación del 28 de
enero y, precisamente por esto, habían sido exceptuados de la entrega general
de armas del gobierno a los conquistadores. ¡Tan carente se hallaba Thiers
hasta del más tenue pretexto para abrir las hostilidades contra París, que
tuvo que recurrir a la mentira descarada de que la artillería de la Guardia
Nacional pertenecía al Estado!
pág. 58
La confiscación de sus cañones estaba destinada,
evidentemente, a ser el preludio del desarme general de París y, por tanto,
del desarme de la Revolución del 4 de Septiembre. Pero esta revolución era
ahora la forma legal del Estado francés. La República, su obra, fue reconocida
por los conquistadores en las cláusulas del pacto de capitulación. Después de
la capitulación, fue reconocida también por todas las potencias extranjeras, y
la Asamblea Nacional fue convocada en nombre suyo. La Revolución obrera de
París del 4 de Septiembre era el único título legal de la Asamblea Nacional
congregada en Burdeos y de su Poder Ejecutivo. Sin el 4 de Septiembre, la
Asamblea Nacional hubiera tenido que dar un paso inmediatamente al Corps
Législatif, elegido en 1869 por sufragio universal bajo el Gobierno de
Francia y no de Prusia, y disuelto a la fuerza por la revolución. Thiers y sus
ticket-of-leave men habrían tenido que rebajarse a pedir un
salvoconducto firmado por Luis Bonaparte para librarse de un viaje a
Cayena[64].
La Asamblea Nacional, con sus plenos poderes para fijar las condiciones de la
paz con Prusia, no era más que un episodio de aquella revolución, cuya
verdadera encarnación seguía siendo el París en armas que la había iniciado,
que por ella había sufrido un asedio de cinco meses, con todos los horrores
del hambre, y que con su resistencia sostenida a pesar del plan de Trochu
había sentado las bases para una tenaz guerra de defensa en las provincias. Y
París sólo tenía ahora dos caminos: o rendir las armas, siguiendo las órdenes
humillantes de los esclavistas amotinados de Burdeos y reconociendo que su
Revolución del 4 de Septiembre no significaba más que un simple traspaso de
poderes de Luis Bonaparte a sus rivales monárquicos; o seguir luchando como el
campeón abnegado de Francia, cuya salvación de la ruina y cuya regeneración
eran imposibles si no se derribaban re-
pág. 59
volucionariamente las condiciones políticas y sociales que habían
engendrado el Segundo Imperio y que, bajo la égida protectora de éste,
maduraron hasta la total putrefacción. París, extenuado por cinco meses de
hambre, no vaciló ni un instante. Heroicamente, decidió correr todos los
riesgos de una resistencia contra los conspiradores franceses, aun con los
cañones prusianos amenazándole desde sus propios fuertes. Sin embargo, en su
aversión a la guerra civil a la que París había de ser empujado, el Comité
Central persistía aún en una actitud meramente defensiva, pese a las
provocaciones de la Asamblea, a las usurpaciones del Poder Ejecutivo y a la
amenazadora concentración de tropas en París y sus alrededores.
Fue Thiers, pues, quien abrió la guerra civil al enviar a
Vinoy, al frente de una multitud de sergents de ville y de algunos
regimientos de línea, en expedición nocturna contra Montmartre para apoderarse
por sorpresa de los cañones de la Guardia Nacional. Sabido es que este intento
fracasó ante la resistencia de la Guardia Nacional y la confraternización de
las tropas de línea con el pueblo. D'Aurelle de Paladines había mandado
imprimir de antemano su boletín cantando la victoria, y Thiers tenía ya
preparados los carteles anunciando sus medidas de coup d'Etat. Ahora
todo esto hubo de ser sustituido por los llamamientos en que Thiers comunicaba
su magnánima decisión de dejar a la Guardia Nacional en posesión de sus armas,
con lo cual estaba seguro -- decía -- de que ésta se uniría al Gobierno contra
los rebeldes. De los 300.000 guardias nacionales solamente 300 respondieron a
esta invitación a pasarse al lado del pequeño Thiers en contra de ellos
mismos. La gloriosa Revolución obrera del 18 de Marzo se adueñó
indiscutiblemente de París. El Comité Central era su gobierno provisional. Y
su sensacional actua-
pág. 60
ción política y militar pareció hacer dudar un momento a Europa de si lo
que veía era una realidad o sólo sueños de un pasado remoto.
Desde el 18 de marzo hasta la entrada de las tropas
versallesas en París, la revolución proletaria estuvo tan exenta de esos actos
de violencia en que tanto abundan las revoluciones, y más todavía las
contrarrevoluciones de las "clases superiores", que sus adversarios no
tuvieron más hechos en torno a los cuales hacer ruido que la ejecución de los
generales Lecomte y Clément Thomas y lo ocurrido en la plaza Vendôme.
Uno de los militares bonapartistas que tomaron parte en la
intentona nocturna contra Montmartre, el general Lecomte, ordenó por cuatro
veces al 81ƒ Regimiento de línea que hiciese fuego sobre una muchedumbre
inerme en la plaza Pigalle y, como las tropas se negasen, las insultó
furiosamente. En vez de disparar sobre las mujeres y los niños, sus hombres
dispararon sobre él. Naturalmente, las costumbres inveteradas adquiridas por
los soldados bajo la educación militar que les imponen los enemigos de la
clase obrera no cambian en el preciso mómento en que estos soldados se pasan
al campo de los trabajadores. Esta misma gente fue la que ejecutó a Clément
Thomas.
El "general" Clément Thomas, un antiguo sargento de
caballería descontento, se había enrolado, en los últimos tiempos
del reinado de Luis Felipe, en la redacción del periódico republicano Le
National [65],
para prestar allí sus servicios con la doble personalidad de hombre de paja
(gérant responsable )* y de espadachin de tan belicoso periódico.
Después de la Revolución de Febrero, entronizados en el Poder, los seño-
pág. 61
res de Le National convirtieron a este ex sargento de cabailería en
general, en vísperas de la matanza de Junio, de la que él, como Jules Favre,
fue uno de los siniestros maquinadores, para convertirse después en uno de los
más viles verdugos de los sublevados. Después, desaparecieron él y su
generalato por largo tiempo, para salir de nuevo a la superficie el 1 de
noviembre de 1870. El día anterior, el Gobierno de Defensa, cogido en el Hôtel
de Ville, había prometido solemnemente a Blanqui, Flourens y otros
representantes de la clase obrera, dejar el Poder usurpado en
manos de una Comuna que fuera libremente elegida por París.[66]
En vez de hacer honor a su palabra, lanzó sobre París a los bretones de Trochu
que venían a sustituir a los corsos de Bonaparte.[67]
Unicamente el general Tamisier se negó a manchar su nombre con aquella
violación de la palabra dada y dimitió su puesto de Comandante en Jefe de la
Guardia Nacional. Clément Thomas le substituyó volviendo otra vez a ser
general. Durante todo el tiempo de su mando, no guerreó contra los prusianos,
sino contra la Guardia Nacional de París. Impidió que ésta se armase de un
modo completo, azuzó a los batallones burgueses contra los batallones obreros,
eliminó a los oficiales contrarios al "plan" de Trochu y disolvió, acusando de
cobardes, a aquellos mismos batallones proletarios cuyo heroísmo acaba de
llenar de asombro a sus más encarnizados enemigos. Clément Thomas sentíase
orgullosísimo de haber reconquistado su preeminencia de junio como enemigo
personal de la clase obrera de París. Pocos días antes del 18 de marzo, había
sometido a Le Flo, ministro de la Guerra, un plan de su invención, para
"acabar con la fine fleur [la cremal] de la canaille de París."
Después de la derrota de Vinoy, no pudo menos que salir a la palestra como
espía aficionado. El Comité Central y los obreros de París son tan
pág. 62
responsables de la muerte de Clément Thomas y de Lecomte como la princesa
de Gales de la suerte que corrieron las personas que perecieron aplastadas
entre la muchedumbre el día de su entrada en Londres.
La supuesta matanza de ciudadanos inermes en la plaza Vendôme
es un mito que el señor Thiers y los "rurales" silenciaron obstinadamente en
la Asamblea, confiando su difusión exclusivamente a la turba de criados del
periodismo europeo. "Las gentes del Orden", los reaccionarios de París,
temblaron ante el triunfo del 18 de Marzo. Para ellos, era la señal del
castigo popular, que por fin llegaba. Ante sus ojos se alzaron los
espectros de las víctimas asesinadas por ellos desde las jornadas de junio de
1848 hasta el 22 de enero de 1871[68].
Pero el pánico fue su único castigo. Hasta los sergents de ville, en
vez de ser desarmados y encerrados, como procedía, tuvieron las puertas de
París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No sólo
no se molestó a las gentes del Orden, sino que incluso se les permitió
reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro
de París. Esta indulgencia del Comité Central, esta magnanimidad de los
obreros armados que contrastaba tan abiertamente con los hábitos del "Partido
del Orden", fue falsamente interpretada por éste como la simple manifestación
de un sentimiento de debilidad. De aquí su necio plan de intentar, bajo el
manto de una manifestación pacífica, lo que Vinoy no había podido lograr con
sus cañones y sus ametralladoras. El 22 de marzo, se puso en marcha desde los
barrios de los ricos un tropel exaltado de personas distinguidas, llevando en
sus filas a todos los elegantes petimetres y a su cabeza a los contertulios
más conocidos del Imperio: los Heeckeren, Coëtlogon, Henrí de Pene, etc. Bajo
la capa cobarde de una manifestación pacífica, es-
pág. 63
tas bandas, pertrechadas secretamente con armas de matones, se pusieron en
orden de marcha, maltrataron y desarmaron a las patrullas y a los puestos de
la Guardia Nacional que encontraban a su paso y, al desembocar desde la rue de
la Paix en la plaza Vendôme, a los gritos de "¡Abajo el Comité Central! ¡Abajo
los asesinos! ¡Viva la Asamblea Nacional!", intentaron romper el cordón de
puestos de guardia y tomar por sorpresa el cuartel general de la Guardia
Nacional. Como contestación a sus tiros de pistola, fueron dadas
las sommationes regulares (equivalente francés del Riot Act
inglés)[69]
y, como resultasen inútiles, el general de la Guardia Nacional[*]
dio la orden de fuego. Bastó una descarga para poner en fuga precipitada a
aquellos estúpidos mequetrefes que esperaban que la simple exhibición de su
"respetabilidad" ejercería sobre la Revolución de París el mismo efecto que
los trompetazos de Josué sobre las murallas de Jericó. Al huir, dejaron tras
ellos dos guardias nacionales muertos, nueve gravemente heridos (entre ellos
un miembro del Comité Central**) y todo el escenario de su hazaña sembrado de
revólveres, puñales y bastones de estoque, como evidencias del carácter
"inerme" de su manifestación "pacífica". Cuando el 13 de junio de 1849, la
Guardia Nacional de París organizó una manifestación realmente pacífica para
protestar contra el traidor asalto de Roma por las tropas francesas,
Changarnier, a la sazón general del Partido del Orden fue aclamado por la
Asamblea Nacional, y señaladamente por el señor Thiers, como salvador de la
sociedad por haber lanzado a sus tropas desde los cuatro costados contra
aquellos hombres inermes, por haberlos derribado a tiros y a sablazos y pot
haberlos
pág. 64
pisoteado con sus caballos. Se decretó entonces en París el estado de
sitio. Dufaure hizo que la Asamblea aprobase a toda prisa nuevas leyes de
represión. Nuevas detenciones, nuevos destierros; comenzó una nueva era de
terror. Pero las clases inferiores hacen esto de otro modo. El Comité Central
de 1871 no se ocupó de los héroes de la "manifestación pacífica"; y así, dos
días después, podían ya pasar revista ante el almirante Saisset para aquella
otra manifestación, ya armada, que terminó con la famosa huida a
Versalles. En su repugnancia a aceptar la guerra civil iniciada por el asalto
nocturno que Thiers realizó contra Montmartre, el Comité Central se hizo
responsable esta vez de un error decisivo: no marchar inmediatamente sobre
Versalles, entonces completamente indefenso, para acabar con los manejos
conspirativos de Thiers y de sus "rurales". En vez de hacer esto, volvió a
permitirse que el Partido del Orden probase sus fuerzas en las urnas el 26 de
marzo, día en que se celebraron las elecciones a la Comuna. Aquel día, en las
mairies de París, ellos cruzaron blandas palabras de conciliación con
sus demasiado generosos vencedores, mientras en su fuero interior hacían el
voto solemne de exterminarlos en el momento oportuno.
Veamos ahora el reverso de la medalla. Thiers abrió su
segunda campaña contra París a comienzos de abril. La primera remesa de
prisioneros parisinos conducidos a Versalles hubo de sufrir indignantes
crueldades, mientras Ernesto Picard, con las manos metidas en los bolsillos
del pantalón, se paseaba por delante de ellos escarneciéndolos, y Mesdames
Thiers y Favre, en medio de sus damas de honor (?), aplaudían desde los
balcones los ultrajes al populacho versallés. Los soldados de los regimientos
de línea hechos prisioneros fueron asesinados a sangre fría; nuestro valiente
amigo el general Duval, el fundidor, fue fusilado sin la menor aparien-
pág. 65
cia de proceso. Gallifet, ese chulo de su propia mujer, que se hizo tan
famosa por las desvergonzadas exhibiciones que hacía de su cuerpo en las
orgías del Segundo Imperio, se jactaba en una proclama de haber mandado
asesinar a un puñado de guardias nacionales con su capitán y su teniente, que
habían sido sorprendidos y desarmados por sus cazadores. Vinoy, el fugitivo,
fue premiado por Thiers con la Gran Cruz de la Legión de Honor por su orden de
fusilar a todos los soldados de línea cogidos en las filas de los federales.
Desmarets, el gendarme, fue condecorado por haber descuartizado a traición,
como un carnicero, al magnánimo y caballeroso Flourens, que el 31
de octubre de 1870 había salvado las cabezas de los miembros del Gobierno de
Defensa.[70]
Thiers, con manifiesta satisfacción, se extendió en la Asamblea Nacional sobre
los "alentadores detalles" de este asesinato. Con la inflada vanidad de un
pulgarcito parlamentario a quien se permite representar el papel de un
Tamerlán, negaba a los que se rebelaban contra su poquedad todo derecho de
beligerantes civilizados, hasta el derecho de la neutralidad para sus
hospitales de sangre. Nada más horrible que este mono, ya
presentido por Voltaire,[71]
a quien le fue permitido durante algún tiempo dar rienda suelta a sus
instintos de tigre.
Después del decreto emitido por la Comuna el 7 de abril,
ordenando represalias y declarando que tal era su deber "para proteger a París
contra las hazañas canibalescas de los bandidos de Versalles,
exigiendo ojo-por ojo y diente por diente"[72],
Thiers siguió dando a los prisioneros el mismo trato salvaje, e insultándolos
además en sus boletines del modo siguiente: "Jamás la mirada angustiada de
hombres honrados ha tenido que posarse sobre semblantes tan degradados de una
degradada democracia". Los hombres honrados eran Thiers y sus
ticket-of-leave men como ministros. No obstan-
pág. 66
te, los fusilamientos de prisioneros cesaron por algún tiempo. Pero, tan
pronto como Thiers y sus generales decembristas se convencieron de que aquel
decreto de la Comuna sobre las represalias no era más que una amenaza inocua,
de que se respetaba la vida hasta a sus gendarmes espías detenidos en París
con el disfraz de guardias nacionales, y hasta a los sergents de ville
cogidos con granadas incendiarias, entonces los fusilamientos en masa de
prisioneros se reanudaron y prosiguieron sin interrupción hasta el final. Las
casas en que se habían refugiado guardias nacionales eran rodeadas por
gendarmes, rociadas con petróleo (lo que ocurre por primera vez en esta
guerra) y luego incendiadas; los cuerpos carbonizados eran sacados en la
ambulancia de la Prensa de Les Ternes. Cuatro guardias nacionales que se
rindieron a un destacamento de cazadores montados, el 25 de abril, en Belle
Epine, fueron fusilados, uno tras otro, por un capitán, digno discípulo de
Gallifet. Scheffer, una de estas cuatro victimas, a quien se había dejado por
creérsele muerto, llegó arrastrándose hasta las avanzadillas de París y relató
este hecho ante una comisión de la Comuna. Cuando Tolain interpeló al ministro
de la Guerra acerca del informe de esta comisión, los "rurales" ahogaron su
voz y no permitieron que Le Flô contestara. Habría sido un insulto para su
"glorioso" ejército hablar de sus hazañas. El tono impertinente con que los
boletines de Thiers anunciaron la matanza a bayonetazos de los guardias
nacionales sorprendidos durmiendo en Moulin Saquet y los fusilamientos en masa
en Clamart alteraron los nervios hasta del Times de Londres, que no ha
sido precisamente muy supersensible. Pero sería ridículo, hoy, empeñarse en
enumerar las simples atrocidades preliminares perpetradas por los que
bombardearon a París y fomentaron una rebelión esclavista protegida por la
invasión extranjera. En medio de todos
pág. 67
estos horrores, Thiers, olvidándose de sus lamentaciones parlamentarias
sobre la espantosa responsabilidad que pesa sobre sus hombros de enano, se
jacta en sus boletines de que L'Assemblée siège paisiblement, (la
Asamblea delibera plácidamente), y con sus jolgorios inacabables, unas veces
con los generales decembristas y otras con los príncipes alemanes, prueba que
su digestión no se ha alterado en lo más mínimo, ni siquiera por los espectros
de Lecomte y Clément Thomas.
En la alborada del 18 de marzo de 1871, París despertó entre
un clamor de gritos de "Vive la Commune!" ¿Qué es la Comuna, esa esfipge que
tanto atormenta los espíritus burgueses?
"Los proletarios de París -- decía el Comité Central en su
manifiesto del 18 de marzo --, en medio de los fracasos y las traiciones de
las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar
la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos . . .
Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho
indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos, tomando el Poder."[73]
Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la
máquina del Estado tal como está, y a servirse de ella para sus propios fines.
El Poder estatal centralizado, con sus órganos omnipresentes:
el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura
-- órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica
del trabajo --, procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la
naciente socie-
pág. 68
dad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo. Sin
embargo, su desarrollo se veía entorpecido por toda la basura medioeval:
derechos señoriales, privilegios locales, monopolios municipales y gremiales,
códigos provinciales. La escoba gigantesca de la Revolución Francesa del siglo
XVIII barrió todas estas reliquias de tiempos pasados, limpiando así, al mismo
tiempo, el suelo de la sociedad de los últimos obstáculos que se alzaban ante
la superestructura del edificio del Estado moderno, erigido en tiempos del
Primer Imperio, que, a su vez, era el fruto de las guerras de
coalición[74]
de la vieja Europa semifeudal contra la Francia moderna. Durante los
regímenes siguientes, el Gobierno, colocado bajo el control del
parlamento -- es decir, bajo el control directo de las clases poseedoras --,
no sólo se convirtió en un vivero de enormes deudas nacionales y de impuestos
agobiadores, sino que, con la seducción irresistible de sus cargos, prebendas
y empleos, acabó siendo la manzana de la discordia entre las fracciones
rivales y los aventureros de las clases dominantes; por otra parte, su
carácter político cambiaba simultáneamente con los cambios económicos operados
en la sociedad. Al paso que los progresos de la moderna industria
desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el
capital y el trabajo, el Poder estatal fue adquiriendo cada vez más el
carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública
organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase*.
Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases,
se acusa con rasgos cada vez más destaca-
pág. 69
dos el carácter puramente represivo del Poder del Estado. La Revolución de
1830, al dar como resultado el paso del Gobierno de manos de los
terratenientes a manos de los capitalistas, lo que hizo fue transferirlo de
los enemigos más remotos a los enemigos más directos de la clase obrera. Los
republicanos burgueses, que se adueñaron del Poder del Estado en nombre de la
Revolución de Febrero, lo usaron para provocar las matanzas de Junio, para
probar a la clase obrera que la República "social" era la República que
aseguraba su sumisión social y para convencer a la masa monárquica de los
burgueses y terratenientes de que podían dejar sin peligro los cuidados y los
gajes del gobierno a los "republicanos" burgueses. Sin embargo, después de su
única hazaña heroica de Junio, no les quedó a los republicanos burgueses otra
cosa que pasar de la cabeza a la cola del Partido del Orden, coalición formada
por todas las fracciones y fracciones rivales de la clase apropiadora, en su
antagonismo, ahora abiertamente declarado, contra las clases productoras. La
forma más adecuada para este gobierno de capital asociado era la República
Parlamentaria, con Luis Bonaparte como presidente. Fue éste un
régime de franco terrorismo de clase y de insulto deliberado contra la
vile multitude [vil muchedumbre]. Si la República Parlamentaria, como
decía el señor Thiers, era "la que menos los dividía" (a las diversas
fracciones de la clase dominante), en cambio abría un abismo entre esta clase
y el conjunto de la sociedad situado fuera de sus escasas filas. Su unión
venía a eliminar las restricciones que sus discordias imponían al Poder del
Estado bajo régimes anteriores, y, ante el amenazante alzamiento del
proletariado, se sirvieron del Poder estatal, sin piedad y con ostentación,
como de una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo. Pero
esta cruzada ininterrumpida contra las masas
pág. 70
productoras les obligaba, no sólo a revestir al Poder Ejecutivo de
facultades de represión cada vez mayores, sino, al mismo tiempo, a despojar a
su propio baluarte parlamentario -- la Asamblea Nacional --, de todos sus
medios de defensa contra el Poder Ejecutivo, uno por uno, hasta que éste, en
la persona de Luis Bonaparte, les dio un puntapié. El fruto natural de la
República del Partido del Orden fue el Segundo Imperio.
El Imperio, con el coup d'Etat por fe de bautismo, el
sufragio universal por sanción y la espada por cetro, declaraba apoyarse en
los campesinos, amplia masa de productores no envuelta directamente en la
lucha entre el capital y el trabajo. Decía que salvaba a la clase obrera
destruyendo el parlamentarismo y, con él, la descarada sumisión del Gobierno a
las clases poseedoras. Decía que salvaba a las clases poseedoras manteniendo
en pie su supremacía económica sobre la clase obrera, y, finalmente, pretendía
unir a todas las clases, al resucitar para todos la quimera de la gloria
nacional. En realidad, era la única forma de gobierno posible, en un momento
en que la burguesía había perdido ya la facultad de gobernar la nación y la
clase obrera no la había adquirido aún. El Imperio fue aclamado de un extremo
a otro del mundo como el salvador de la sociedad. Bajo su égida, la sociedad
burguesa, libre de preocupaciones políticas, alcanzó un desarrollo que ni ella
misma esperaba. Su industria y su comercio cobraron proporciones gigantescas;
la especulación financiera celebró orgías cosmopolitas; la miseria de las
masas contrastaba con la ostentación desvergonzada de un lujo suntuoso, falso
y envilecido. El Poder del Estado, que aparentemente flotaba por encima de la
sociedad, era, en realidad, el mayor escándalo de ella y el auténtico vivero
de todas sus corrupciones. Su podredumbre y la podredumbre de la sociedad a la
que había salvado, fueron puestas al desnudo
pág. 71
por la bayoneta de Prusia, que ardía a su vez en deseos de trasladar la
sede suprema de este régime de París a Berlín. El imperialismo es la
forma más prostituida y al mismo tiempo la forma última de aquel Poder estatal
que la sociedad burguesa naciente había comenzado a crear como medio para
emanciparse del feudalismo y que la sociedad burguesa adulta acabó
transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital.
La antítesis directa del Imperio era la Comuna. El grito de
"República social", con que la Revolución de Febrero fue anunciada por el
proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una República
que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino
con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta
República.
París, sede central del viejo Poder gubernamental y, al mismo
tiempo, baluarte social de la clase obrera de Francia, se había levantado en
armas contra el intento de Thiers y los "rurales" de restaurar y perpetuar
aquel viejo Poder que les había sido legado por el Imperio. Y si París pudo
resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había deshecho
del ejército, substituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal
contingente lo formaban los obreros. Ahora se trata de convertir este hecho en
una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue para
suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.
La Comuna estaba formada por los consejeros municipales
elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran
responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran,
naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. La
Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de
pág. 72
trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En vez de continuar
siendo un instrumento del Gobierno central, la policía fue despojada
inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la
Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo
con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los
miembros de la Comuna para abajo, todos los servidores públicos debían
devengar salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de
representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los
altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada
de los testaferros del Gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no
solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa ejercida hasta
entonces por el Estado.
Una vez suprimidos el ejército permanente y la policía, que
eran los elementos de la fuerza física del antiguo Gobierno, la Comuna tomó
medidas inmediatamente para destruir la fuerza espiritual de represión, el
"poder de los curas", decretando la separación de la Iglesia y el Estado y la
expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras. Los curas
fueron devueltos al retiro de la vida privada, a vivir de las limosnas de los
fieles, como sus antecesores, los apóstoles. Todas las instituciones de
enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo
emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado. Así, no sólo se
ponía la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se redimía
de las trabas a que la tenían sujeta los prejuicios de clase y el poder del
Gobierno.
Los funcionarios judiciales debían perder aquella fingida
independencia que sólo había servido para disfrazar su abyecta sumisión a los
sucesivos gobiernos, ante los cuales iban
pág. 73
prestando y violando, sucesivamente, el juramento de fidelidad. Igual que
los demás funcionarios públicos, los magistrados y los jueces habían de ser
funcionarios electivos, responsables y revocables.
Como es lógico, la Comuna de París había de servir de modelo
a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en
París y en los centros secundarios el régime comunal, el antiguo
Gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias a la
autoadministración de los productores. En el breve esbozo de organización
nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar, se dice claramente que
la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más
pequeña del país y que en los distritos rurales el ejercito permanente habría
de ser reemplazado por una milicia popular, con un período de servicio
extraordinariamente corto. Las comunas rurales de cada distrito administrarían
sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital
del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados
a la Asamblea Nacional de Delegados de París, entendiéndose que todos los
delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el
mandat impératif (instrucciones formales) de sus electores. Las pocas,
pero importantes funciones que aún quedarían para un gobierno central, no se
suprimirían, como se ha dicho, falseando intencionadamente la verdad, sino que
serían desempeñadas por agentes comunales que, gracias a esta condición,
serían estrictamente responsables. No se trataba de destruir la unidad de la
nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal,
convirtiéndola en una realidad al destruir el Poder del Estado, que pretendía
ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la
nación misma,
pág. 74
de la cual no era más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los
órganos puramente represivos del viejo Poder estatal habían de ser amputados,
sus funciones legitimas serían arrancadas a una autoridad que usurpaba una
posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirlas a los
servidores responsables de esta sociedad. En vez de decidir una vez cada tres
o seis años qué miembros de la clase dominante habían de "representar" al
pueblo en el parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo
organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que
buscan obreros y administradores para sus negocios. Y es bien sabido que lo
mismo las compañias que los particulares, cuando se trata de negocios saben
generalmente colocar a cada hombre en el puesto que le corresponde y, si
alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza. Por otra parte, nada podía ser más ajeno al espiritu de la Comuna que sustituir el
sufragio universal por una investidura jerárquica[75].
Generalmente, las creaciones históricas por completo nuevas
están destinadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas e
incluso difuntas de la vida social, con las cuales pueden presentar cierta
semejanza. Así, esta nueva Comuna, que quiebra el Poder estatal moderno, ha
sido confundida con una reproducción de las comunas medievales, que, habiendo
precedido a ese Estado, le sirvieron luego de base. Al régimen comunal se le
ha tomado erróneamente por un intento de fraccionar, como lo
soñaban Montesquieu y los girondinos[76],
esa unidad de las grandes naciones en una federación de pequeños Estados,
unidad que, aunque instaurada en sus origenes por la violencia política, se ha
convertido hoy en un poderoso factor de la producción social. El antagonismo
entre la Comuna y el Poder estatal se ha presentado equivocadamente como una
forma exagerada de la vieja lucha
pág. 75
contra el excesivo centralismo. Circunstancias histórícas pe culiares
pueden en otros países haber impedido el desarrollo clásico de la forma
burguesa de gobierno, tal como se dio en Francia, y haber permitido, como en
Inglaterra, completar en las ciudades los grandes órganos centrales del Estado
con asambleas parroquiales [vestries ] corrompidas, concejales
concusionarios y feroces administradores de la beneficencia, y, en el campo,
con jueces virtualmente hereditarios. El régimen comunal habría devuelto al
organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía absorbiendo el
Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre
movimiento Con este solo hecho habría iniciado la regeneración de Francia. La
burguesía de las ciudades de la provincia francesa veía en la Comuna un
intento de restaurar el predominio que ella había ejercido sobre el campo bajo
Luis Felipe y que, bajo Luis Napoleón, había sido suplantado por el supuesto
predominio del campo sobre la ciudad. En realidad, el régimen comunal colocaba
a los productores del campo bajo la dirección intelectual de las cabeceras de
sus distritos, of reciéndoles aquí, en las personas de los obreros, a los
representantes naturales de sus intereses. La sola existencia de la Comuna
implicaba, evidentemente, la autonomia municipal, pero ya no como contrapeso a
un Poder estatal que ahora era superfluo. Sólo en la cabeza de un Bismarck,
que, cuando no está metido en sus intrigas de sangre y hierro, gusta de volver
a su antigua ocupación, que tan bien cuadra a su calibre mental,
de colaborador del Kladderadatsch (el Punch de Berlín)[77],
sólo en una cabeza como ésa podía caber el achacar a la Comuna de París la
aspiración de reproducir aquella caricatura de la organización municipal
francesa de 1791 que es la organización municipal de Prusia, donde la
administración de las ciudades queda rebajada al papel de simple rueda
pág. 76
secundaria de la maquinaria policíaca del Estado prusiano. Ese tópico de
todas las revoluciones burguesas, "un gobierno barato", la Comuna lo convirtió
en realidad al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército
permanente[*]
y la burocracia del Estado. Su sola existencia presuponía la no existencia de
la monarquía que, en Europa al menos, es el lastre normal y el disfraz
indispensable de la dominación de clase La Comuna dotó a la República de una
base de instituciones realmente democráticas. Pero, ni el gobierno barato, ni
la "verdadera República" constituían su meta final, no eran más que fenómenos
concomitantes.
La variedad de interpretaciones a que ha sido sometida la
Comuna y la variedad de intereses que la han interpretado a su favor,
demuestran que era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de
las formas anteriores de gobierno que habían sido todas fundamentalmente
represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un
gobierno de la clase obrera**, fruto de la lucha de la clase productora contra
la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía
realizar la emancipación económica del trabajo.
Sin esta última condición, el régimen comunal habría sido una
imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es
incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna
había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los
que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de
clase. Emancipado el trabajo, cada hombre
pág. 77
se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser el atributo
de una clase.
Es un hecho extraño. A pesar de todo lo que se ha hablado y
escrito con tanta profusión durante los últimos sesenta años acerca de la
emancipación del trabajo, apenas en algún sitio los obreros toman
resueltamente la cosa en sus manos, vuelve a resonar de pronto toda la
fraseología apologética de los portavoces de la sociedad actual, con sus dos
polos de capital y esclavitud asalariada (hoy, el propietario de tierras no es
más que el socio sumiso del capitalista), como si la sociedad capitalista se
hallase todavía en su estado más puro de inocencia virginal, con sus
antagonismos todavía en germen, con sus engaños todavía encubiertos, con sus
prostituidas realidades todavía sin desnudar. ¡La Comuna, exclaman, pretende
abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la Comuna
pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en
la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los
expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad,
transformando los medios de producción -- la tierra y el capital -- que hoy
son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en
simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo,
el "irrealizable" comunismo! Sin embargo, los individuos de las clases
dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la
imposibilidad de que el actual sistema continúe -- y no son pocos -- se han
erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa.
Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura
y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades
cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un
plan común, tomándola bajo su con-
pág. 78
trol y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones
periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será
eso entonces, caballeros, sino comunismo, comunismo "realizable"?
La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los
obreros no tienen ninguna utopía lista para implantar par decret du
peuple [por decreto del pueblo]. Saben que para conseguir su propia
emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende
irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico,
tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos
históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres. Ellos no
tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente liberar los elementos
de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su
seno. Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resulta a
obrar con arreglo a ella, la clase obrera puede mofarse de las burdas
invectivas de los lacayos de la pluma y de la protección profesoral de los
doctrinarios burgueses bien intencionados, que vierten sus perogrulladas de
ignorantes y sus sectarias fantasías con un tono sibilino de infalibilidad
científica.
Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la
dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, simples
obreros se atrevieron a violar el privilegio gubernamental de sus "superiores
naturales"* y, en circunstancias de una dificultad sin precedentes, realizaron
su labor de un modo modesto, concienzudo y eficaz, con sueldos el mas alto de
los cuales apenas representaba una quinta parte
pág. 79
de la suma que según una alta autoridad científica[*]
es el sueldo mínimo del secretario de un consejo de instrucción pública de
Londres, el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el
espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando
sobre el Hôtel de Ville.
Y, sin embargo, fue ésta la primera revolución en que la
clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de
iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina --
tenderos, artesanos, comerciantes --, con la sola excepción de los
capitalistas ricos. La Comuna los salvó, mediante una sagaz
solución de la constante fuente de discordias dentro de la misma clase media:
el conflicto entre acreedores y deudores.[78]
Estos mismos elementos de la clase media, después de haber colaborado en el
aplastamiento de la Insurrección Obrera de Junio de 1848, habían
sido sacrificados sin miramiento a sus acreedores por la Asamblea
Constituyente de entonces[79].
Pero no fue éste el único motivo que les llevó a apretar sus filas en torno a
la clase obrera. Sentían que había que escoger entre la Comuna y el Imperio,
cualquiera que fuese el rótulo bajo el que éste resucitase. El Imperio los
había arruinado económicamente con su dilapidación de la riqueza pública, con
las grandes estafas financieras que fomentó y con el apoyo prestado a la
concentración artificialmente acelerada del capital, que suponía la
expropiación de muchos de sus componentes. Los había oprimido politicamente, y
los había irritado moralmente con sus orgias; había herido su
volterianismo al confiar la educación de sus hijos a los frères ignorantins
[80],
y había sublevado su sentimiento na cional de franceses al lanzarlos
precipitadamente a una guerra
pág. 80
que sólo ofreció una compensación para todos los desastres que había
causado: la caida del Imperio. En efecto, tan pronto huyó de París la alta
bohème bonapartista y capitalista, el auténtico Partido del
Orden de la clase media surgió bajo la forma de "Unión Republicana"[81],
se colocó bajo la bandera de la Comuna y se puso a defenderla contra las
malévolas desfiguraciones de Thiers. El tiempo dirá si la gratitud de esta
gran masa de la clase media va a resistir las duras pruebas de estos momentos.
La Comuna tenía toda la razón cuando decía a los campesinos:
"Nuestro triunfo es vuestra única esperanza".[82]
De todas las mentiras incubadas en Versalles y difundidas por los ilustres
mercenarios de la prensa europea, una de las más tremendas era la de que los
"rurales" representaban al campesinado francés. ¡Figuraos el amor que
sentirían los campesinos de Francia por los hombres a quienes
después de 1815 se les obligó a pagar mil millones de indemnización![83]
A los ojos del campesino francés, la sola existencia de grandes propietarios
de tierras es ya una usurpación de sus conquistas de 1789. En 1848, la
burguesia gravó su parcela de tierra con el impuesto adicional de 45 céntimos
por franco, pero entonces lo hizo en nombre de la revolución; ahora, en
cambio, fomentaba una guerra civil en contra de la revolución, para echar
sobre las espaldas de los campesinos la carga principal de los cinco mil
millones de indemnización que había que pagar a los prusianos. La Comuna por
el contrario, declaraba en una de sus primeras proclamas que las costas de la
guerra tenían que ser pagadas por los verdaderos causantes de ella. La Comuna
habría redimido al campesino de la contribución de sangre, le habría dado un
gobierno barato, habria convertido a los que hoy son sus valnpiros -- el
notario, el abogado, el agente ejecutivo y otros chupasangre de juzgados en
empleados co-
pág. 81
munales asalariados, elegidos por él y responsables ante él mismo. Le
habría librado de la tirania del alguacil rural, el gendarme y el prefecto; la
ilustración en manos del maestro de escuela habría ocupado el lugar del
embrutecimiento por parte del cura. Y el campesino francés es, ante todo y
sobre todo, un hombre calculador. Le habría parecido extremadamente razonable
que la paga del cura, en vez de serle arrancada a él por el recaudador de
contribuciones, dependiese de la espontánea manifestación de los sentimientos
religiosos de los feligreses. Tales eran los grandes beneficios que el régimen
de la Comuna -- y sólo él -- brindaba como cosa inmediata a los campesinos
franceses. Huelga, por tanto, detenerse a examinar los problemas más
complicados, pero vitales, que sólo la Comuna era capaz de resolver -- y que
al mismo tiempo estaba obligada a resolver --, en favor de los campesinos, a
saber: la deuda hipotecaria, que pesaba como una pesadilla sobre su parcela;
el prolétariat foncier (el proletariado rural), que crecia
constantemente, y el proceso de su expropiación de dicha parcela, proceso cada
vez más acelerado en virtud del desarrollo de la agricultura moderna y la
competencia de la producción agrícola capitalista.
El campesino francés había elegido a Luis Bonaparte
presidente de la República, pero fue el Partido del Orden el que creó el
Segundo Imperio. Lo que el campesino francés quiere realmente, comenzó a
demostrarlo él mismo en 1849 y 1850, al oponer su maire al prefecto del
gobierno, su maestro de escuela al cura del gobierno y su propia persona al
gendarme del gobierno. Todas las leyes promulgadas por el Partido
del Orden en enero y febrero de 1850[84]
fueron medidas descaradas de represión contra el campesino. El campesino era
bonapartista porque la gran revolución, con todos los beneficios que le había
conquistado, se personificaba para él en Napoleón
pág. 82
Pero esta ilusión, que se esfumó rápidamente bajo el Segundo Imperio (y que
era, por naturaleza, contraria a los "rurales"), este prejuicio del pasado,
¿cómo hubiera podido hacer frente a la apelación de la Comuna a los intereses
vitales y necesidades más apremiantes de los campesinos?
Los "rurales" -- tal era, en realidad, su principal temor --
sabían que tres meses de libre contacto del París de la Comuna con las
provincias bastarían para desencadenar una sublevación general de campesinos,
y de ahí su prisa por establecer el bloqueo policíaco de París para impedir
que la epidemia se propagase.
La Comuna era, pues, la verdadera representación de todos los
elementos sanos de la sociedad francesa, y por consiguiente, el auténtico
gobierno nacional Pero, al mismo tiempo, como gobierno obrero y como campeón
intrépido de la emancipación del trabajo, era un gobierno internacional en el
pleno sentido de la palabra. A los ojos del ejército prusiano, que había
anexado a Alemania dos provincias francesas, la Comuna anexaba a Francia los
obreros del mundo entero.
El Segundo Imperio había sido el jubileo de la estafa
cosmopolita, los estafadores de todos los países habían acudido corriendo a su
llamada para participar en sus orgías y en el saqueo del pueblo francés. Y
todavía hoy la mano derecha de Thiers es Ganesco, el crápula valaco, y su mano
izquierda Markovski, el espía ruso. La Comuna concedió a todos los extranjeros
el honor de morir por una causa inmortal. Entre la guerra exterior, perdida
por su traición, y la guerra civil, fomentada pot su conspiración con el
invasor extranjero, la burguesía encontraba tiempo para dar pruebas de
patriotismo, organizando batidas policíacas contra los alemanes residentes en
Francia. La Comuna nombró a un obrero alemán* su
pág. 83
ministro del Trabajo. Thiers, la burguesía, el Segundo Imperio, habían
engañado constantemente a Polonia con ostentosas manifestaciones de simpatía,
mientras en realidad la traicionaban por los intereses de Rusia, a la que
prestaban los más sucios servicios. La Comuna honró a los heroicos hijos de
Polonia[*],
colocándolos a la cabeza de los defensores de París. Y, para marcar
nítidamente la nueva era histórica que conscientemente inauguraba, la Comuna,
ante los ojos de los vencedores prusianos, de una parte, y del ejército
bonapartista mandado por generales bonapartistas de otra, echó
abajo aquel símbolo gigantesco de la gloria guerrera que era la Columna de
Vendôme[85].
La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia,
su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de
conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo. Entre ellas se cuentan la
abolición del trabajo nocturno para los obreros panaderos, y la prohibición,
bajo penas, de la práctica corriente entre los patronos de mermar los salarios
imponiendo a sus obreros multas bajo los más diversos pretextos, proceso éste
en el que el patrono se adjudica las funciones de legislador, juez y agente
ejecutivo, y, además, se embolsa el dinero. Otra medida de este género fue la
entrega a las asociaciones obreras, bajo reserva de indemnización, de todos
los talleres y fábricas cerrados, lo mismo si sus respectivos patronos habían
huído que si habían optado por parar el trabajo.
Las medidas financieras de la Comuna, notables por su
sagacidad y moderación, hubieron de limitarse necesariamente a lo que era
compatible con la situación de una ciudad sitiada. Teniendo en cuenta el
latrocinio gigantesco desencadenado
pág. 84
sobre la ciudad de París por las grandes empresas financieras y los
contratistas de obras bajo la tutela de Haussmann[*],
la Comuna habría tenido títulos incomparablemente mejores para confiscar sus
bienes que los que Luis Napoleón había tenido para confiscar los de la familia
de Orleans. Los Hohenzollern y los oligarcas ingleses, una buena parte de
cuyos bienes provenían del saqueo de la Iglesia, pusieron naturalmente el
grito en el cielo cuando la Comuna sacó de la secularización 8.000 míseros
francos.
Mientras el Gobierno de Versalles, apenas recobró un poco de
ánimo y de fuerzas, empleaba contra la Comuna las medidas más violentas;
mientras ahogaba la libre expresión del pensamiento en toda Francia, hasta el
punto de prohibir las asambleas de delegados de las grandes ciudades; mientras
sometía a Versalles y al resto de Francia a un espionaje que dejaba chiquito
al del Segundo Imperio; mientras quemaba, por medio de sus
inquisidores-gendarmes, todos los periódicos publicados en París y violaba
toda la correspondencia que procedía de la capital o iba dirigida a ella;
mientras en la Asamblea Nacional, los más tímidos intentos de aventurar una
palabra en favor de París eran ahogados con unos aullidos a los que no había
llegado ni la Chambre introuvable de 1816; con la guerra salvaje de los
versalleses fuera de París y sus tentativas de corrupción y conspiración por
dentro, ¿podía la Comuna, sin traicionar ignominiosamente su causa, guardar
todas las formas y apariencias de liberalismo, como si gober-
pág. 85
nase en tiempos de serena paz? Si el Gobierno de la Comuna hubiera tenido
la misma naturaleza que el de Thiers, no habría habido más motivo para
suprimir en París los periódicos del Partido del Orden que para suprimir en
Versalles los periódicos de la Comuna.
Era verdaderamente indignante para los "rurales" que, en el
mismo momento en que ellos preconizaban como único medio de salvar a Francia
la vuelta al seno de la Iglesia, la pagana Comuna descubriera los
misterios del convento de monjas de Picpus y de la iglesia de Saint
Laurent[86].
Y era una burla para el señor Thiers que, mientras él hacía llover grandes
cruces sobre los generales bonapartistas, para premiar su
maestria en el arte de perder batallas, firmar capitulaciones y liar
cigarrillos en Wilhelmshöhe[10],
la Comuna destituyera y arrestara a sus generales a la menor sospecha de
negligencia en el cumplimiento del deber. La expulsión de su seno y la
detención por la Comuna de uno de sus miembros*, que se había deslizado en
ella bajo nombre supuesto y que en Lyon había sufrido un arresto de seis dias
por simple quiebra, ¿no era un deliberado insulto para el falsificador Jules
Favre, todavía a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de Francia, y que
seguía vendiendo su país a Bismarck y dictando órdenes a aquel incomparable
Gobierno de Bélgica? La verdad es que la Comuna no presumia de infalibilidad,
don que se atribuían sin excepción todos los gobiernos de viejo cuño.
Publicaba sus acciones y sus palabras y daba a conocer al público todas sus
imperfecciones.
En todas las revoluciones, al lado de sus verdaderos
representantes, figuran hombres de otra naturaleza. Algunos de ellos,
supervivientes y devotos de revoluciones pasadas, sin
pág. 86
visión del movimiento actual, pero dueños todavía de su influencia sobre el
pueblo, por su reconocida honradez y valentía, o simplemente por la fuerza de
la tradición; otros, simples charlatanes que, a fuerza de repetir año tras año
las mismas declamaciones estereotipadas contra el gobierno del día, se han
robado una reputación de revolucionarios de pura cepa. Después del 18 de marzo
salieron también a la superficie hombres de éstos, y en algunos casos lograron
desempeñar papeles preeminentes. En la medida en que su poder se lo permitió,
entorpecieron la verdadera acción de la clase obrera, lo mismo que otros de su
especie entorpecieron el desarrollo completo de todas las revoluciones
anteriores. Estos elementos constituyen un mal inevitable; con el tiempo se
les quita de en medio; pero a la Comuna no le fue dado disponer de tiempo.
Maravilloso en verdad fue el cambio operado por la Comuna en
París. De aquel París prostituido del Segundo Imperio no quedaba
ni rastro. París ya no era el lugar de cita de terratenientes ingleses,
absentistas irlandeses,[87]
ex esclavistas y rastacueros norteamericanos, ex propietarios rusos de siervos
y boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en la morgue, ni asaltos
nocturnos, y apenas uno que otro robo; por primera vez desde los días de
febrero de 1848, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que
no había policía de ninguna clase. "Ya no se oye hablar -- decía un miembro de
la Comuna -- de asesinatos, robos y atracos; diríase que la policía se ha
llevado consigo a Versalles a todos sus amigos conservadores". Las
cocottes [damiselas] habían reencontrado el rastro de sus protectores,
fugitivos hombres de la familia, de la religión y, sobre todo, de la
propiedad. En su lugar, volvían a salir a la superficie las auténticas mujeres
de París, heroicas, nobles y abnegadas como las mujeres de la
pág. 87
antigüedad. París trabajaba y pensaba, luchaba y daba su sangre; radiante
en el entusiasmo de su iniciativa histórica, dedicado a forjar una sociedad
nueva, casi se olvidaba de los caníbales que tenía a las puertas.
Frente a este mundo nuevo de París, se alzaba el mundo viejo
de Versallesi aquella asamblea de legitimistas y orleanistas, vampiros de
todos los régimes difuntos, ávidos de nutrirse del cadáver de la
nación, con su cola de republicanos antediluvianos, que sancionaban con su
presencia en la Asamblea el motín de los esclavistas, confiando el
mantenimiento de su República Parlamentaria a la vanidad del senil
saltimbanqui que la presidía y caricaturizando la revolución de 1789 con la
celebración de sus reuniones de espectros en el Jeu de Paume [*]
Así era esta Asamblea, representación de todo lo muerto de Francia, sólo
mantenida en una apariencia de vida por los sables de los generales de Luis
Bonaparte. París, todo verdad, y Versalles, todo mentira, una mentira que
salía de los labios de Thiers.
"Les doy a ustedes mi palabra, a la que jamás he
faltado", dice Thiers a una comisión de alcaldes del departamento de
Seine-et-Oise. A la Asamblea Nacional le dice que "es la Asamblea más
libremente elegida y más liberal que en Francia ha existido"; dice a su
abigarrada soldadesca, que es "la admiración del mundo y el mejor ejército que
jamás ha tenido Francia"; dice a las provincias que el bombardeo de París
llevado a cabo por él es un mito: "Si se han disparado-algunos cañonazos, no
ha sido por el ejército de Versalles, sino por algunos insurrectos empeñados
en hacernos creer que luchan, cuando en realidad no se atreven a asomar sus
caras". Poco
pág. 90
después, dice a las provincias que "la artillería de Versalles no bombardea
a París, sino que simplemente lo cañonea". Dice al arzobispo de París que las
pretendidas ejecuciones y represalias (!) atribuidas a las tropas de Versalles
son puras invenciones. Dice a París que sólo ansía "liberarlo de los horribles
tiranos que lo oprimen" y que el París de la Comuna no es, en realidad, "más
que un puñado de criminales".
El París del señor Thiers no era el verdadero París de la
"vil muchedumbre", sino un París fantasma, el París de los francs-fileurs
[88],
el París masculino y femenino de los bulevares, el París rico, capitalista; el
París dorado, el París ocioso, que ahora corría en tropel a Versalles, a
Saint-Denis, a Rueil y a Saint-Germain, con sus lacayos, sus estafadores, su
bohème literaria y sus cocottes. El París para el que la guerra
civil no era más que un agradable pasatiempo, el que veia las batallas por un
anteojo de larga vista, el que contaba los estampidos de los cañonazos y
juraba por su honor y el de sus prostitutas que aquella función era mucho
mejor que las que representaban en Porte Saint Martin. Allí, los que caían
eran muertos de verdad, los gritos de los heridos eran de verdad también, y
además, ¡todo era tan intensamente histórico!
Este es el París del señor Thiers, como el mundo de los
emigrados de Coblenza[89]
era la Francia del señor de Calonne.
La primera tentativa de conspiración de los esclavistas para
sojuzgar a París logrando su ocupación por los prusianos, fracasó ante la
negativa de Bismarck. La segunda tentativa, la del 18 de marzo, terminó con la
derrota del ejército y la
pág. 89
huída a Versalles del gobierno, que ordenó a todo el aparato administrativo
que abandonase sus puestos y le siguiese en la huida. Mediante la simulación
de negociaciones de paz con París, Thiers ganó tiempo para preparar la guerra
contra él. Pero, ¿de dónde sacar un ejército? Los restos de los regimientos de
línea eran escasos en número e inseguros en cuanto a moral. Su llamamiento
apremiante a las provincias para que acudiesen en ayuda de Versalles con sus
guardias nacionales y sus voluntarios, tropezó con una negativa rotunda. Sólo Bretaña mandó a luchar bajo una bandera blanca a un puñado de
chuans [90],
con un corazón de Jesús en tela blanca so bre el pecho y gritando "Vive le
roi! " ("¡Viva el rey!"). Así, Thiers se vio obligado a reunir a toda
prisa una turba abiga rrada, compuesta por marineros, soldados de infantería
de marina, zuavos pontificios, más los gendarmes de Valentin y los sergents
de ville y mouchards [confidentes] de Pietri. Pero este ejército
habría sido ridículamente ineficaz sin la incorporación de los prisioneros de
guerra imperiales que Bismarck fue entregando a plazos en cantidad suficiente
para mantener viva la guerra civil y para tener al Gobierno de Versalles en
abyecta dependencia con respecto a Prusia. Durante la guerra misma, la policia
versallesa tenía que vigilar al ejército de Versalles, mientras que los
gendarmes tenían que arrastrarlo a la lucha, colocándose ellos siempre en los
puestos de peligro. Los fuertes que cayeron no fueron conquistados, sino
comprados. El heroismo de los federales convenció a Thiers de que para vencer
la resistencia de París no bastaban su genio estratégico ni las bayonetas de
que disponía.
Entretanto, sus relaciones con las provincias se hacían cada
vez más difíciles. No llegaba un solo mensaje de adhesión para estimular a
Thiers y a sus "rurales". Muy al contrario, llegaban de todas partes
diputaciones y mensajes pidiendo, en
pág. 90
un tono que tenía de todo menos de respetuoso, la recondliación con París
sobre la base del reconocimiento inequívoco de la República, el reconocimiento
de las libertades comunales y la disolución de la Asamblea Nacional, cuyo
mandato había expirado ya. Estos mensajes afluían en tal número, que en su
circular dirigida el 23 de abril a los fiscales, Dufaure, ministro de Justicia
de Thiers, les ordenaba considerar como un crimen "el llamamiento a la
conciliación". No obstante, en vista de las perspectivas desesperadas que se
abrían ante su campaña militar, Thiers se decidió a cambiar de táctica,
ordenando que el 30 de abril se celebrasen elecciones municipales en todo el
país, sobre la base de la nueva ley municipal dictada por él mismo a la
Asamblea Nacional. Utilizando, según los casos, las intrigas de sus prefectos
y la intimidación policíaca, estaba completamente seguro de que el resultado
de la votación en las provincias le permitiría ungir a la Asamblea Nacional
con aquel poder moral que jamás había tenido, y obtener por fin de las
provincias la fuerza material que necesitaba para la conquista de París.
Thiers se preocupó desde el primer momento en combinar su
guerra de bandidaje contra París -- glorificada en sus propios boletines -- y
las tentativas de sus ministros para instaurar de un extremo a otro de Francia
el reinado del terror, con una pequeña comedia de conciliación, que había de
servirle para más de un fin. Trataba con ello de engañar a las provincias, de
seducir a la clase media de París y, sobre todo, de brindar a los pretendidos
republicanos de la Asamblea Nacional la oportunidad de esconder su traición
contra París detrás de su fe en Thiers. El 21 de marzo, cuando aún no disponía
de un ejército, Thiers declaraba ante la Asamblea: "Pase lo que pase, jamás
enviaré tropas contra París". El 27 de marzo, intervino de nuevo para decir:
"Me he encontrado con
pág. 91
la República como un hecho consumado y estoy firmemente
decidido a mantenerla". En realidad, en Lyon y en Marsella[91]
aplastó la revolución en nombre de la República, mientras en Versalles los
bramidos de sus "rurales" ahogaban la simple mención de su nombre. Después de
esta hazaña, rebajó el "hecho consumado" a la categoría de hecho hipotético. A
los príncipes de Orleáns, que Thiers había alejado de Burdeos por precaución,
se les permitía ahora intrigar en Dreux, lo cual era una violación flagrante
de la ley. Las concesiones prometidas por Thiers, en sus interminables
entrevistas con los delegados de París y provincias, aunque variaban
constantemente de tono y de color, según el tiempo y las circunstancias, se
reducían siempre, en el fondo, a la promesa de que su venganza se limitaría al
"puñado de criminales complicados en los asesinatos de Lecomte y Clément
Thomas", bien entendido que bajo la condición de que París y Francia aceptasen
sin reservas al señor Thiers como la mejor de las repúblicas posibles, tal
como él había hecho en 1830 con Luis Felipe. Pero hasta estas mismas
concesiones, no sólo se cuidaba de ponerlas en tela de juicio mediante los
comentarios oficiales que hacía a través de sus ministros en la Asamblea, sino
que, además, tenía a su Dufaure para actuar. Dufaure, viejo abogado
orleanista, había sido juez supremo de todos los estados de sitio, lo mismo
ahora, en 1871, bajo Thiers, que en 1839, bajo Luis Felipe, y en
1849, bajo la presidencia de Luis Bonaparte.[92]
Durante su cesantía de ministro, había reunido una fortuna defendiendo los
pleitos de los capitalistas de París y había acumulado un capital político
pleiteando contra las leyes elaboradas por él mismo. Ahora, no contento con
hacer que la Asamblea Nacional votase a toda prisa una serie de leyes de
represión que, después de la caída de París, habían de servir para extirpar
los últimos ves-
pág. 92
tigios de las libertades republicanas en Francia,[93]
trazó de antemano la suerte que había de correr París, al abreviar los
trámites de los Tribunales de Guerra,[94]
que le parecían demasiado lentos, y al presentar una nueva ley draconiana de.
deportación. La Revolución de 1848, al abolir la pena de muerte para los
delitos políticos, la había sustituido por la deportación. Luis Bonaparte no
se atrevió, por lo menos en teoría, a restablecer el régime de la
guillotina. Y la Asamblea de los "rurales", que aún no se atrevía a insinuar
siquiera que los parisinos no eran rebeldes sino asesinos, no tuvo más remedio
que limitarse, en la venganza que preparaba contra París, a la nueva ley de
deportaciones de Dufaure. Bajo todas estas circunstancias, Thiers no hubiera
podido seguir representando su comedia de conciliación, si esta comedia no
hubiese arrancado, como él precisamente quería, gritos de rabia entre los
"rurales", cuyas cabezas rumiantes no podían comprender la farsa, ni todo lo
que la farsa exigia en cuanto a hipocresia, tergiversación y dilaciones.
Ante la proximidad de las elecciones municipales del 30 de
abril, el día 27 Thiers representó una de sus grandes escenas conciliatorias.
En medio de un torrente de retórica sentimental, exclamó desde la tribuna de
la Asamblea: "La única conspiración que hay contra la República es la de
París, que nos obliga a derramar sangre francesa. No me cansaré de repetirlo:
¡que aquellas manos suelten las armas infames que empuñan y el castigo se
detendrá inmediatamente mediante un acto de paz del que sólo quedará excluido
un puñado de criminales!" Y como los "rurales" le interrumpieran
violentamente, replicó: "Decidme, señores, os lo suplico, si estoy equivocado.
¿De veras deploráis que yo haya podido declarar aquí que los criminales no son
en verdad más que un puñado? ¿No es una suerte, en medio de nuestras
desgracias,
pág. 93
que quienes fueron capaces de derramar la sangre de Clément Thomas y del
general Lecomte sólo representan raras excepciones?"
Sin embargo, Francia no prestó oidos a aquellos discursos que
Thiers creía eran cantos de sirena parlamentaria. De los 700.000 concejales
elegidos en los 35.000 municipios que aún conservaba Francia, los
legitimistas, orleanistas y bonapartistas coligados no obtuvieron siquiera
8.000. Las diferentes votaciones complementarias arrojaron resultados aún más
hostiles. De este modo, en vez de sacar de las provincias la fuerza material
que tanto necesitaba, la Asamblea perdía hasta su último título de fuerza
moral: el de ser expresión del sufragio universal de la nación. Para remachar
la derrota, los ayuntamientos recién elegidos amenazaron a la Asamblea
usurpadora de Versalles con convocar una contraasamblea en Burdeos.
Por fin había llegado para Bismarck el tan esperado momento
de lanzarse a la acción decisiva. Ordenó perentoriamente a Thiers que mandase
a Francfort delegados plenipotenciarios para sellar definitivamente la paz.
Obedeciendo humildemente a la llamada de su señor, Thiers se apresuró a enviar
a su fiel Jules Favre, asistido por Pouyer-Quertier. Pouyer-Quertier,
"eminente" hilandero de algodón de Ruán, ferviente y hasta servil partidario
del Segundo Imperio, jamás había descubierto en éste ninguna
falta, fuera de su tratado comercial con Inglaterra,[95]
atentatorio para los intereses de su propio negocio. Apenas instalado en
Burdeos como ministro de Hacienda de Thiers, denunció este "nefasto" tratado,
sugirió su pronta derogación y tuvo incluso el descaro de intentar, aunque en
vano (pues echó sus cuentas sin Bismarck), el inmediato restablecimiento de
los antiguos aranceles protectores contra Alsacia, donde, según él no exis-
pág. 94
tía el obstáculo de ningún tratado internacional anterior. Este hombre, que
veía en la contrarrevolución un medio para rebajar los salarios en Ruán, y en
la entrega a Prusia de las provincias francesas un medio para subir los
precios de sus artículos en Francia, ¿no era éste el hombre
predestinado para ser elegido por Thiers, en su última y culminante traición,
como digno auxiliar de Jules Favre?
A la llegada a Francfort de esta magnífica pareja de
delegados plenipotenciarios, el brutal Bismarck los recibió con este dilema
categórico: "¡O la restauración del Imperio, o la aceptación sin reservas de
mis condiciones de paz!". Entre estas condiciones entraba la de acortar los
plazos en que había de pagarse la indemnización de guerra y la prórroga de la
ocupación de los fuertes de París por las tropas prusianas mientras Bismarck
no estuviese satisfecho con el estado de cosas reinante en Francia. De este
modo, Prusia era reconocida como supremo árbitro de la política interior
francesa. A cambio de esto, ofrecía soltar, para que exterminase a París, al
ejército bonapartista que tenía prisionero y prestarle el apoyo directo de las
tropas del emperador Guillermo. Como prenda de su buena fe, se prestaba a que
el pago del primer plazo de la indemnización se subordinase a la
"pacificación" de París. Huelga decir que Thiers y sus delegados
plenipotenciarios se apresuraron a tragar esta sabrosa carnada. El Tratado de
Paz fue firmado por ellos el 10 de mayo y ratificado por la Asamblea de
Versalles el 18 del mismo mes.
En el intervalo entre la conclusión de la paz y la llegada de
los prisioneros bonapartistas, Thiers se creyó tanto más obligado a reanudar
su comedia de reconciliación cuanto que los republicanos, sus instrumentos,
estaban apremiantemente necesitados de un pretexto que les permitiese cerrar
los ojos a los preparativos para la carnicería de París. Todavía el 8
pág. 95
de mayo contestaba a una comisión de conciliadores de la clase media: "Tan
pronto como lo insurrectos se decidan a capitular, las puertas de París se
abrirán de par en par durante una semana para todos, con la sola excepción de
los asesinos de los generales Clément Thomas y Lecomte."
Pocos días después, interpelado violentamente por los
"rurales" acerca de estas promesas, se negó a entrar en ningún género de
explicaciones; pero no sin hacer esta alusión significativa: "Os digo que
entre vosotros hay hombres impacientes, hombres que tienen demasiada prisa.
Que aguarden otros ocho días; al cabo de ellos, el peligro habrá pasado y la
tarea estará a la altura de su valentía y capacidad". Tan pronto como
Mac-Mahon pudo garantizarle que en breve plazo podría entrar en París, Thiers
declaró ante la Asamblea que "entraría en París con la ley en la mano y
exigiendo una expiación cumplida a los miserables que habían sacrificado vidas
de soldados y destruido monumentos públicos". Al acercarse el momento
decisivo, dijo a la Asamblea Nacional: "¡Seré implacable!"; a París, que no
había salvación para él; y a sus bandidos bonapartistas que se les daba carta
blanca para vengarse de París a discreción. Por último, cuando el 21 de mayo
la traición abrió las puertas de la ciudad al general Douay, Thiers pudo
descubrir el día 22 a los "rurales" el "objetivo" de su comedia de
reconciliación, que tanto se habían obstinado en no comprender: "Os dije hace
pocos días que nos estábamos acercando a nuestro objetivo ; hoy vengo a
deciros que el objetivo está alcanzado. ¡El triunfo del orden, de la
justicia y de la civilización se consiguió por fin!".
Así era. La civilización y la justicia del orden burgués
aparecen en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los
parias de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos, esa
civilización y esa justicia se
pág. 96
muestran como lo que son: salvajismo descarado y venganza sin ley. Cada
nueva crisis que se produce en la lucha de clases entre los productores y los
apropiadores hace resaltar este hecho con mayor claridad. Hasta las
atrocidades cometidas por la burguesía en junio de 1848 palidecen ante la
infamia indescriptible de 1871. El heroísmo abnegado con que la población de
París -- hombres, mujeres y niños -- luchó por espacio de ocho días después de
la entrada de los versalleses en la ciudad, refleja la grandeza de su causa,
como las hazañas infernales de la soldadesca reflejan el espíritu innato de
esa civilización, de la que es el brazo vengador y mercenario. ¡Gloriosa
civilización ésta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de
los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!
Para encontrar un paralelo con la conducta de Thiers y de sus
perros de presa hay que remontarse a los tiempos de Sila y de los dos
triunviratos romanos.[96]
Las mismas matanzas en masa a sangre fría; el mismo desdén, en la matanza,
para la edad y el sexo; el mismo sistema de torturas a los prisioneros; las
mismas proscripciones pero ahora de toda una clase; la misma batida salvaje
contra los jefes escondidos, para que ni uno solo se escape; las mismas
delaciones de enemigos políticos y personales; la misma indiferencia ante la
carnicería de personas completamente ajenas a la contienda. No hay más que una
diferencia, y es que los romanos no disponían de mitrailleuses para
despachar a los proscritos en masa y que no actuaban "con la ley en la mano"
ni con el grito de "civilización" en los labios.
Y tras estos horrores, volvamos la vista a otro aspecto,
todavía más repugnante, de esa civilización burguesa, tal como su propia
prensa lo describe.
pág. 97
"Mientras a lo lejos -- escribe el corresponsal parisino de
un periódico conservador de Londres -- se oyen todavía disparos sueltos y
entre las tumbas del cementerio de Pére Lachaise agonizan infelices heridos
abandonados; mientras 6.000 insurrectos aterrados vagan en una agonía de
desesperación en el laberinto de las catacumbas y por las calles se ven
todavía infelices llevados a rastras para ser segados en montón por las
mitrailleuses resulta indignante ver los cafés llenos de
bebedores de ajenjo y de jugadores de billar y de dominó; ver cómo las mujeres
del vicio deambulan por los bulevares y oír cómo el estrépito de las orgías en
los cabinets particuliers de los restaurantes distinguidos
turban el silencio de la noche". El señor Edouard Hervé escribe en el
Journal de París [97],
periódico de Versalles suprimido por la Comuna: "El modo cómo la población de
París (!) manifestó ayer su satisfacción era más que frívolo, y tememos que se
agrave con el tiempo. París presenta ahora un aire de día de fiesta
lamentablemente poco apropiado. Si no queremos que nos llamen los parisinos
de la decadencia, debemos poner término a tal estado de cosas". Y a
continuación cita el pasaje de Tácito: "Y sin embargo, a la mañana siguiente
de aquella horrible batalla y aun antes de haberse terminado, Roma, degradada
y corrompida, comenzó a revolcarse de nuevo en la charca de voluptuosidad que
destruía su cuerpo y encenagaba su alma -- alibi proelia et vulnera, alibi balnea popinaeque (aquí combates y heridas, allí baños
y festines)"[98].
El señor Hervé sólo se olvida de aclarar que la "población de París" de que él
habla es, exclusivamente, la población del París del señor Thiers: los
francs-fileurs que volvían en tropel de Versalles, de Saint Denis, de
Rueil y de Saint Germain, el París de la "decadencia",
pág. 98
En cada uno de sus triunfos sangrientos sobre los abnegados
paladines de una sociedad nueva y mejor, esta infame civilización, basada en
la esclavización del trabajo, ahoga los gemidos de sus víctimas en un clamor
salvaje de calumnias, que encuentran eco en todo el orbe. Los perros de presa
del "orden" transforman de pronto en un infierno el sereno París obrero de la
Comuna. ¿Y qué es lo que demuestra este tremendo cambio a las mentes burguesas
de todos los países? ¡Demuestra, sencillamente, que la Comuna se ha amotinado
contra la civilizaciónl El pueblo de París, lleno de entusiasmo, muere por la
Comuna en número no igualado por ninguna batalla de la historia. ¿Qué
demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente que la Comuna no era el gobierno
propio del pueblo, sino la usurpación del Poder por un puñado de criminales!
Las mujeres de París dan alegremente sus vidas en las barricadas y ante los
pelotones de ejecución. ¿Qué demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente, que el
demonio de la Comuna las ha convertido en Megeras y Hécates! La moderación de
la Comuna durante los dos meses de su dominación indisputada sólo es igualada
por el heroísmo de su defensa. ¿Qué demuestra esto? ¡Demuestra, sencillamente,
que durante dos meses, la Comuna ocultó cuidadosamente bajo una careta de
moderación y de humanidad la sed de sangre de sus instintos satánicos, para
darle rienda suelta en la hora de su agonía!
En el momento del heroico holocausto de sí mismo, el París
obrero envolvió en llamas edificios y monumentos. Cuando los esclavizadores
del proletariado descuartizan su cuerpo vivo, no deben seguir abrigando la
esperanza de retornar en triunfo a los muros intactos de sus casas. El
Gobierno de Versalles grita: "¡Incendiarios!", y susurra esta consigna a todos
sus agentes, hasta en la aldea más remota, para que
pág. 99
acosen a sus enemigos por todas partes como incendiarios profesionales. La
burguesía del mundo entero, que mira complacida la matanza en masa después de
la lucha, ¡se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y la
argamasa!
Cuando los gobiernos dan a sus flotas de guerra carta blanca
para "matar, quemar y destruir", ¿dan o no dan carta blanca a
incendiarios? Cuando las tropas británicas prendieron fuego
alegremente al Capitolio de Washington o al Palacio de Verano del Emperador de
China,[99]
¿eran o no incendiarias? Cuando los prusianos, no por razones militares, sino
por mero espíritu de venganza, hicieron arder con ayuda del petróleo
poblaciones enteras como Chateaudun e innumerables aldeas, ¿eran o no
incendiarios? Cuando Thiers bombardeó a París durante seis semanas, bajo el
pretexto de que sólo quería prender fuego a las casas en que había gente, ¿era
o no incendiario? En la guerra, el fuego es un arma tan legítima como
cualquier otra. Los edificios ocupados por el enemigo son bombardeados para
prenderles fuego. Y si sus defensores se ven obligados a evacuarlos, ellos
mismos los incendian, para evitar que los atacantes se apoyen en ellos. El ser
pasto de las llamas ha sido siempre el destino ineludible de los edificios
situados en el frente de combate de todos los ejércitos regulares del mundo.
¡Pero he aquí que en la guerra de los esclavizados contra los esclavizadores
-- la única guerra justificada de la historia -- este argumento ya no es
válido en absoluto! La Comuna se sirvió del fuego pura y exclusivamente como
de un medio de defensa. Lo empleó para cortar el avance de las tropas de
Versalles por aquellas avenidas largas y rectas que Haussmann había abierto
expresamente para el fuego de la artillería; lo empleó para cubrir la
retirada, del mismo modo que los versalleses, al avanzar, emplearon sus
granadas, que destruyeron, por lo menos, tantos edificios como el fuego
pág. 100
de la Comuna. Todavía no se sabe a ciencia cierta cuáles edificios fueron
incendiados por los defensores y cuáles por los atacantes. Y los defensores no
recurrieron al fuego hasta que las tropas versallesas no habían comenzado su
matanza en masa de prisioneros. Además, la Comuna había anunciado
públicamente, desde hacía mucho tiempo, que, empujada al extremo, se
enterraría entre las ruinas de París y haría de esta capital un segundo Moscú;
cosa que el Gobierno de Defensa Nacional había prometido también hacer, claro
que sólo como disfraz, para encubrir su traición. Trochu había preparado el
petróleo necesario para esta eventualidad. La Comuna sabía que a sus enemigos
no les importaban las vidas del pueblo de París, pero que en cambio les
importaban mucho los edificios parisinos de su propiedad. Por otra parte,
Thiers había hecho ya saber que sería implacable en su venganza. Apenas vio,
de un lado, a su ejército en orden de batalla y del otro, a los prusianos
cerrando la salida, exclamó: "¡Seré inexorable! ¡El castigo será completo y la
justicia severa!". Si los actos de los obreros de París fueron de vandalismo,
era el vandalismo de la defensa desesperada, no un vandalismo de triunfo, como
aquel de que los cristianos dieron prueba al destruir los tesoros artísticos,
realmente inestimables de la antiguedad pagana. Pero incluso este vandalismo
ha sido justificado por los historiadores como un accidente inevitable y
relativamente insignificante, en comparación con aquella lucha titánica entre
una sociedad nueva que surgía y otra vieja que se derrumbaba. Y aún menos se
parecía al vandalismo de un Haussmann, que arrasó el París histórico, para
dejar sitio al París de los ociosos.
Pero, ¡y la ejecución por la Comuna de los sesenta y cuatro
rehenes, con el Arzobispo de París a la cabeza! La burguesía y su ejército
restablecieron en junio de 1848 una costumbre
pág. 101
que había desaparecido desde hacía largo tiempo de las prácticas guerreras:
la de fusilar a sus prisioneros indefensos. Desde entonces, esta costumbre
brutal ha encontrado la adhesión más o menos estricta de todos los
aplastadores de conmociones populares en Europa y en la India, demostrando con
ello que constituye un verdadero "progreso de la civilización". Por otra
parte, los prusianos restablecieron en Francia la práctica de tomar rehenes;
personas inocentes a quienes se hacía responder con sus vidas de los actos de
otros. Cuando Thiers, como hemos visto, puso en práctica desde el primer
momento la humana costumbre de fusilar a los comunefos apresados, la Comuna,
para proteger sus vidas, vióse obligada a recurrir a la práctica prusiana de
tomar rehenes. Las vidas de estos rehenes ya habían sido condenadas repetidas
veces por los incesantes fusilamientos de prisioneros a manos de las tropas
versallesas. ¿Quién podía seguir guardando sus vidas después de
la carnicería con que los pretorianos[100]
de MacMahon celebraron su entrada en París? ¿Había de convertirse también en
una burla la última medida -- la toma de rehenes -- con que se aspiraba a
contener el salvajismo desenfrenado de los gobiernos burgueses? El verdadero
asesino del arzobispo Darboy es Thiers. La Comuna propuso repetidas veces el
canje del arzobispo y de otro montón de clérigos por un solo prisionero,
Blanqui, que Thiers tenía entonces en sus garras. Y Thiers se negó tenazmente.
Sabía que entregando a Blanqui daría a la Comuna una cabeza, mientras que el
arzobispo seniría mejor a sus fines como cadáver. Thiers seguía aquí las
huellas de Cavaignac. ¿Acaso en junio de 1848 Cavaignac y sus gentes del Orden
no habían lanzado gritos de horror, estigmatizando a los insurrectos como
asesinos del arzobispo Affre? Y ellos sabían perfectamente que el arzobispo
había sido fusilado por las tropas del Partido del Orden.
pág. 102
Jacquemet, vicario general del arzobispo que había asistido a la ejecución,
se lo había certificado inmediatamente después de ocurrir ésta.
Todo este coro de calumnias, que el Partido del Orden, en sus
orgías de sangre, no deja nunca de alzar contra sus víctimas, sólo demuestra
que el burgués de nuestros días se considera el legítimo heredero del antiguo
señor feudal, para quien todas las armas eran buenas contra los plebeyos,
mientras que en manos de éstos toda arma constituía por sí sola un crimen.
La conspiración de la clase dominante para aplastar la
revolución por medio de una guerra civil montada bajo el patronato del invasor
extranjero -- conspiración que hemos ido siguiendo desde el mismo 4 de
septiembre hasta la entrada de los pretorianos de Mac-Mahon por la puerta de
Saint-Cloud -- culminó en la carnicería de París. Bismarck se deleita ante las
ruinas de París, en las que ha visto tal vez el primer paso de aquella
destrucción general de las grandes ciudades que había sido su sueño dorado
cuando no era más que un simple "rural" en los escaños de la
Chambre introuvable prusiana de 1849[101].
Se deleita ante los cadáveres del proletariado de París. Para él, esto no es
sólo el exterminio de la revolución, es además el aniquilamiento de Francia,
que ahora queda decapitada de veras, y por obra del propio Gobierno francés.
Con la superficialidad que caracteriza a todos los estadistas afortunados, no
ve más que el aspecto externo de este formidable acontecimiento histórico.
¿Cuándo había brindado la historia el espectáculo de un conquistador que
coronaba su victoria convirtiéndose, no solamente en el gendarme, sino también
en el sicario del gobierno vencido? Entre Prusia y la Comuna de París no había
guerra. Por el contrario,
pág. 103
la Comuna había aceptado los preliminares de paz, y Prusia se había
declarado neutral. Prusia no era, por tanto, beligerante. Desempeñó el papel
de un matón; de un matón cobarde, puesto que no arrostraba ningún peligro; y
de un matón a sueldo, porque se había estipulado de antemano que el pago de
sus 500 millones teñidos en sangre no sería hecho hasta después de la caída de
París. De este modo, se revelaba, por fin, el verdadero carácter de la guerra,
de esa guerra ordenada por la Providencia como castigo de la impía y
corrompida Francia por la muy moral y piadosa Alemania. Y esta violación sin
precedente del derecho de las naciones, incluso en la interpretación de los
juristas del viejo mundo, en vez de poner en pie a los gobiernos "civilizados"
de Europa para declarar fuera de la ley internacional al felón gobierno
prusiano, simple instrumento del gobierno de San Petersburgo, les incita
únicamente a preguntarse ¡si las pocas víctimas que consiguen escapar por
entre el doble cordón que rodea a París no deberán ser entregadas también al
verdugo de Versalles!
El hecho sin precedente de que después de la guerra más
tremenda de los tiempos modernos, el ejército vencedor y el vencido
confraternicen en la matanza común del proletariado, no representa, como cree
Bismarck, el aplastamiento definitivo de la nueva sociednd que avanza, sino el
desmoronamiento completo de la sociedad burguesa. La empresa más heroica que
aún puede acometer la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora viene a
demostrarse que esto no es más que una añagaza de los gobiernos destinada a
aplazar la lucha de clases, y de la que se prescinde tan pronto como esta
lucha estalla en forma de guerra civil. La dominación de clase ya no se puede
disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno
solo contra el proletariado.
pág. 104
Después del domingo de Pentecostés de 1871,[*]
ya no puede haber paz ni trcgua posible entre los obreros de Francia y los que
se apropian el producto de su trabajo. El puño de hierro de la soldadesca
mercenaria podrá tener sujetas, durante cierto tiempo, a estas dos clases,
pero la lucha volverá a estallar una y otra vez en proporciones crecientes. No
puede caber duda sobre quién será a la postre el vencedor: si los pocos que
viven del trabajo ajeno o la inmensa mayoría que trabaja. Y la clase obrera
francesa no es más que la vanguardia del proletariado moderno.
Los gobiernos de Europa, mientras atestiguan así, ante París,
el carácter internacional de su dominación de clase, braman contra la
Asociación Internacional de los Trabajadores -- la contraorganización
internacional del trabajo frente a la conspiración cosmopolita del capital --,
como la fuente principal de todos estos desastres. Thiers la denunció como
déspota del trabajo que pretende ser su libertador. Picard ordenó que se
cortasen todos los enlaces entre los miembros franceses y extranjeros de la
Internacional. El conde de Jaubert, una momia que fue cómplice de Thiers en
1835, declara que el exterminio de la Internacional es el gran problema de
todos los gobiernos civilizados. Los "rurales" braman contra ella, y la prensa
europea se agrega unánimemente al coro. Un escritor francés honrado**,
absolutamente ajeno a nuestra Asociación, se expresa en los siguientes
términos: "Los miembros del Comité Central de la Guardia Nacional, así como la
mayor parte de los miembros de la Comuna, son las cabezas más activas,
inteligentes y enérgicas de la Asociación Internacional de los Trabajadores .
. .
pág. 105
Hombres absolutamente honrados, sinceros, inteligentes, abnegados, puros y
fanáticos en el buen sentido de la palabra". Naturalmente, la mente
burguesa, con su contextura policíaca, se figura a la Asociación Internacional
de los Trabajadores como una especie de conspiración secreta con un organismo
central que ordena de vez en cuando explosiones en diferentes países. En
realidad, nuestra Asociación no es más que el lazo internacional que une a los
obreros más avanzados de los diversos países del mundo civilizado. Dondequiera
que la lucha de clases alcance cierta consistencia, sean cuales fueren la
forma y las condiciones en que el hecho se produzca, es lógico que los
miembros de nuestra Asociación aparezcan en la vanguardia. El terreno de donde
brota nuestra Asociación es la propia sociedad moderna. No es posible
exterminarla, por grande que sea la carniceria. Para hacerlo, los gobiernos
tendrían que exterminar el despotismo del capital sobre el trabajo, base de su
propia existencia parasitaria.
El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente
ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su
santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la
historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán
redimirlos todas las preces de su clerigalla.
EL CONSEJO GENERAL M. J. Boon Fred. Bradnick pág. 106
Thomas Mottershead Charles Mills
Eugène Dupont, por Francia Herman Jung,
Presidente Oficina: 256, High Holborn, Londres, W.C. La columna de prisioneros se detuvo en la avenida Uhrich y
fue formada, de cuatro o cinco en fondo, en la acera, de
pág. 107
frente a la calle. El general marqués de Galliffet y su Estado Mayor
bajaron de los caballos y empezaron a pasar revista de izquierda a derecha. El
general andaba lentamente, observando las filas; de vez en cuando, se detenía
y tocaba a un prisionero en el hombro o le llamaba con un movimiento de cabeza
si estaba en las filas de atrás. En la mayoría de los casos, los seleccionados
por este procedimiento, sin más trámites, eran colocados en medio de la calle,
donde formaron en seguida una pequeña columna aparte. . . La posibilidad de
error era, evidentemente, considerable. Un oficial montado señaló al general
Galliffet a un hombre y a una mujer como culpables de algún crimen. La mujer
salió corriendo de la fila, se puso de rodillas, y, con los brazos abiertos,
protestó de su inocencia en términos de gran emoción. El general aguardó unos
instantes y luego con rostro impasible, y sin moverse, dijo: 'Madame, conozco
todos los teatros de París: no se moleste usted en hacer comedias' (ce
n'est pas la peine de jouer la comédie ) . . . Ese día para nadie era una
buena cosa destacarse por ser más alto, más sucio, más limpio, más viejo o más
feo que sus vecinos. Me llamó la atención en particular un hombre con la nariz
partida que seguramente a causa de este detalle se vio rápidamente liberado de
los males de'este mundo . . . De este modo fueron seleccionados más de cien;
se destacó un pelotón de fusilamiento y la columna siguió su marcha dejándoles
atrás. A los pocos minutos, comenzó a nuestra espalda un fuego intermitente,
que duró más de un cuarto de hora. Estaban ejecutando a aquellos desgraciados,
condenados tan sumarísimamente". (Corresponsal del Daily News en París,
8 de junio).
A este Galliffet, "el chulo de su mujer, tan famosa por las
desvergonzadas exhibiciones de su cuerpo en las orgías del
pág. 108
Segundo Imperio", se le conocía durante la guerra con el nombre del francés
"Alférez Pistola".
"Le Temps [102],
que es un periódico prudente y poco dado al sensacionalismo, relata una
historia escalofriante de gentes a medio fusilar y enterradas todavía con
vida. En la plaza de Saint-Jacques-la-Bouchiere fue enterrado un gran número
de personas; algunas de ellas muy superficialmente. Durante el día, el ruido
de la calle no permitía oír nada, pero en el silencio de la noche los vecinos
de las casas circundantes se despertaron al oír gemidos lejanos, y por la
mañana se vio saliendo del suelo una mano crispada. A consecuencia de esto se
ordenó que se desenterrasen los cadáveres . . . Que muchos heridos fueron
enterrados con vida es cosa que no me of rece la menor duda. Hay un caso del
que puedo responder personalmente. El 24 de mayo fue fusilado Brunel con su
amante en el patio de una casa de la plaza Vendôme, donde estuvieron tirados
sus cuerpos hasta la tarde del 27. Cuando por fin vinieron a retirar los
cadáveres, vieron que la mujer aún tenía vida y la llevaron a un
hospitalillo. Aunque había recibido cuatro balazos, está ya
fuera de peligro". (Corresponsal del Evening Standard [103]
en París, 8 de junio).
La siguiente carta apareció en el Times [de
Londres] el 13 de junio.[104]
"Al editor del Times:
"Muy señor mío: El 6 de junio de 1871, el señor Jules Favre
envió una circular a todos los gobiernos de Europa, pidiendo la persecución a
muerte de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Unas pocas
observaciones bastarán para dar a conocer el carácter de este documento.
pág. 109
"En el preámbulo de nuestros Estatutos se declara que la
Internacional fue fundada el 28 de septiembre de 1864 en una
Asamblea pública celebrada en Saint Martin's hall, Long Acre, en Londres.[105]
Por razones que él conoce mejor que nadie, Jules Favre adelanta su origen a un
tiempo anterior a 1862.
"Para ilustrar nuestros principios, pretende citar 'su (de la
Internacional) impreso del 25 de marzo de 1869'. ¿Y qué es lo que cita? Un
impreso de una Asociación que no es la Internacional. El ya empleaba esta
clase de maniobras cuando, siendo aún un abogado bastante joven, defendía al
periódico parisino National contra la demanda por calumnia entablada
por Cabet. Entonces simulaba leer citas de los folletos de Cabet, cuando en
realidad lo que leía eran párrafos de su propia cosecha agregados al texto.
Pero esta superchería fue desenmascarada ante el Tribunal en pleno y, si Cabet
no hubiera sido tan indulgente, Favre habría sido expulsado deí Coíegio de
Abogados de París. De todos los documentos que él cita como pertenecientes a
la Internacional, ni uno solo pertenece a ésta. Así, afirma: 'La alianza se
declara atea -- dice el Consejo General constituido en Londres, en julio de
1869'. El Consejo General jamás ha publ;cado semejante
documento. Por el contrario, publicó uno[106]
que anulaba los estatutos originales de la 'Alianza' -- L'Alliance de la
Démocratie Socialiste de Ginebra -- citados por Jules Favre.
"En toda su circular, que en parte pretende también estar
dirigida contra el Imperio, Jules Favre, para atacar a la Internacional, no
hace más que repetir las fábulas policíacas de los fiscales del Imperio.
Fábulas tan pobres que hasta se venían abajo ante los propios tribunales del
Imperio.
"Es sabido que el Consejo General de la Internacional en sus
dos manifiestos (de julio y septiembre del año pasado)
pág. 110
sobre la guerra de entonces, denunciaba los planes de conquista de Prusia
contra Francia. Después de esto, el señor Reitlinger, secretario particular de
Jules Favre, se dirigió (en vano, naturalmente) a algunos miembros del Consejo
General para que el Consejo preparase una manifestación antibismarckiana y a
favor del Gobierno de Defensa Nacional. Se les rogaba encarecidamente no hacer
la menor mención de la República. Los preparativos para una manifestación
cuando se esperaba la llegada de Jules Favre a Londres, fueron hechos --
seguramente con la mejor de las intenciones -- contra la voluntad del Consejo
General, que en su manifiesto del 9 de septiembre previno claramente a los
trabajadores de París contra Favre y sus colegas.
"¿Qué le parecería a Jules Favre si, por su parte, el Consejo
General de la Internacional enviase una circular sobre Jules Favre a todos los
gobiernos de Europa, llamando su atención sobre los documentos publicados en
París por el difunto señor Millière?
"Suyo, S.S.
John Hales
"256, High Holborn, Londres, W. C. pág. 111
nacional. Y esto, once días después de la publicación en el Times de
la anterior rectificacion. La cosa no puede extrañarnos. Ya decía Federico el
Grande que de todos los jesuítas los peores son los protestantes.
y los Estados
Unidos
I
* Véase págs. 35-36.
(N. del T.)
* En vez de "Joe Miller", aparece "Karl Vogt" en
las ediciones alemanas de 1871 y 1891, y "Falstaff" en la edición francesa de
1871. (N. de la Red.)
* En Inglaterra, suele darse a los delincuentes
comunes, después de cumplir la mayor parte de su condena, unas licencias con
las que se les pone en libertad pero bajo la vigilancia de la policía. Estas
licencias se llaman tickets-of-leave, y a sus portadores se les conoce
con el nombre de ticket-of-leave men, (Nota de Engels a la edición
alemana de 1871.)
* En la edición alemana de 1891, en vez de "En
Burdeos", aparece "En Burdeos, 1871, . . .". (N. de la Red.)
* En las ediciones alemanas de 1871 y 1891, se ha
agregado una frase después de "gérant responsable ": "quien tomó sobre
sí la pena de encarcelarnierlto." (N. de la Red.)
* Jules Bergeret. (N. de la Red.)
** Maljournal. (N. de la Red.)
* En la edición alemana de 1871, la última parte
de esta frase aparece así: "el Poder del Estado fue adquiriendo cada vez más
el carácter de una fuerza pública para la represión del trabajo, una máquina
de dominación de clase." (N. de la Red.)
* En las ediciones alemanas de 1871 y 1891, en vez
de "el ejército permanente" aparece "el ejército". (N. de la
Red.)
** En las ediciones alemanas de 1871 y 1891 las
palabras "gobierno de la clase obrera" están en cursiva. (N. de la
Red.)
* En las ediciones alemanas de 1871 y 1891, en vez
de "superiores naturales", aparece "superiores naturales, las clases
poseedoras". (N. de la Red.)
* En las ediciones alemanas, se agregan las
palabras "Profesor Huxley", luego de "una alta autoridad científica". (N.
de la Red.)
* Leo Frankel. (N. de la Red.)
* Jaroslaw Dombrawski y Walery Wróblewski. (N.
de la Red.)
* El barón de Haussmann fue, durante el
Segundo Imperio, prefecto del departamento del Sena, es decir, de la ciudad de
París. Realizó una serie de obras para modificar el trazado de las calles de
París, con el fin de facilitar la lucha contra las insurrecciones de los
obreros. (Nota para la traducción rusa publicada en 1905 bajo la dirección
de V. I. Lenin.) (N. de la Red.)
* Blanchet. (N. de la Red.)
* Frontón donde la Asamblea Nacional de 1789
adoptó su célebre decisión. (Nota de Engels a la edición alemana de
1871.)
* El 28 de mayo, último día de la Comuna de París.
(N. del T.)
** Probablemente Jean-François-Eugene
Robinet. (N. de la Red.)
G. H. Buttery
Delahaye
A. Herman
Fred.
Lessner
J. P. MacDonnel
Caihil
William
Hales
Kolb
Lochner
George
Milner
Charles Murray
Roach
Rühl
A.
Serraillier
Alfred Taylor
Pfänder
Rochat
Sadler
Cowell
Stepney
W. Townshend
Karl Marx, por
Alemania y Holanda
Friederich Engels, por Bélgica y
España
Hermann Jung, por Suiza
P.
Giovacchini, por Italia
Antoni Zabicki, por
Polania
James Cohen, por Dinamarca
J. G.
Eccarius, por Estados Unidos de
América
John Weston,
Tesorero
George Harris,
Secretario de Finanzas
John
Hales, Secretario General
30 de mayo
de 1871.
"Secretario del Consejo General de la
Aso-
ciación Internacional de los Trabajadores.
"12 de junio."
En un artículo sobre "La Asociación
Internacional y sus fines", el Spectator [107]
londinense (del 24 de junio), en calidad de pío denunciante, tiene, entre
otras habilidades de este género, la de citar, aún más ampliamente que Favre,
el mencionado documento de la "Alianza" como si fuera de la Inter-
|
From Marx to
Mao |
Apuntes sobre |
pág. 278
[1] Engels escribió esta introducción para la tercera edición alemana
(edición de jubileo) de La Guerra Civil en Francia de Marx, publicada
en 1891 por la Editorial Vorwärts, de Berlín, con motivo del XX
aniversario de la Comuna de París. Al tiempo que señaló el significado
histórico tanto de las experiencias de la Comuna de París como de las
generalizaciones teóricas que de ellas extrajo Marx en La Guerra Civil en
Francia, Engels también hizo un número de agregados en lo que concierne a
la introducción a la historia de la Comuna, incluyendo referencias a las
actividades de los blanquistas y proudhonianos. En la edición de jubilco
Engels incluyó dos obras escritas por Marx: el primero y segundo Manifiestos
del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores sobre la
Guerra Franco-prusiana. Las otras ediciones de La Guerra Civil en
Francia, publicadas más tarde en distintas lenguas, generalmente contienen
la introducción de Engels. [2] Véase Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas, Vol. I.
[pág. 1]
[3] Referencia a las guerras de liberación nacional libradas por el pueblo
alemán de 1813 a 1814 contra la dominación de Napoleon. [pág. 2]
[4] Al
final de las guerras contra la Francia de Napoleón, círculos reaccionarios de
Alemania utilizaron el término demagogos para calificar a esa gente que
participaba en el movimiento contra el sistema reaccionario de los estados
alernanes y que organizaron una manifestación política
pág. 279
para exigir ía unificación de Alemania. El movimiento se extendio
ampliamente entre los intelectuales y estudiantes, especialmente entre las
sociedades gimmásticas estudiantiles. Los "demagogos" fueron per seguidos por
las autoridades reaccionarias. [pág. 2]
[5] Véase Carlos Marx, Segundo
Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los
Trabajadores sobre la Guerra Franco-prusiana, pág. 34 del presente libro.
[pág. 2]
[6] Los monarquistas en Francia estaban a la vez divididos en tres
partidos dinásticos: los legitimistas, adictos a la dinastía "legitima" de los
Borbones; los orleanistas, partidarios de la dinastía de Orleans; y los
bonapartistas, seguidores de Luis Bonaparte (Napoleón III). [pág. 5]
[7] Coup d'Etat [golpe de Estado] de Luis Bonaparte,
Presidente de Francia a la sazón, quien disolvió la Asamblea Nacional, y un
año después se proclamó Emperador de Francia. [pág.
5]
[8] El Segundo Imperio de Francia fue el nombre dado al periodo de
gobierno de Luis Bonaparte (1852-70), para distinguirlo del Primer Imperio de
Napoleón I (1804-14). [pág. 5]
[9] Prusia salió victoricsa de la guerra contra Austria, guerra que fue
provocada por Bismarck. Excluyendo a Austria de la Confederación Germánica,
Prusia se aseguró la hegemonia con la fundación del Imperio Alemán. Napoleon
III permaneció neutral en la Guerra Austro-prusiana, y a cambio de su
neutralidad él esperó, en vano recibir parte del territorio de los estados
alemanes, como se lo había prometido Bismarck. [pág. 6]
[10] El 1ƒ y 2 de septiembre de 1870, se libró una batalla decisiva de la
Guerra Franco-prusiana en los alrededores de Sedán, ciudad del Nordeste de
Francia; ella terminó con una derrota completa del ejército francés. Según los
términos de la capitulación firmados por el Cuartel General francés el 2 de
septiembre de 1870, Napoleón III y más de 80.000 soldados, oficiales y
generales franceses fueron hechos prisioneros de guerra. Desde el 5 de
septiembre de 1870 hasta el 19 de marzo de 1871, Napoleon III quedó
encarcelado en Wilhelmshöhe, un castillo de Prusia cerca de Kassel. La derrota
en Sedán aceleró la caida del Segundo Imperio. A consecuencia de ello, Francia
fue proclamada República el 4 de septiembre de 1870. [pág. 6, 85]
[11] Se refiere al Tratado franco-alemán preliminar de paz firmado en
Versalles el 26 de febrero de 1871 por A. Thiers y J. Favre, de un lado y
Bismarck, del otro. En virtud de los términos del Tratado, Francia accedía a
ceder Alsacia y la parte oriental de Lorena a Alemania y a pagar una
indemnización de guerra de cinco mil millones de francos, mientras que
Alemania continuaba ocupando parte del territorio francés
pág. 280
hasta que se pagara la indemnización. El Tratado final de paz fue firmado
en Francfort-Main el lo de mayo de 1871. [pág. 7]
[12] Cita sacada del informe de la comisión electoral de la Comuna,
publicado en el órgano de la Comuna, Journal officiel de la République
française, N.ƒ 90, 31 de marzo de 1871. [pág.
8]
[13] Engels se refiere probablemente al contenido de la orden emitida por
Edouard Vaillant, delegado de educación de la Comuna de París, que fue
publicada en el Journal officiel de la République française, N.° 132,
12 de mayo de 1871. [pág. 9]
[14] Ahora generalmente conocido como "El Muro de los Comuneros".
[pág. 12]
[15] Se refiere a la obra de Proudhon, Idée générale de la Révolution au
XIXe siècle, París, 1851. Una crítica de los puntos
de vista expresados por Proudhon en este libro se encuentra en la carta de
Marx a Engels de fecha 8 de agosto de 1851 y en la obra de Engels, Crítica
Analítica de la "Idée générale de la Révolution au XIXe
siècle de Proudhon" (Archivos de Marx y Engels, Vol. X.).
[pág. 14]
[16] Los posibilistas representaban la tendencia oportunista en
el movimiento laboral francés a fines del siglo XIX. [pág. 14]
[17] El Primer Manifiesto del Consejo General de la Asociación
Internacional de los Trabajadores sobre la Guerra Franco-prusiana fue escrito
por Carlos Marx entre el 19 y el 23 de julio de 1870. pág. 281
la encargó de traducir el Primer Manifiesto al francés y alemán y de
difundirlo. El Manifiesto apareció primero en alemán en Der Volksstaat,
N.ƒ 63, el 7 de agosto de 1870, en Leipzig, y quien hizo la traducción fue
Wilhelm Liebknecht. Marx revisó esta versión alemana y retradujo cerca de la
mitad del texto. Esta nueva traducción alemana apareció en Der Vorbote,
N.ƒ 8, de agosto de 1870, y también se publicó en hojas sueltas. Al conmemorar
en 1891 el XX aniversario de la Comuna de París, Engels incluyó el Primer y
Segundo Manifiestos del Consejo General en la edición alemana de La Guerra
Civil en Francia que fue publicada por las ediciones Vorwärts de
Berlín. La traducción de los dos Manifiestos para esta nueva edición fue hecha
por Louisa Kautsky con la ayuda de Engels. pág. 282
bakuninistas, incluidos Perron y Paul Robin, quienes se habían infiltrado
en la redacción intentaron utilizar el semanario contra el Consejo General de
la Internacional. Sin embargo, en enero de 1870, el semanario volvió a dar su
apoyo a la línea del Consejo General, luego de que el Consejo de la Federación
Romanica de la Internacional hubo reorganizado la redacción y expulsado a los
bakuninistas. [18] Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas, t. I.
[pág. 19]
[19] El plebiscito fue organizado por el Gobierno de Napoleón III en mayo
de 1870, en un intento por consolidar el tambaleante régimen del Segundo
Imperio que había causado gran descontento entre el pueblo. Las preguntas
estaban formuladas de tal manera, que para una persona era imposible expresar
su desaprobación a la política del Segundo Imperio sin declararse al mismo
tiempo en contra de todas las reformas democráticas. A pesar de las
demagógicas maniobras hechas por el Gobierno, el resultado del plebiscito
señaló el crecimiento de las fuerzas de oposicion: 1.500.000 personas votaron
contra el gobierno y 1.900.000 se abstuvieron. Mientras se preparaba para el
plebiscito, el Gobierno tomó amplias medidas para reprimir el movimiento
obrero, calumnió hasta lo imposible a las organizaciones de los trabajadores y
tergiversó sus objetivos a fin de atemorizar a las capas intermedias de la
sociedad con el peligro del "terror rojo". pág. 283
misma acusación, el Gobierno desencadenó una extensa persecución contra
miembros de la Internacional en otras ciudades de Francia. Aunque la falsedad
de este cargo fue completamente denunciada durante el proceso que tuvo lugar
entre el 22 de junio y el 5 de julio de 1870, la corte bonapartista condenó
sin embargo a miembros de la Internacional a penas de prisión simplemente por
pertenecer a la Asociación Internacional de los Trabajadores. [20] Se refiere a la Guerra Franco-prusiana, que empezó el 19 de julio de
1870. [pág. 20]
[21] Se refiere al coup d'Etat de Luis Bonaparte ocurrido el 2 de
diciembre de 1851, y que permitió la instauración del régimen bonapartista del
Segundo Imperio. [pág. 20]
[22] Le Réveil, organo de los republicanos de izquierda franceses,
que en un principio fue semanario; se convirtió en diario a partir de mayo de
1869. Editado por Charles Delescluze fue publicado en París desde julio de
1868 hasta enero de 1871 Desde octubre de 1870 se opuso al Gobierno de Defensa
Nacional. [pág. 21]
[23] La Marseillaise, diario francés y órgano de los republicanos de
izquierda, apareció en París de diciembre de 1869 a septiembre de 1870, Este
periódico publicó frecuentemente artículos sobre las actividades de la
Internacional y del movimiento obrero. [pág. 22]
[24] Referencia a la Sociedad del 10 de Diciembre, llamada así en homenaje
a la elección de su padrino, Luis Bonaparte, como presidente de la República
Francesa, hecho que ocurrio el 10 de diciembre de 1848. Constituida en 1849,
esta sociedad secreta de los bonapartistas se componía principalmente de
elementos degenerados, aventureros políticos y militaristas. Aunque se
disolvió oficialmente en noviembre de 1850, sus adictos continuaron propagando
el bonapartismo, y participaron activamente en el coup d'Etat del 2 de
diciembre de 1851 Marx hizo un análisis detallado de la Sociedad del 10 de
Diciembre en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, (véase
Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas, t. I.). [25] La batalla de Sadowa, que tuvo lugar en Checoslovaquia el 3 de
julio de 1866, en la que participaron Austria y Sajonia de un lado y Prusia
del otro, fue decisiva en la Guerra Austro-prusiana de 1866, y
pág. 284
de ella Prusia salió vencedora. En la historia se la conoce también como la
batalla de Königgritz (hoy llamada Hradec Králové). [pág. 23]
[26] Los mítines de los obreros llevados a cabo en Brunswick el 16 de
julio, y en Chemnitz el 17 de julio de 1870 fueron convocados por los
dirigentes del Partido del Trabajo Socialdemócrata Alemán (los eisenachistas)
en señal de protesta contra la politica de conquista de las clases dominantes.
[27] El Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación
Internacional de los Trabajadores sobre la Guerra Franco-prusiana fue
escrito por Marx entre el 6 y el 9 de septiembre de 1870. pág. 285
La versión francesa del Segundo Manifiesto apareció en N.ƒ 93
de L'Internationale, publicado el 23 de octubre de 1870, y parcialmente
(no se terminó la publicación) en L'Egalité, N.ƒ 35, del 4 de octubre
de 1870. [pág. 27]
[28] En 1618 el Electorado de Brandenburgo se fusionó con la Prusia Ducal
(Prusia Oriental), que era Estado vasallo de la República de la
szlachta (nobleza) polaca y que había sido formada a comienzos del
siglo XVI por Estados del Orden Teutónico. Como gobernante de Prusia, el
Elector de Brandenburgo se hizo vasallo de Polonia. Estas relaciones se
mantuvieron hasta 1657 cuando el Elector de Brandenburgo se aprovechó de las
dificultades de Polonia en su guerra contra Suecia y obtuvo así el
reconocimiento de sus derechos de soberania sobre territorio prusiano.
[pág. 29]
[29] Esto se refiere al Tratado de paz separado de Basilea que Prusia
concluyó con Francia el 5 de abril de 1795. Este tratado condujo al
rompimiento de la primera coalición antifrancesa de los Estados europeos.
[pág. 30]
[30] Con el Tratado de Tilsit firmado en 1807 entre Francia, de un
lado y Rusia y Prusia del otro, Prusia perdió casi la mitad de su territorio
tuvo que acceder a pagar una indemnización, reducir su ejército y cerrar todas
sus puertas a la navegación inglesa. [pág. 31]
[31] En una conferencia con Napoleón III en Biarritz en octubre de 1865,
Bismarck obtuvo que Francia aprobara de hecho la alianza italo-prusiana y la
guerra de Prusia contra Austria. Napoleón III había calculado que Austria
saldría victoriosa y que entonces él podría intervenir en la guerra y obtener
los beneficios para si. [32] Se refiere a la victoria lograda por la reacción feudal en Alemania
luego de la caida del Gobierno de Napoleón. pág. 286
liga de monarquías, la Santa Alianza, cuyo núcleo lo conformaban Austria,
Prusia y Rusia zarista, controlaba el destino de los Estados europeos. Con la
fundación de la Confederación Alemana, se mantuvo en Alemania el separatismo
feudal, el absolutismo feudal se consolidó en los Estados alemanes, todos los
privilegios de los nobles fueron conservados intactos y se intensificó la
explotación de los campesinos bajo el régimen de semi-servidumbre.
[pág. 35]
[33] Cita extraída de "Das Manifest des Ausschusses der
Sozial-demokratischen Arbeiterpartei an alle deutschen Arbeiter", que apareció
en hojas sueltas el 5 de septiembre de 1870 y fue publicado en Der
Volksstaat, N.ƒ 73, 11 de septiembre de 1870. [pág. 35]
[34] Se refiere a la heroica insurrección de los obreros parisinos ocurrida
del 23 al 26 de junio de 1848. [pág. 36]
[35] Marx se refiere al movimiento iniciado por los obreros ingleses para
obtener el reconocimiento, y el apoyo diplomático, para la República Francesa
establecida el 4 de septiembre de 1870. Con el activo apoyo de los sindicatos,
el pueblo trabajador realizó concentraciones de masas y manifestaciones desde
el 5 de septiembre en Londres, Birmingham, Newcastle y otras ciudades. Todos
los manifestantes expresaron simpatía por el pueblo francés y exigieron por
medio de resoluciones y peticiones que el Gobierno inglés reconociera
inmediatamente a la República Francesa. [36] Alusión a la activa participación de la burguesa y aristocrática
Inglaterra en la constitución de la coalición de los Estados feudales
absolutos, la cual desencadenó la guerra contra la Francia revolucionaria en
1792 (la propia Inglaterra entró en la guerra en 1793); y al hecho de que la
oligarquía dominante británica fue la primera en Europa en reconocer el
régimen bonapartista francés establecido después del coup d'Etat de
Luis Bonaparte ocurrido el 2 de diciembre de 1851. [pág. 37]
[37] Durante la guerra civil de los Estados Unidos (1861-65), entre los
Estados industriales del Norte y los Estados plantadores y esclavistas del
Sur, la prensa burguesa de Inglaterra salió en defensa del Sur, es decir, en
defensa del régimen esclavista. [pág. 37]
[38] La Guerra Civil en Francia es una de las más importantes obras
del comunismo científico; a la luz de la experiencia de la Comuna de París,
desarrolló aún más las tesis fundamentales de las enseñanzas marxistas sobre
la lucha de clases, el Estado, la revolución y la dictadura del proletariado.
Fue esaita como Manifiesto del Consejo General de
pág. 287
la Asociación Internacional de los Trabajadores para todos sus miembros en
Europa y los Estados Unidos. pág. 288
cambios de menor importancia al texto. Al prepatar en 1876 una nueva
edición alemana de La Guerra Civil en Francia, con motivo del quinto
aniversario de la Comuna de París, se le hicieron algunas revisiones al texto.
[39] La correspondencia de Alphonse Simon Guiod con Louis Suzanne apareció
en el Journal Officiel, N.ƒ 115, el 25 de abril de 1871. [40] El 28 de enero de 1871 Bismarck y Jules Favre, como representante del
Gobierno de Defensa Nacional, firmaron el "Acuerdo de Armisticio y de
Capitulación de París". [pág. 45]
[41] Los capitulards, nombre despectivo con el que se calificaba a
aquellos que abogaban por la capitulación de París durante el asedio
(1870-1871). Luego, este término se hizo extensivo en Francia a todos los
capitulacionistas. [pág. 45]
[42] Véase Le Vengeur, N.ƒ 30, el 28 de abril de 1871. Le
Vengeur, periódico republicano de izquierda, fue fundado en París el 3 de
febrero de 1871. Fue clausurado por Vinoy, gobernador de París, el 11 de
marzo, y reapareció el 30 de marzo, prolongando su vida hasta el 24 de mayo de
1871, durante el período de la Comuna de París. Este periódico apoyó a la
Comuna, publicó sus documentos e informó sobre sus sesiones.
[pág. 46]
pág. 289
[43] L'Etendard, periódico bonapartista frances, publicado en París
de 1866 a 1868. Tuvo que suspeoder su publicación como consecuencia de una
denuncia de los fraudulentos medios utilizados por el periódico para obtener
apoyo financiero. [pág. 46]
[44] Se refiere a la Société Générale du Crédit Mobilier, gran banco
francés de accionistas fundado en 1852. Su fuente principal de ingresos
provenía de la especulación con los seguros de las sociedades anónimas que él
mismo había establecido. El banco tenía estrechas relaciones con el Gobierno
del Segundo Imperio. Entró en bancarrota en 1867 y se cerró en 1871 En muchos
de sus artículos publicados en el New York Daily Tribune, Marx puso al
descubierto el verdadero carácter de dicho banco. [pág. 47]
[45] L'Electeur Libre, órgano de los republicanos del ala derecha.
Al comienzo fue semanario y se convirtió en diario luego del estallido de la
Guerra Franco-prusiana. Se publicó en París de 1868 a 1871. En 1870 y 1871
tuvo estrechos vínculos con la Oficina Financiera del Gobierno de Defensa
Nacional. [pág. 47]
[46] Referencia a las acciones contra los legitimistas y la iglesia que
ocurrieron en París el 14 y 15 de febrero de 1831 y que hallaron respuesta en
las provincias. Para protestar contra la manifestación de los legitimistas en
el funeral del duque de Berry, las masas destruyeron la iglesia de
Saint-Germain-l'Auxerrois y el palacio del Arzobispo Quélen, quien era
conocido como simpatizante de los legitimistas. Como el gobierno orleanista
intentaba golpear a los legitimistas hostiles, no tomó ninguna medida para
refrenar a las masas. Thiers, entonces ministro del Interior, que estaba
presente cuando fueron destruidos la iglesia y el palacio del Arzobispo,
persuadió a la Guardia Nacional de que no interviniera. [47] Marx se refiere al infame papel desempeñado por Thiers al reprimir el
levantamiento del 13 y 14 de abril de 1834 contra el Gobierno de la Monarquía
de Julio. El levantamiento de los obreros de París, y de la capa
pequeño-burguesa que se les unió, fue dirigido por una organización secreta
republicana, la Sociedad por los Derechos del Hombre. Al aplastar la
insurrección, incontables atrocidades fueron perpetradas por los militaristas,
incluyendo el asesinato de todos los habitantes de una casa situada en la
calle Transnonain. Thiers fue el principal instigador
pág. 290
de la brutal represibn de los demócratas tanto durante el levantamiento
como después de que éste fue aplastado. [48] En enero de 1841 Thiers sometió un plan a la aprobación de la Cámara
de Diputados sobre la construcción de fortificaciones, baluartes y fuertes
alrededor de París. Los demócratas revolucionarios consideraron este paso como
una medida preparatoria para la represión de los levantamientos populares. Se
señaló que era exactamente con este propósito que el plan de Thiers
contemplaba la construcción, en el Este y el Nordeste de París, de un gran
número de baluartes particularmente potentes cerca de los barrios obreros.
[pág. 48]
[49] En enero de 1848 el ejército de Fernando II, Rey de Nápoles, bombardeó
la ciudad de Palermo en un intento por aplastar allí el levantamiento popular.
Este levantamiento fue una señal para la revolución burguesa en los Estados
italianos entre 1848 y 1849. En el otoño de 1848, Fernando II bombardeó de
nuevo indiscriminadamente a Messina, y así se ganó el apodo de Rey Bomba.
[pág. 49]
[50] En abril de 1849 el Gobierno burgués de Francia, en alianza con
Austria y Nápoles, intervino en la República Romana a fin de derribarla y
restaurar el Poder seglar del Papa. A causa de la intervención armada y del
asedio de Roma que fue despiadadamente bombardeada por el ejército francés, la
República Romana fue derribada a pesar de la heroica resistencia y Roma fue
ocupada por el ejército francés. [pág. 49]
[51] Se refiere a la cruel represión del levantamiento del proletariado de
París entre el 23 y el 26 de junio de 1848 por parte del Gobierno republicano
burgués. Con la represión de la insurrección las fuerzas
contrarrevolucionarias crecieron en su desenfreno y la posición de los
monarquistas conservadores se consolidó todavía más. [pág. 50]
[52] Partido del Orden, fundado en 1848, era el Partido de la gran
burguesía conservadora de Francia, era la coalición de las dos facciones
monarquistas: los legitimistas y los orleanistas. Este Partido desempeñó el
papel dirigente en la Asamblea legislativa de la Segunda República desde 1849
hasta el coup d'Etat del 2 de diciembre de 1851. La bancarrora
pág. 291
de su política antipopular fue utilizada por la camarilla de Luis Bonaparte
para erigir el régimen del Segundo Imperio. [pág.
50]
[53] El 15 de julio de 1840, Inglaterra, Rusia, Prusia, Austria y Turquía
suscribieron en Londres, sin la participación de Francia, un tratado de ayuda
al Sultán Turco contra el gobernante egipcio Mohammed Ali, al que apoyaba
Francia. La firma de este tratado creó un peligro de guerra entre Francia y la
coalición de las potencias europeas. Sin embargo, el rey Luis Felipe no se
atrevió a empreoderla y en cambio, retiró su ayuda a Mohammed Ali.
[pág. 51,
137]
[54] Esforzándose por fortalecer las tropas versallesas para la represión
del París revolucionario, Thiers pidió a Bismarck que le permitiera ampliar el
número de sus tropas, las cuales, de acuerdo con los términos del tratado
preliminar de la paz de Versalles firmado el 26 de febrero de 1871, no debían
exceder los 40.000 hombres. El gobierno de Thiers aseguró a Bismarck que las
tropas solamente serían utilizadas para reprimir la insurrección de París. Por
lo tanto, mediante el acuerdo de Ruán del 28 de marzo de 1871, obtuvo el
permiso de aumentar los efectivos de su ejército a 80.000 hombres y luego a
100.000. En virtud de este acuerdo el Cuartel General alemán repatrió
rápidamente los prisioneros de guerra franceses, principalmente los que habían
sido capturados en Sedán y Metz. Ellos fueron entonces instalados en campos
cerrados cerca de Versalles y adoctrinados en el odio a la Comuna de París.
[pág. 51]
[55] El Partido Legitimista era el partido de los sostenedores de la
dinastía de los Borbones derribada en 1792. Representaba los intereses de la
gran aristocracia terrateniente y del alto clero. Este Partido se formó en
1830, luego de que los Borbones fueron derribados por segunda vez. Durante el
Segundo Imperio, los legitimistas, incapaces de obtener el menor apoyo del
pueblo, se contentaron con adoptar una táctica de expectativa y con publicar
algunos folletos críticos. Ellos no se hicieron activos sino en 1871, después
de que se unieron a la campaña de las fuerzas contrarrevolucionarias contra la
Comuna de París. [pág. 54]
[56] Chambre introuvable, nombre dado a la Cámara de Diputados
francesa de 1815 a 1816 que, compuesta de ultrarreaccionarios, fue elegida en
el primer período de la restauración. [pág. 54]
[57] Pourceaugnac, personaje de una comedia de Moliere, que
caracteriza a esa pequeña aristocracia terrateniente, estúpida y de estrechez
mental. [pág. 54]
[58] La Asamblea de los "rurales " es el nombre despectivo que se le
dio a la Asamblea Nacional Francesa de 1871, la cual se componía en su mayor
parte de monarquistas reaccionarios: terratenientes de provincia,
pág. 292
funcionarios, rentistas y comerciantes elegidos por los distritos rurales.
De los 630 diputados, 430 eran monarquistas. [pág.
54]
[59] Se trata de la exigencia de pago de una indemnización de guerra
planteada por Bismarck como una de las cláusulas del tratado preliminar de paz
concluido entre Francia y Alemania en Versalles el 26 de febrero de 1871
(Véase nota 11).
[pág. 55]
[60] El 10 de marzo de 1871 la Asamblea Nacional aprobó la Ley sobre
Moratoria del Pago de Obligaciones Crediticias, por la cual se establecía
que las deudas contraídas entre el 13 de agosto y el 12 de noviembre de 1870
debían ser pagadas en un término de siete meses a partir del día en que habían
sido adquiridas; en cuanto a las deudas contraidas después del 12 de noviembre
su pago no podía ser diferido. Así, la Ley no acordaba en realidad moratoria
de pago para la mayor parte de los deudores; esto asestaba un duro golpe a los
obreros y a las capas más pobres de la población y hundía en la bancarrota a
muchos de los pequeños fabricantes y comerciantes. [pág. 55]
[61] Se refiere a Charles Cousin-Montauban, general francés que estaba al
mando de las fuerzas agresoras conjuntas de Francia e Inglaterra que
invadieron a China en 1860. Napoleón III le otorgó el título de conde de
Palikao como premio a su victoria sobre el ejército de la dinastía Ching
(1644-1911) en Palichiao, aldea al Este de Pekín. [pág. 56]
[62] Décembriseur, nombre que se da a 108 que eran partidarios o
participaron en el coup d'Etat de Luis Bonaparte ocurrido el 2 de
diciembre de 1851. Vinoy tomó parte directa en el coup d'Etat y
reprimió mediante la fuerza armada el levantamiento de los republicanos en una
de las provincias. [pág. 56]
[63] De acuerdo con informes de prensa, Thiers y otros funcionarios del
gobierno debían obtener una "comisión" de mas de 300 millones de francos sobre
el empréstito interno autorizado por el gobierno. Thiers reconoció después que
los representantes de los círculos financieros con quienes él había entrado en
negociaciones para un préstamo, habían exigido la rápida represión de la
revolución en París. La Ley que autorizaba el empréstito interno fue aprobada
el 20 de junio de 1871, luego de que las tropas de Versalles habían aplastado
la Comuna de París. [pág. 56]
[64] Cayena, isla de la Guayana Francesa, en América del Sur; ex presidio y
lugar de deportación para los prisioneros políticos. [pág. 58]
[65] Le National, diario francés, órgano de los republicanos
burgueses moderados, que se publicó en París entre 1830 y 1851.
[pág. 60]
pág. 293
[66] El 31 de octubre de 1870, los obretos, junto con la parte
revolucionaria de la Guardia Nacional de París desencadenaron una insurrección
luego de recibir la noticia de que Metz había capitulado, Le Bourget estaba
perdido, y Thiers había comenzado, por orden del Gobierno de Defensa Nacional,
negociaciones con los prusianos. Los insurgentes ocuparon el Hôtel de Ville y
establecieron un órgano revolucionario de Poder político, el Comité de
Seguridad Pública, encabezado por Blanqui. Bajo la presión de los obreros, el
Gobierno de Defensa Nacional prometió renunciar y organizar las elecciones a
la Comuna para el 1ƒ de noviembre. Sin embargo, sacando ventaja de la
insuficiente organización de las fuerzas revolucionarias de París y de las
divergencias entre los sectores dirigentes de la Insurrección -- los
blanquistas por un lado y los jacobinos, demócratas pequeño-burgueses por
otro, el Gobierno traicionó a sus palabras y, con la ayuda de los pocos
batallones de la Guardia Nacional que permanecían de su lado, ocupó de nuevo
el Hôtel de Ville y retomó el Poder. [pág. 61]
[67] Los bretones, guardia móvil de Bretaña que Trochu utilizó como
tropas de gendarmería para reprimir el movimiento revolucionario de París.
[68] El 22 de enero de 1871, a iniciativa de los blanquistas, el
proletariado de París y la Guardia Nacional realizaron una manifestación
revolucionaria para exigir la disolución del Gobierno y el establecimiento de
la Comuna. El Gobierno de Defensa Nacional ordenó, a sus guardias bretones que
custodiaban el Hôtel de Ville, disparar contra las masas. Arrestó a muchos
manifestantes y decretó el cierre de todos los clubs de París, prohibió las
concentraciones de masas y proscribió muchos periódicos. Luego de reprimir el
movimiento revolucionario a sangre fría, el Gobierno empezó a preparar la
rendición de París. [pág. 62]
[69] Las Sommations eran una forma de advertencia que daban las
autoridades francesas para ordenar la dispersión de manifestaciones, mitines,
etc. De acuerdo a la Ley de 1831, el Gobierno tenía derecho a hacer uso de la
fuerza una vez que esta advertencia había sido repetida tres veces en forma de
redoble de tambor o de toque de trompetas. pág. 294
[70] Cuando se presentaron los acontecimientos del 31 de octubre de 1870
(véase la nota 66),
miembros del Gobierno de Defensa Nacional fueron detenidos en el Hôtel de
Ville. Uno de los insurgentes pidió que fueran ejecutados, pero su propuesta
fue rechazada por Gustave Flourens. [pág. 65]
[71] Véase Cándido, Voltaire, cap. 22. [pág. 65]
[72] Cita del decreto sobre rehenes promulgado por la Comuna de París el 5
de abril de 1871 y publicado en el Journal officiel de la République
française, en su número 96 del 6 de abril de 1871. (La fecha indicada por
Marx es la fecha de su publicación en periódicos ingleses). Este decreto
establccía que cualquiera que fuera acusado y encontrado culpable de colusión
con Versalles sería detenido como rehén. Con esta medida la Comuna intentó
evitar que las tropas de Versalles mataran a los comuneros. [pág. 65]
[73] Journal officiel de la République française, N.ƒ 80 del 21 de
marzo de 1871. [pág. 67]
[74] Se trata de las guerras libradas por Inglaterra, Rusia, Prusia,
Austria, España y otros Estados contra la Francia revolucionaria y más tarde
contra el Imperio de Napoleón I. [pág. 68]
[75] Investitute en la Edad Media significaba el acto por el cual un
señor feudal otorgaba a sus vasallos un feudo, beneficio, empleo, etc. Este
sistema se caracterizaba por el completo control que ejercían los estratos
superiores de la jerarquía eclesiástica y seglar sobre los estratos
inferiores. [pág. 74]
[76] Los girondinos eran los sostenedores del Partido de la Gironda
que se formó durante la revolución burguesa de Francia y que representaba los
intereses tanto de la gran burguesía comercial e industrial como los intereses
de la burguesía terrateniente que surgió durante la revolución. Se les llamaba
girondinos porque muchos de sus dirigentes representaban a la provincia de
Gironda en la Asamblea Legislativa y en la Asamblea Nacional. Cubriéndose con
la bandera de proteger el derecho de las provincias a la autonomía y a la
federación, los girondinos se opusieron al Gobierno jacobino y a las masas
revolucionarias que lo apoyaban. [pág. 74]
[77] Kladderadatsch, semanario humorístico ilustrado que comenzó a
aparecer en Berlín en 1848. Punch, nombre abreviado de Punch or The
London Charivari, semanario humorístico de los liberales burgueses
ingleses que apareció por primera vez en Londres en 1841. [pág. 75]
[78] El 16 de abril de 1871, la Comuna promulgó un decreto aplazando el
pago de todas las deudas por tres años y cancelando los intereser.
pág. 295
Este decreto vino a aliviar la situación economica de la pequeña bnt guesía
y fue desfavorable para los acreedores de la gran burguesía.
[pág. 79]
[79] Se refiere al rechazo del proyecto de ley sobre los "concordatos
amistosos" por parte de la Asamblea Constituyente el 22 de agosto de 1848.
Dicho proyecto establecía el aplazamiento del pago de deudas para cualquier
deudor que pudiera probar que había entrado en bancarrota debido a la
parálisis de los negocios causada por la revolución. A consecuencia del
antedicho rechazo, un considerable número de pequeñoburgueses quedaron
completamente arruinados y fueron dejados a merced de los acreedores de la
gran burguesía. [pág. 79,
197]
[80] Frères ignorantins, sobrenombre con que se llamaba a la orden
religiosa que apareció en Reims en 1680. Sus miembros se dedicaban a la
educación de niños pobres. En las escuelas fundadas por la Orden los alumnos
recibían principalmente educación religiosa y muy poco en otros campos del
sabet. Marx utilizó esta expresión para aludir al bajo nivel y al carácter
clerical de la educación elemental en la Francia burguesa. [pág. 79]
[81] La "Unión Republicana" (Alianza republicana de los departamentos),
organización política de los elementos pequeñoburgueses que venían de
diferentes provincias y vivían en París. Hizo un llamado a las provincias para
que apoyaran a la Comuna y lucharan contra el Gobierno de Versalles y contra
la Asamblea Nacional monarquista. [pág. 80]
[82] Probablemente viene del llamamiento de la Comuna de París "A los
trabajadores del campo", que fue publicada en abril y a comienzos de mayo de
1871 en los periódicos de la Comuna y también en hojas sueltas.
[pág. 80]
[83] El 27 de abril de 1825 el reaccionario gobierno de Carlos X dictó una
ley por la cual recompensaba a los antiguos emigrados por la pérdida de sus
bienes que habían sido confiscados durante los años de la Revolución Burguesa
en Francia. La mayor parte de la indemnización, que totalizaba mil millones de
francos y que fue pagada por el gobierno en la forma de valores con un interés
del tres por ciento, fue a parar a las manos de los principales aristócratas
de la corte y de los grandes terratenientes franceses. [pág. 80,
192]
[84] Se refiere a las leyes por las cuales se dividió a Erancia en
distritos militares y se entregó a los comandantes amplios poderes sobre 105
asuntos administrativos locales, se garantizó al Presidente de la República el
derecho de nombrar y destituir burgomaestres, se colocó a los maestros rurales
bajo el control de los prefectos, y se hizo extensiva la influencia
pág. 296
del clero a la educación nacional. Manx señaló el carácter de estas leyes
en su obra La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850.
[pág. 81,
193] [85] La Columna Vendôme, monumento erigido entre 1806 y 1810 en la plaza
Vendôme de París para conmemorar la victoria de Napoleón I en 1805. El
monumento fue demolido el 16 de mayo de 1871 por decisión de la Comuna de
París. [pág. 83]
[86] En el periódico Le Mot d'Ordre del 5 de mayo de 1871, se
publicaron pruebas de los crímenes cometidos en los monasterios. Por medio de
una investigación, en el convento de monjas de Picpus, del distrito suburbano
de Saint Antoine, se descubrieron casos como el de monjas que habían
permanecido prisioneras en celdas durante muchos años. También fueron hallados
instrumentos de tortura. En la iglesia de Saint Laurent se halló un cementerio
clandestino que reveló pruebas de varios asesinatos. Estos hechos también
fueron dados a la publicidad en un íolleto antirreligioso de la Comuna
titulado Los crímenes de las congregaciones religiosas.
[pág. 85]
[87] Absentistas irlandeses eran grandes terratenientes que vivían
en Inglaterra del producto de sus propiedades en Irlanda, que eran
administradas por agentes de fincas rurales o arrendadas a los intermediarios
especuladores, y estos últimos a su turno las arrendaban a pequeños campesinos
sobre la base de exigentes condiciones. [pág. 86]
[88] Francs-fileurs, literalmente "franco-fugitivos", era un apodo
irónico utilizado para burlarse de los burgueses de París que huyeron de la
ciudad cuando esta se ballaba asediada. El sentido irónico de estas dos
palabras radicaba en la semejanza de su pronunciadón con la de
francs-tireurs (franco-tiradores), nombre que se le daba a los
guerrilleros franceses que participaban activamente en la guerra contra
Prusia. [pág. 88,
144]
[89] Coblence, ciudad alemana que se convirtió en el centro
contrarrevolucionario de los emigrados monarquistas que se prepararon para
intervenir en contra de la Francia revolucionaria durante la revolución
burguesa de 1789. Coblence era la sede del gobierno en el exilio que recibía
el apoyo de los Estados absolutos feudales y a cuya cabeza se encontraba
Charles Alexandre de Calonne, el fanático ministro reaccionario en tiempos de
Luis XVI. [pág. 88]
[90] Chouans he originalmente el nombre con que se conoció a los
participantes en los motines contrarrevolucionarios producidos en el Noroeste
de Francia durante la revolución burguesa de Francia. En tiempos de la Comuna
de París los comuneros bautizaron con este nombre al ejército de Versalles de
mentalidad monarquista que fue reclutado en Bretaña. [pág. 89]
pág. 297
[91] Bajo la infruencia de la revolución proletaria en París, que dio
nacimiento a la Comuna de París, comenzaron movimientos revolucionarios de
masas en Lyon, Marsella y en muchas otras ciudades de Francia. El 22 de marzo,
la Guardia Nacional y el pueblo trabajador de Lyon tomaron el Hôtel de Ville.
El 26 de marzo, luego de la llegada de una delegación de París, fue proclamada
la Comuna en Lyon. Aunque la comisión de la Comuna -- nombrada para preparar
las elecciones a la comuna -- poseía una fuerza armada, renunció finalmente al
poder debido a su falta de contacto con el pueblo y con la Guardia Nacional.
Un nuevo levantamiento de los obreros de Lyon ocurrido el 30 de abril fue
cruelmente reprimido por el ejército y la policía. [92] Se refiere a los esfuerzos de Dufaure para consolidar el régimen de la
Monarquía de Julio durante el período del levantamiento armado de la
Société des Saisons (Sociedad de las Estaciones) en el mes de mayo de
1839, así como al papel desempeñado por Dufaure en la lucha contra la
oposición pequeñoburguesa de los Montagnards en tiempos de la Segunda
República, en junio de 1849. [93] Se refiere a la ley aprobada por la Asamblea Nacional "Sobre la
prosecución contra los agravios de la prensa", que vino a reforzar las
cláusulas de las anteriores leyes de prensa reaccionarias (la de 1819 y la de
1849) y que estableció duras sanciones, incluida la de proscripción, para
aquellas publicaciones que acogieran opiniones contrarias al Gobierno. Se
refiere asimismo a la rehabilitación de funcionarios del Segundo Imperio que
habían sido destituidos de su cargo, a la ley especial sobre el procedimiento
para la devolución de las propiedades confiscadas por la
pág. 298
Comuna, y a la definición de tales confiscaciones como un atentado
criminal. [pág. 92]
[94] La ley sobre los procedimientos de los tribunales militares que
Dufaure sometió a la aprobación de la Asamblea Nacional, abrevió más aún los
procesos judiciales estipulados en el "Código de Justicia Militar" de 1857.
Ella ratificó el derecho del Comandante del Ejército y del ministro de Guerra
a llevar a efecto procesos judiciales a su libre discreción, sin necesidad de
averiguaciones previas; en tales circunstancias, los juicios, incluidos los
recursos de apelación, tenían que ser resueltos y ejecutados en un término de
48 horas. [pág. 92]
[95] Se refiere al Tratado Comercial concluido entre Inglaterra y Francia
el 23 de enero de 1860. Se estipuló en dicho tratado la renuncia de Francia a
la política de aranceles prohibitivos y se la reemplazó con derechos aduaneros
que no debían exceder el 30 por ciento del valor de las mercancías. Este
tratado dio a Francia el derecho a expottar, libre de impuestos, la mayor
parte de sus mercancías a Inglaterra. Concluido el tratado, el extenso flujo
de mercancías inglesas hacia Francia aumentó enormemente la competencia en su
mercado interno y despertó el descontento de los fabricantes franceses.
[pág. 93]
[96] Se refiere a la situación de terror y de sangrienta represión durante
el período de aguda lucha político-social en la antigua Roma, y a diferentes
etapas de la crisis dentro de la República Romana esclavista en el siglo I
a.n.e. [97] Journal de París, semanario que se publicó en París a partir de
1867. Apoyó a los monarquistas orleanistas. [pág.
97]
pág. 299
[98] Estos dos pasajes han sido citados de un artículo escrito pot el
publicista francés Edouard Hervé, que apareció en el Journal de París,
en su edición 138, el 31 de mayo de 1871. En cuanto a la cita de Tácito, véase
Historias de Tácito, Libro III, cap. 83. [pág. 97]
[99] En agosto de 1814, durante la Guerra Anglo-estadounidense, las tropas
inglesas, al apoderarse de Wáshington, incendiaron el Capitolio (el edificio
del Congreso), la Casa Blanca y otros edificios públicos. [100] Pretorianos era el nombre que se daba en la antigua Roma a
los privilegiados guardias privados de los generales y del emperador. En
tiempos del Imperio Romano, los pretorianos participaban constantemente en
rivalidades internas y a menudo colocaban en el trono a sus protegidos. Luego
la palabra "pretoriano" se convirtió en sinónimo de mercenario y en apelativo
de todos aquellos que cometían ultrajes e imponían el dominio arbitrario de
camarillas militares. [pág. 101]
[101] Con el término Chambre introuvable de la Prusse, semejante a la
ultrarreaccionaria Chambre introuvable de Francia de 1815 a 1816, Marx
se refería al parlamento prusiano elegido entre enero y febrero de 1849 de
acuerdo a la Constitución acordada por el rey de Prusia el 5 de diciembre de
1848, día del contrarrevolucionario coup d'Etat. De acuerdo con esta
Constitución, el parlamento constaba de la privilegiada "Camara de los
Señores" aristócratas y la Cámara Baja, cuyos componentes eran elegidos en
dos turnos únicamente por los llamados "prusianos independientes"; esto
aseguró el predominio de los junkers burócratas y de los elementos del
ala derecha de la burguesía. Bismarck, quien fue elegido para la Cámara Baja,
era uno de los líderes del grupo junker de la extrema derecha.
[pág. 102]
[102] Le Temps, influyente diario francés de tendencia liberal. Se
publicó en París de 1861 a 1943. [pág. 108]
[103] The Evening Standard, publicado en Londres entre 1857 y 1905
como edición vespertina de The Standard, diario de los consetvadores
británicos fundado en Londres en 1827. [pág. 108]
[104] Esta declaración fue redactada por Marx y Engels para el Consejo
General de la Asociación Internacional de los Trabajadores a propósito de una
circular de Jules Favre fechada el 6 de junio de 1871. Se publicó en la
segunda y tercera ediciones inglesas y en las ediciones alemanas de 1871, 1876
y 1891 de La Guerra Civil en Francia. También se publicó en
pág. 300
forma separada en numerosos periódicos (véase Carlos Marx y Federico
Engels, Obras Completas, Vol. XVII). [pág.
108]
[105] Véase Carlos Marx y Federico Engels, Obras Completas, Vol. XVI.
[pág. 109]
[106] Se refiere a una circular redactada por Marx, "La Asociación
Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista"
(véase Carlos Marx y Federico Engels, Obras Escogidas, Vol. XVI).
[pág. 109]
[107] The Spectator, semanario de los liberales ingleses. Comenzó a
publicarse en Londres en 1828. [pág. 110]
La introducción de Engels fue
publicada por primera vez con su aprobación bajo el título de Sobre la
Guerra Civil en Francia en Die Neue Zeit, No. 28, (Vol. II),
1890-1891. Al publicar el texto, la redacción del Die Neue Zeit cambió
de su último parrafo las palabras "el filisteo socialdemócrata" por "los
filisteos alemanes". Por una carta de Richard Fischer a Engels, del 17 de
marzo de 1891, resulta evidente que Engels no estuvo de acuerdo con este
arbitrario cambio. Sin embargo, él dejó este cambio en el texto, probablemente
para evitar que hubiera diferentes versiones de su obra publicadas al mismo
tiempo. La presente edición restaura el texto original. [pág. 1]
El 19
de julio de 1870, día en que estalló la Guerra Franco-prusiana, el Consejo
General comisionó a Marx para que redactara un manifiesto sobre la guerra. Fue
adoptado por el Comité Permanente del Consejo General el 23 de julio y
aprobado unánimemente en la sesión del Consejo General el 26 de julio de 1870.
Fue publicado primero en inglés en el periódico londinense Pall Mall
Gazette, N.ƒ 1702, 28 de julio de 1870. Pocos días después se imprimieron
en hojas sueltas mil copias del Mani fiesto. Un cierto número de periódicos
ingleses también publicaron el texto completo o extractos del Manifiesto. Fue
enviada una copia a la redacción de Times, pero éste se negó a
publicarlo.
El 2 de agosto de 1870 el Consejo General
decidió sacar otras mil copias del Manifiesto, pues la primera edición se
había agotado y el número de ejemplares había estado lejos de satisfacer la
demanda. En septiembre de 1870, el Primer Manifiesto fue reimpreso en inglés
junto con el Segundo Manifiesto del Consejo General sobre la Guerra Franco
prusiana. En esta nueva edición, Marx corrigió las erratas aparecidas en la
primera edición del Primer Manifiesto.
El Consejo General
estableció una comisión el 9 de agosto compuesta por Marx, Hermann Jung,
Auguste Serraillier y J. George Eccarius, y
El Manifiesto
apareció en francés en L'Lgalité, en agosto de 1870; en
L'Internationale, N.ƒ 82, el 7 de agosto de 1870 y, el mismo día en
Le Mirabeau, N.ƒ 55. El Manifiesto también fue publicado en hojas
sueltas siguiendo una traducción al francés hecha por la Comisión del Consejo
General.
Der Volksstaat, órgano central del Partido
del Trabajo Socialdemócrata de Alemania (los Eisenachistas), se publicó en
Leipzig desde el 2 de octubre de 1869 hasta el 29 de septiembre de 1876.
Aparecía dos veces por semana y, a partir de julio de 1873, tres veces por
semana. Representaba el punto de vista del sector revolucionario del
movimiento obrero alemán. Por eso, el periódico fue sometido a una persecución
constante por parte del Gobierno y la policía. Aunque los miembros de la
redacción fueron sustituidos numerosas veces debido al arresto de los
redactores, la dirección general del periódico se mantuvo en las manos de
Wilhelm Liebknecht, August Bebel, el administrador jefe de Der
Volksstaat, también desempeñó allí un papel importante. Como colaboradores
de la publicación desde su fundación, Marx y Engles dieron constante ayuda a
la redacción y corrigieron en forma permanente la línea directriz del
periódico. Por lo tanto, Der Volksstaat ha quedado como uno de los
mejores periódicos obreros de la década del 70 del siglo XIX.
Der Vorbote, publicación mensual en lengua alemana fue órgano
oficial de las secciones alemanas de la Internacional en Suiza, se publicó en
Ginebra de 1866 a 1871. Johann Philipp Becker fue su jefe de redacción. En
general, siguió la línea señalada por Marx y el Consejo General; publicó
sistemáticamente los documentos de la Interuacional e informó de las
actividades de sus diversas secciones.
L'Egalité,
semanario suizo, órgano de las secciones románicas federadas de la
Internacional, se publicó en francés, en Ginebra, desde diciembre de 1868
hasta diciembre de 1872. Desde noviembre de 1869 varios
L'Internationale, semanario belga,
órgano de las secciones belgas de la Internacional, se publicó en Bruselas
entre 1869 y 1873. Con regularida publicaba los documentos de la
Internacional.
Le Mirabeau, semanario belga que se
publicó en Verviers entre 1868 y 1874, era órgano de las secciones belgas de
la Internacional.
Narodnoye Dyelo (Causa del
Pueblo ), periódico publicado en Ginebra por un grupo de emigrantes
revolucionarios rusos, de 1868 a 1870. Bakunin editó su primer número, pero la
redacción, dentro de la cual se hallaba Nicolai Utin, se opuso a sus opiniones
desde octubre de 1868 y por fin rompió con él. El periódico se convirtió en el
órgano de las secciones rusas de la Asociación Internacional de los
Trabajadores en abril de 1870, siguió la línea trazada por Marx y el Consejo
General y publico los documentos de la Internacional. [pág. 19]
Las Secciones
Federadas de la Internacional en París y la Federación de Uniones Obreras
emitieron conjuntamente una declaración el 24 de abril de 1870, denunciando el
demagógico plebiscito de los bonapartistas y exhortando a los obreros a
abstenerse de votar. En visperas del plebiscito el Gobierno arrestó a miembros
de las Secciones Federadas de la Internacional en París bajo el cargo,
inventado por la policía, de que estaban conspirando para asesinar a Napoleón
III. Valiéndose de la
La persecución contra la Internacional en Francia dio origen a amplias
protestas entre los obreros. [pág. 20]
La manifestación chovinista en apoyo del plan de conquista de Luis
Bonaparte fue organizada el 15 de julio de 1870 por los bonapartistas con la
colaboración de la policía. [pág. 22]
Marx citó la resolucióo del mitin de Brunswick, celebrado el
16 de julio de 1870, del Der Volksstaat, N.ƒ 58, 20 de julio de 1870.
[pág. 24]
Luego de estudiar la nueva situación que siguió a la caída del Segundo Imperio
y al inicio de una nueva etapa en la Guerra Franco-prusiana, el Consejo
General de la Internacional decidió el 6 de septiembre de 1870 publicar un
segundo manifiesto sobre la guerra, y para este propósito nombró una comisión
que se componía de Carlos Marx, Hermann Jung, George Milner y Auguste
Serraillier.
Para escribir el manifiesto, Marx utilizó el
material que le había enviado Engels, en el que se denunciaba el intento de
los militaristas prusianos, junto con los junkers y la burguesía, de
anexionar una parte del territorio francés so pretexto de consideraciones
militares estratégicas. El Manifiesto redactado por Marx fue adoptado por
unanimidad en una reunión especial del Consejo General el 9 de septiembre de
1870, y enviado a todos los periódicos burgueses de Londres. Con excepción del
Pall Mall Gazette, que publicó un extracto del Manifiesto el 16 de
septiembre de 1870, todos los demás periódicos guardaron silencio. Entre el 11
y el 13 de septiembre fueron sacadas mil copias del Manifiesto en inglés en
hojas sueltas. A fines del mismo mes apareció una nueva edición que contenía
el Primero y Segundo Manifiestos. Para esta edición fueron corregidas las
erratas aparecidas en la primera edición y se hicieron algunos cambios de
lenguaje.
El Segundo Manifiesto fue traducido al alemán por
el mismo Marx. En su traducción suprimió varias cosas y agregó unas cuantas
frases que iban dirigidas especialmente a los obreros alemanes. Esta versión
del Segundo Manifiesto fue publicada en Der Volksstaat, N.ƒ 76, del 21
de septiembre de 1870, y en los números 10 y 11 de Der Vorbote,
publicados en octubre y noviembre de 1870, y también en hojas sueltas en
Ginebra. En 1891 Engels incluyó el Segundo Manifiesto en la edición alemana de
La Guerra Civil en Francia. La traducción del Segundo Manifiesto para
esta edición fue hecha por Louisa Kautsky, con la ayuda de Engels.
Al comienzo de la Guerra
Franco-prusiana de 1870-1871, el ministro zarista de Asuntos Exteriores
Alexander Gortchakov declaró en sus conversaciones con Bismarck en Berlín que
Rusia mantendría una neutralidad benevolente en la guerra y presionaría
diplomáticamente a Austria. A su vez, el Gobierno prusiano no colocó ningún
obstáculo en el camino de la política zarista de Rusia sobre la cuestión
oriental. [pág. 33]
Junto con el
pueblo de los demás países europeos, el pueblo alemán participó en la guerra
de liberación contra el régimen de Napoleón I. Sin embargo, los frutos de la
guerra, qne resultó victoriosa, fueron aca parados por los gobernantes de los
Estados absolutos feudales de Europa, que se apoyaban en la nobleza
reaccionaria. La contrarrevolucionaria
El Consejo General
de la Primera Internacional tomó parte directa en la organización de la
campaña. [pág. 37]
Tan pronto como fue proclamada
la Comuna de París, Marx empezó a coleccionar y estudiar meticulosamente los
materiales, acerca de la Comuna, que pudieran conseguirse de fuentes tales
como los periódicos franceses, ingleses y alemanes, y en cartas llegadas de
París. En una reunión del Consejo General celebrada el 18 de abril de 1871,
Marx propuso que el Consejo emitiera un manifiesto dirigido a todos los
miembros de la Internacional sobre "la tendencia general de la lucha" en
Francia. El Consejo encargó a Marx redactar el manifiesto y entonces él
comenzó el trabajo el 18 de abril y continuó trabajando en esto hasta fines de
mayo. Escribió el Primero y Segundo Borradores de La Guerra Civil en Francia
-- (véanse págs. 113-277 y nota 108 del presente libro). Luego, se dedicó a
completar el texto final. El 30 de mayo de 1871, dos días después de que la
última barricada callejera levantada en París cayera en las manos de las
tropas de Versalles, el Consejo aprobó por unanimidad el texto final del
Manifiesto redactado por Marx.
La Guerta Civil en
Francia, que originalmente fue escrito en inglés, fue editado por primera
vez en Londres aproximadamente el 13 de junio de 1871. Se sacaron mil copias
de la obra en forma de folleto con 35 páginas. Como la primera edición se
agotó muy rápidamente, se sacó una segunda edición en inglés de dos mil
ejemplares y se vendió entre los obreros a un precio reducido. En esta edición
Marx corrigió las erratas aparecidas en la primera, y agregó un segundo
documento a las "Notas". Fueron suprimidos de la lista de firmas de miembros
del Consejo General los nombres de dos sindicalistas, Benjamín Lucraft y
George Odger, que aparecían al final del Manifiesto, debido a que ellos
expresaron en la prensa burguesa su desacuerdo con el Manifiesto y se
retiraron del Consejo General; se agregaron, en cambio, los nombres de nuevos
miembros del Consejo. En agosto de 1871 apareció la tercera edición de La
Guerra Civil en Francia, y en ella Marx eliminó unas cuantas
incorrecciones que habían aparecido en las dos ediciones anteriores.
Entre 1871 y 1872, La Guerra Civil en Francia fue
traducida al francés, alemán, ruso, italiano, español y holandés y publicada
en periódicos, revisras, así como en forma de folleto en Europa y los Estados
Unidos.
La versión alemana fue traducida por Engels y
aparecio publicada en los números 52-61 de Der Volksstaat, el 28 de
junio y el 1ƒ, 5, 8, 12, 16, 19, 22, 26 y 29 de julio de 1871; una parte del
escrito fue publicada por Der Vorbote entre agosto y octubre de 1871.
La obra también fue impresa como folleto en Leipzig. En la traducción, Engels
hizo unos pocos
Engels revisó de nuevo esta traducción en 1891 para la
edición de jubileo en alemán de La Guerra Civil en Francia que se
publicó con motivo del 20 aniversario de la Comuna de París. El también
escribió una introducción para dicha edición (véase nota 1).
Incluyó en esta edición dos obras de Marx: el Primero y Segundo Manifiestos
del Consejo General de Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la
Guerra Franco prusiana, que tambien fueron incluidos en la mayoría de las
ediciones de La Guerra Civil en Francia que se publicaron a
continuación en diversas lenguas.
La versión francesa de
La Guerra Civil en Francia apareció por primera vez en
L'Internationale, en Bruselas, entre julio y septiembre de 1871. Al año
siguiente apareció en Bruselas la edición francesa en forma de folleto. La
traducción fue revisada por Marx, quien retradujo muchos pasajes e hizo
numerosos cambios en las pruebas. [pág. 41]
Journal Officiel es una abreviación de Journal officiel de la
République française, órgano oficial de la Comuna de París. Apareció del
20 de marzo al 24 de mayo de 1871. El periódico adoptó el nombre de boletín
oficial de la República Francesa, nombre con el que salió en París a partir
del 5 de septiembre de 1870. (Durante el período de la Comuna, el órgano del
gobierno de Thiers en Versalles se publicó bajo el mismo nombre.) Sólo el
numero del 30 de marzo apareció con el nombre de Journal officiel de la
Commune de París. [pág. 45]
Thiers ordenó en 1832 el arresto de la duquesa de Berry, madre del conde de
Chambord, pretendiente legitimista al trono, la puso bajo estricta vigilancia
y la hizo someter a un humillante examen físico a fin de hacer público el
matrimonio que había contraído en secreto, y comprometerla así políticamente.
[pág. 48]
Aplicando las
disposiciones de las reaccionarias Leyes de Septiembre, dictadas en
septiembre de 1835, el Gobierno francés restringió las actividades del jurado
y adoptó serias medidas contra la prensa, tales como elevar la cuantía de la
caución que los periódicos tenían que depositar. Estas leyes también
amenazaban con encarcelamiento y gravosas multas al que hablara en contra de
la propiedad privada y el sistema estatal vigente. [pág. 48,
139]
Los corsos constituían una parte importante de la
gendarmería durante el Segundo Imperio. [pág. 61]
El Riot
Act, que fue puesto en práctica en Inglaterra en 1715, probibía cualquier
"reunión tumultuosa" de más de doce personas. En tales ocasiones, las
autoridades tenían el derecho de utilizar la fuerza luego de hacer una
advertencia especial, en caso de que los participantes en el mitin no se
dispersaran en el plazo de una hora. [pág. 63]
En
Marsella la población en rebeldía ocupó el Hôtel de Ville, arrestó al
prefecto, constituyó la "comisión departamental" y decidió realizar elecciones
para la comuna el 5 de abril. El estallido revolucionario de Marsella fue
aplastado el 4 de abril por tropas gubernamentales que bombardearon la ciudad.
[pág. 91]
Un intento de revolución hecho
el 12 de mayo de 1839 por la Société des Saisons -- una sociedad
secreta republicano-socialista -- y dirigido por Louis Blanqui y Armand
Barbès, no buscó el apoyo de las masas y asumió un carácter conspirativo; este
levantamiento fue reprimido por el ejército gubernamental y por la Guardia
Nacional. A fin de combatir el peligro de una revolución, se formó un nuevo
gabinete, al cual se unió Dufaure.
Durante una aguda crisis
política ocurrida en junio de 1849, ocasionada por la oposición de los
Montagnards al presidente de la República Luis Bonaparte, Dufaure,
ministro del Interior de entonces propuso la adopción de una serie de decretos
contra el sector revolucionario de la Guardia Nacional, así como contra los
demócratas y los socialistas. [pág. 91]
La Dictadura de Sila (82-79 a.n.e.) --
Sila, lacayo de la nobleza esclavista -- estuvo acompañado por el genocidio
cometido contra los representantes de los grupos hostiles a los esclavistas.
Fue bajo su dominio cuando se establecieron por primera vez las
proscripciones, es decir, listas de personas a las que cualquier romano tenía
el derecho de matar sin formula de juicio.
Los dos
Triunviratos de Roma (60-53 y 43-36 a.n.e.). Un triunvirato era la
dictadura de los tres más influyentes generales romanos que se dividían el
Poder entre sí. El primer triunvirato fue el que encabezaron Pompeyo, César y
Craso; y el segundo, el de Octavio, Antonio y Lépido. El triunvirato
representó una fase en la lucha por la liquidación de la República Romana y
por la formación de un régimen de monarquía absoluta. Los dos triunviratos
emplearon ampliamente el método de la liquidación física de sus adversarios. A
la caída de los dos triunviratos siguió una guerra civil sangrienta en la que
se mataban unos con otros. [pág. 96]
En
octubre de 1860, durante la guerra colonial librada por Gran Bretaña y Francia
contra China, las tropas anglo-francesas saquearon y luego quemaron el Palacio
Yuan Ming Yuan, que quedaba cerca de Pekín, y que constituía un gran tesoro
artístico y arquitectónico. [pág. 99]
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